El Precio de Volver

CAPÍTULO 8

Voz Sin Rostro

Sofía se quedó con el teléfono en la mano mucho después de que la llamada terminara, mirando la pantalla como si esta pudiera devolverle el nombre de quien acababa de amenazarla.

—¿Qué dijo? —preguntó Adrián, ya de pie, con toda la calma de la tarde borrada de su rostro.

—Que dejara de buscar lo que mi padre escondió —repitió Sofía, con la voz apenas firme— o iba a terminar como él.

Adrián le quitó el teléfono con cuidado, revisó el número, y negó con la cabeza casi de inmediato.

—Número bloqueado. No hay forma de rastrearlo así, sin ayuda.

—¿Ayuda de quién? —preguntó Sofía—. Adrián, tu familia lleva registros de contrabando que involucran a mi padre muerto, y alguien acaba de amenazarme por buscar la verdad. No sé en quién puedo confiar aquí.

—En mí —dijo él, sin dudar—. Confía en mí.

Sofía lo miró largamente, sopesando cinco años de resentimiento contra las últimas veinticuatro horas de verdades que le habían arrancado el piso bajo los pies.

—Dame una razón —dijo finalmente.

Adrián se acercó, despacio, dejando que ella tuviera todo el espacio para alejarse si quería. No lo hizo.

—Porque llevo cinco años construyendo una vida sobre la idea de que tú me abandonaste sin mirar atrás —dijo él—, y hoy descubrí que ni siquiera eso fue verdad. Así que no me queda nada de lo que creía saber sobre nosotros, Sofía. Solo esto: que estás en peligro, y que no pienso dejar que enfrentes esto sola.

El aire entre ellos se cargó de algo que ninguno de los dos se atrevió a nombrar. Sofía sintió que el cuerpo se le inclinaba hacia él casi sin querer, como si cinco años de distancia no hubieran sido suficientes para desaprender ese impulso.

Fue Adrián quien dio el primer paso, cerrando la distancia lo justo para que sus frentes casi se tocaran.

—Sofía —dijo, con la voz más baja de lo que había sonado en toda la conversación—, dime que pare si quieres que pare.

Ella no dijo nada.

El beso que siguió fue breve, casi tímido, como si ambos temieran que algo tan frágil pudiera romperse al primer contacto. Pero cuando se separaron, algo había cambiado entre ellos, algo que ninguno de los dos estaba preparado para nombrar en voz alta.

El teléfono de Adrián sonó, rompiendo el momento como un disparo.

Miró la pantalla, y su expresión se endureció al instante.

—Es de la oficina de mi padre —dijo, contestando de inmediato—. ¿Qué pasó?

Sofía observó cómo el color abandonaba el rostro de Adrián mientras escuchaba.

—¿Cuándo? —preguntó él, con la voz tensa—. Está bien. Voy para allá.

Colgó, y se quedó mirando a Sofía con una expresión que ella no supo interpretar del todo.

—¿Qué pasó? —preguntó.

—Alguien entró a la oficina de mi padre anoche —dijo Adrián—. Se llevaron todos los archivos de Meridian Shipping.

Sofía sintió que el estómago se le encogía.

—¿Todos?

—Todos —confirmó Adrián—. Excepto la carpeta que nosotros ya teníamos.

Se miraron, comprendiendo al mismo tiempo lo que eso significaba.

—Alguien sabe que la tenemos —dijo Sofía.




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