El Precio de Volver

CAPÍTULO 12

La Protección de Valentina

El silencio que siguió a las palabras de Valentina duró demasiado.

—Necesito protección para Sofía —dijo Adrián finalmente, con una firmeza que no daba lugar a discusión—. Ya, hoy, ahora mismo.

—Puedo conseguir algo discreto —dijo Valentina, ya tecleando algo en su computadora—, pero eso solo cubre las próximas cuarenta y ocho horas mientras armo un caso formal. Necesito que ambos me cuenten todo, desde el principio, sin omitir nada.

Sofía y Adrián pasaron la siguiente hora reconstruyendo cada pieza: la llamada falsa de hace cinco años, la deuda, la confesión a medias de Robert, la carpeta de Meridian Shipping, el robo de los archivos originales, la amenaza telefónica, la fotografía dejada en el depósito. Valentina escuchaba con la expresión concentrada de alguien acostumbrada a separar los hechos del ruido, tomando notas que Sofía no alcanzaba a leer del todo.

—Hay algo que no encaja —dijo Valentina cuando terminaron—. Si mi padre quisiera silenciarlos a los dos, ya lo habría intentado de una forma más directa. El hecho de que alguien más les esté entregando pruebas, protegiéndolos casi, sugiere que hay una tercera persona jugando su propio juego.

—¿Alguien de la lista? —preguntó Sofía.

—O alguien que quiere estar en la lista de los que sobreviven a esto —dijo Valentina—. Sofía, ¿tu padre tenía algún socio cercano? ¿Alguien en quien confiara lo suficiente como para contarle sobre estos registros?

Sofía pensó un momento, y un nombre le llegó casi sin querer.

—Marcos —dijo—. Marcos Ibarra. Era el contador de mi padre. Prácticamente de la familia.

Valentina anotó el nombre con una expresión que Sofía no supo interpretar del todo.

—¿Sigue en Miami?

—Hasta donde sé, sí. No he hablado con él desde el funeral.

—Voy a investigarlo —dijo Valentina—. Mientras tanto, ustedes dos necesitan desaparecer del radar por un par de días. Nada de oficina, nada de apartamentos conocidos.

—Tengo una propiedad en Cayo Vizcaíno que nadie relaciona conmigo —dijo Adrián—. Está a nombre de una compañía separada.

—Perfecto —dijo Valentina—. Vayan ahí. Yo los contacto en cuanto tenga algo sobre Ibarra.

Cuando salieron del edificio, la tarde ya caía sobre Miami con esa luz anaranjada que Sofía recordaba de los días en que todavía se permitía ser feliz en esa ciudad. Adrián condujo en silencio durante la mayor parte del trayecto, con una tensión en los hombros que Sofía reconocía porque ella sentía exactamente la misma.

—¿Confías en tu hermana? —preguntó finalmente.

—Es la única persona en mi vida que jamás me ha mentido —dijo Adrián—. Lo cual, dado los últimos dos días, la convierte prácticamente en la única persona en la que puedo confiar del todo.

Sofía se quedó mirando el perfil de su rostro, iluminado por las luces de la carretera, y sintió que algo se acomodaba en su pecho, algo parecido a la seguridad que no había sentido en cinco años.

—Gracias —dijo—, por creerme. Por quedarte.

Adrián no apartó la vista de la carretera, pero su mano se movió despacio hasta encontrar la de ella sobre el asiento.

—Nunca debí dejar de hacerlo —dijo.

El teléfono de Sofía vibró en ese momento. Un mensaje, no de un número desconocido esta vez, sino de un contacto guardado hace años y que ella nunca había borrado.

“Marcos Ibarra: Sofía, necesito verte. Es sobre tu padre. No es seguro hablar por teléfono.”




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