El Precio de Volver

CAPÍTULO 4

La Noche Antes de Irte

Sofía sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—Eso no es verdad —dijo, aunque la voz le salió más débil de lo que hubiera querido.

—¿No? —Adrián se levantó de su silla, rodeó el escritorio despacio, como si cada paso le costara una parte de la calma que llevaba toda la mañana fingiendo—. Entonces dime tú qué pasó esa noche, Sofía. Porque yo llevo cinco años con una versión que nunca terminó de tener sentido.

Ella retrocedió medio paso, no por miedo, sino porque tenerlo tan cerca le desordenaba los pensamientos igual que hacía cinco años.

—Yo no te pedí dinero, Adrián. Yo jamás—

—Me llamaste a las once de la noche —la interrumpió él, con una precisión que solo da el haber repetido algo mil veces en la cabeza—. Llorando. Me dijiste que necesitabas ciento veinte mil dólares antes del amanecer o tu padre iba a perder la casa, el negocio, todo. Te los di. Y a la mañana siguiente ya no estabas.

Sofía negó con la cabeza, despacio al principio, luego con más fuerza, como si eso pudiera borrar lo que él acababa de decir.

—Yo no hice esa llamada —dijo, y por primera vez desde que había vuelto a Miami, su voz sonó completamente segura de algo—. Adrián, yo no hice esa llamada.

Algo en la expresión de él vaciló.

—Tengo el registro de la transferencia. Tengo tu número.

—Entonces alguien usó mi número —dijo Sofía, y el pulso empezó a acelerársele por una razón completamente distinta al miedo o al deseo—. Adrián, esa noche yo estaba en el aeropuerto. Mi vuelo salió a las diez y media. Ya estaba en el aire cuando dices que te llamé.

El silencio que cayó sobre la oficina fue distinto a todos los anteriores. Más frío. Más peligroso.

—Eso no es posible —dijo Adrián, pero la duda ya se le notaba en la mandíbula tensa, en la forma en que dejó de sostenerle la mirada.

—Revisa el registro de mi vuelo si no me crees —dijo Sofía—. Alguien te llamó haciéndose pasar por mí. Alguien que sabía exactamente cuándo me iba, y exactamente qué decir para que le dieras ese dinero.

Adrián se quedó inmóvil, con la mano apoyada sobre el borde del escritorio, procesando algo que claramente no había considerado en cinco años enteros de resentimiento.

—Si no fuiste tú —dijo él, casi para sí mismo—, entonces alguien planeó todo esto desde el principio. Tu salida. La llamada. La deuda.

—¿Quién sabía que me iba esa noche, Adrián? —preguntó Sofía, y en su voz había algo nuevo, algo que no era rabia sino un miedo mucho más viejo—. Porque yo solo se lo dije a una persona.

Adrián levantó la vista, y en ese instante, Sofía supo que ambos estaban pensando en el mismo nombre.

—Mi padre —dijeron los dos, casi al mismo tiempo.




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