Marcos Ibarra
Sofía leyó el mensaje tres veces antes de mostrárselo a Adrián.
—¿Confías en él? —preguntó Adrián, sin apartar los ojos de la carretera.
—Marcos llevaba las cuentas de mi padre desde antes de que yo naciera —dijo Sofía—. Vino a mi graduación. Estuvo en el funeral llorando como si hubiera perdido a un hermano. Si alguien sabe la verdad completa de lo que mi padre guardaba, es él.
—O es exactamente la persona que orquestó todo esto desde el principio —dijo Adrián, sin acusación, solo con la cautela fría de alguien que ya había aprendido, en menos de dos días, a no confiar en nadie por completo.
Sofía sabía que tenía razón en ser cauteloso. Aun así, algo en las palabras de Marcos —no es seguro hablar por teléfono— sonaba más a miedo genuino que a amenaza.
—Le voy a responder —dijo—. Pero en un lugar público. Y tú vas a estar ahí, aunque él no lo sepa.
Se encontraron esa misma noche en un pequeño café de Coral Gables, de esos que cierran tarde y nunca están completamente llenos. Sofía entró sola, como había acordado con Marcos, mientras Adrián esperaba en una mesa al fondo, fingiendo revisar su teléfono, lo suficientemente cerca para escuchar, lo suficientemente lejos para no levantar sospechas.
Marcos Ibarra se veía mayor de lo que Sofía recordaba, con ojeras profundas y una inquietud en la mirada que no encajaba con el hombre tranquilo que ella había conocido toda su vida.
—Gracias por venir —dijo él, apretándole las manos sobre la mesa—. Sofía, llevo dos años sin saber si hacía bien en quedarme callado.
—¿Callado sobre qué, Marcos?
Él miró a su alrededor antes de hablar, bajando la voz hasta un susurro apenas audible.
—Tu padre no murió de un fallo cardíaco —dijo—. Lo sé porque yo estuve ahí esa noche, media hora antes de que lo encontraran.
Sofía sintió que el café entero se quedaba en silencio a su alrededor.
—¿Qué viste, Marcos?
—Vi a un hombre salir de su casa —dijo Marcos, con las manos temblándole visiblemente—. No reconocí su rostro, estaba oscuro, pero reconocí el auto. Era un sedán negro con placas de la flotilla de Grupo Ferrante Holdings.
El nombre cayó sobre Sofía como un golpe directo al pecho. Era el mismo nombre de la empresa donde ahora trabajaba. La empresa de los Cross.
—¿Por qué no dijiste nada? —preguntó ella, con la voz quebrada entre la rabia y el miedo.
—Porque al día siguiente recibí una llamada —dijo Marcos, y por primera vez sus ojos se llenaron de lágrimas—. Me dijeron que si hablaba, tú serías la siguiente. Sofía, me quedé callado para protegerte. Dios me perdone, pero me quedé callado para protegerte.
Desde la mesa del fondo, Adrián se había puesto de pie sin que Sofía lo notara, acercándose con el rostro pálido.
—¿Qué tipo de sedán? —preguntó, interrumpiendo, y Marcos lo miró con sorpresa y algo de miedo al reconocer de inmediato el apellido en su rostro.
—Un Mercedes negro —dijo Marcos, con la voz temblorosa—. Con una placa que empezaba con las letras FH.
Adrián se quedó completamente inmóvil.
—Ese es el auto de mi padre —dijo—. Ese es el auto personal de Robert Cross.
Editado: 08.08.2026