El Precio de Volver

CAPÍTULO 11

Valentina Cross

Sofía tardó un segundo en encontrar la voz.

—¿Tienes una hermana?

—Valentina —dijo Adrián, guardando la fotografía de nuevo en el bolsillo—. Trabaja para el fiscal general del estado. Investigación de crimen organizado.

—¿Tu propia hermana investiga a tu familia?

—Mi propia hermana lleva diez años esperando la oportunidad de investigar a mi padre —corrigió Adrián, con una sonrisa cansada que no tenía nada de alegre—. Se fue de casa a los diecinueve años, cambió de apellido legalmente por el de nuestra madre, y desde entonces no ha vuelto a poner un pie en ninguna propiedad de los Cross.

—¿Y crees que ella confiaría en nosotros?

—Creo que ella lleva años esperando que alguien le traiga exactamente lo que tenemos en ese sobre —dijo Adrián—. La pregunta no es si confiará en nosotros. La pregunta es si estamos dispuestos a lo que pase después de dárselo.

Sofía entendió la advertencia sin que él tuviera que explicarla más. Entregar esa fotografía, esa lista, esa carpeta entera, significaba abrir una investigación que no se detendría hasta llegar hasta el final, sin importar cuántos apellidos importantes quedaran atrapados en el camino. Incluido el de Adrián.

—¿Estás seguro de esto? —preguntó ella—. Adrián, esto podría hundir a tu padre. A tu familia entera.

—Mi padre orquestó tu salida de mi vida durante cinco años —dijo Adrián, con una firmeza que no dejaba espacio para la duda—. Y ahora hay pruebas de que probablemente tuvo algo que ver con la muerte de tu padre. No me queda ninguna lealtad que proteger, Sofía. Solo me queda decidir de qué lado de esto quiero estar cuando todo termine.

Ella asintió, despacio, sintiendo que algo en su pecho se aflojaba por primera vez desde que había vuelto a Miami.

Llegaron a la oficina de Valentina Cross cuarenta minutos después, en un edificio gubernamental discreto lejos del brillo de Brickell. La mujer que los recibió no se parecía en nada a Adrián a primera vista —más pequeña, más dura en la mirada— hasta que sonrió, un gesto fugaz que reveló el mismo hoyuelo que Sofía había visto en el rostro de su hermano incontables veces.

—Vaya —dijo Valentina, mirando a Sofía de arriba abajo con una curiosidad evidente—. Así que tú eres la razón por la que mi hermano estuvo insoportable durante cinco años.

—Valentina —advirtió Adrián.

—¿Qué? Es la verdad. —Se giró hacia Sofía, extendiendo la mano—. Un placer, por fin. Ahora, ¿me van a decir por qué mi hermano, que lleva una década sin llamarme para nada que no sea Navidad, aparece en mi oficina con la cara de quien acaba de descubrir que el mundo no es lo que pensaba?

Adrián sacó el sobre del bolsillo y lo dejó sobre el escritorio de su hermana sin decir una palabra.

Valentina lo abrió, miró la fotografía, leyó la nota escrita a mano, y su expresión cambió por completo. Cualquier rastro de humor desapareció de su rostro en un instante.

—¿De dónde sacaron esto? —preguntó, con una voz completamente distinta a la de hacía un momento.

—Alguien nos lo dejó —dijo Sofía—. Junto con una carpeta entera de registros de una empresa llamada Meridian Shipping. Y una lista de nombres.

Valentina se quedó mirando la fotografía un momento más antes de levantar la vista hacia ambos, y por primera vez, Sofía notó en sus ojos algo que reconoció de inmediato: el mismo miedo que ella misma llevaba sintiendo desde la llamada de esa tarde.

—Llevo diez años buscando exactamente esto —dijo Valentina, con la voz baja—. Y ahora que lo tengo, necesito que entiendan algo los dos, antes de seguir.

—¿Qué cosa? —preguntó Adrián.

—Que la última persona que tuvo pruebas como estas contra nuestro padre —dijo Valentina, mirando directamente a Sofía— fue tu padre, Sofía. Y ya sabemos cómo terminó él.




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