El Precio de Volver

CAPÍTULO 10

El Que Los Siguió

Adrián apagó el foco colgante de un solo movimiento y jaló a Sofía hacia la esquina más oscura del depósito, lejos de la línea de visión de la puerta.

—No hagas ruido —susurró, con la boca casi pegada a su oído.

Otro golpe. Más fuerte esta vez. Luego, silencio.

Sofía sintió el corazón golpeándole el pecho con tanta fuerza que le sorprendió que quien fuera que estuviera afuera no pudiera escucharlo. Adrián se movió despacio hacia la puerta, con el cuerpo tenso, preparado para lo que fuera que estuviera del otro lado.

Cuando abrió, no había nadie.

Solo un sobre, dejado justo frente al umbral, sin ningún nombre escrito en él.

Adrián lo recogió con cautela, miró a ambos lados del callejón desierto, y volvió a cerrar la puerta antes de encender de nuevo la luz.

—¿Qué es? —preguntó Sofía, todavía con la voz entrecortada.

Adrián abrió el sobre despacio. Dentro había una sola fotografía, granulada, tomada aparentemente con un teléfono desde la distancia. Mostraba a dos hombres conversando en lo que parecía el patio trasero de una propiedad grande, de noche, con la luz de un farol iluminando apenas sus rostros.

Sofía reconoció a uno de inmediato. Su padre, más joven, pero indudablemente él.

Al otro hombre tardó un segundo más en reconocerlo, porque llevaba años sin verlo en persona.

—Ese es el juez Halloway —dijo Adrián, con la voz baja—. Está en la lista.

Detrás de la fotografía, escrita a mano con una letra apretada y nerviosa, había una sola frase:

Esto es lo que tu padre estaba a punto de entregar antes de morir. Alguien no dejó que llegara a tiempo.

Sofía sintió que las piernas le fallaban, y se dejó caer sobre una de las cajas apiladas contra la pared.

—Alguien nos está ayudando —dijo, tratando de entender—. O alguien quiere que sigamos exactamente el camino que ellos quieren que sigamos.

—O ambas cosas —dijo Adrián, guardando la fotografía de nuevo en el sobre con cuidado—. Sofía, quien dejó esto sabía exactamente dónde encontrarnos. Eso significa que alguien nos ha estado siguiendo desde que salimos del apartamento.

—¿Entonces por qué no simplemente nos atacó cuando pudo?

Adrián se quedó callado un momento, sopesando la pregunta con la misma seriedad con la que sopesaba cada decisión de negocios que Sofía lo había visto tomar en los últimos días.

—Porque no quiere hacernos daño —dijo finalmente—. Quiere que terminemos lo que tu padre empezó.

—¿Y si es una trampa?

—Entonces alguien está jugando un juego muy largo y muy paciente —dijo Adrián—, y no vamos a averiguar quién es quedándonos aquí sentados.

Guardó el sobre en el bolsillo interior de su chaqueta y le tendió la mano a Sofía para ayudarla a ponerse de pie. Ella la tomó, y por un instante ninguno de los dos hizo el gesto de soltarse.

—Hay alguien más que puede ayudarnos a identificar quién tomó esa foto —dijo Adrián finalmente, con una expresión que Sofía no supo si era esperanza o temor—. Pero no te va a gustar quién es.

—¿Quién?

Adrián respiró hondo antes de responder.

—Mi hermana.




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