El Precio de Volver

CAPÍTULO 2

La Oficina del Piso 38

Sofía se probó tres blazers distintos antes de decidir que ninguno la hacía sentir preparada para lo que fuera que la esperara en el piso 38.

No era el trabajo lo que le temblaba las manos. Era él.

El ascensor se detuvo con un suave timbre y las puertas de cristal se abrieron a un vestíbulo silencioso, todo mármol negro y ventanales que parecían tragarse la ciudad entera. Una asistente la guio por un pasillo demasiado largo, y con cada paso Sofía repasaba el mismo argumento: *es una coincidencia de nombres, es un Cross distinto, no puede ser él.

Dejó de repetírselo en el momento en que abrió la puerta y lo vio de espaldas, frente al ventanal, con el mismo porte que ella recordaba en las noches que se había prohibido recordar.

—Señorita Duarte —dijo él, sin darse la vuelta—. Llega tres minutos tarde.

La voz. Esa voz llevaba cinco años sin escucharla y aun así reconoció cada matiz, cada frialdad calculada.

Adrián se giró, y por un instante —solo uno— algo cruzó su expresión que no fue sorpresa. Fue otra cosa. Algo más viejo, más afilado.

—Adrián —dijo ella, porque no supo qué otra cosa decir.

—Señor Cross, aquí —corrigió él, con una calma que dolía más que un grito—. Estamos en mi oficina, no en Brickell.

El nombre del barrio cayó entre ellos como una piedra en un lago quieto. Sofía sintió que el estómago se le encogía. Él lo sabía. Lo sabía desde antes de que ella entrara por esa puerta.

—Tome asiento —continuó Adrián, señalando la silla frente a su escritorio, como si acabaran de conocerse—. Tiene un contrato de seis meses, evaluación trimestral, y reportará directamente a mí. Cualquier duda que tenga la puede resolver con recursos humanos.

—Adrián, si esto es sobre—

—Señor Cross —repitió él, más despacio, más filoso.

Sofía cerró la boca. Se sentó.

Durante los siguientes veinte minutos, Adrián le explicó su rol con la precisión de quien ha ensayado el discurso mil veces, sin una sola grieta en la voz, sin un solo gesto que delatara al hombre que ella había dejado sin decir adiós. Sofía asentía, tomaba notas que no leería después, y evitaba mirarlo a los ojos más de lo estrictamente necesario.

Fue al final, cuando ella ya se ponía de pie para irse, que Adrián habló de nuevo, esta vez sin la formalidad anterior.

—Una cosa más, Sofía.

Ella se detuvo en la puerta.

—Sé lo de tu padre —dijo él—. Sé exactamente cuánto debía y a quién. Y ahora que estás aquí, esa deuda tiene un nombre y una cara.

Sofía sintió que el aire se congelaba en sus pulmones.

—¿De qué estás hablando?

Adrián se acercó, lo suficiente para que ella viera que ya no quedaba nada de la formalidad de hace un minuto, solo cinco años de rencor contenido.

—De que no viniste a trabajar aquí por casualidad. Viniste porque no tenías a dónde más ir. Y ahora yo decido qué pasa con lo que tu familia nos debe.

Se quedó mirándola, esperando una respuesta que ella no tenía.

—Bienvenida de vuelta —dijo finalmente, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Esto apenas empieza.




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