El Precio de Volver

CAPÍTULO 14

El Auto de Robert Cross

Marcos Ibarra palideció al escuchar la confirmación salir de la boca de Adrián.

—No lo sabía —dijo, con la voz quebrada—. Dios, Sofía, si hubiera sabido que era su padre...

—¿Estás completamente seguro de la placa? —preguntó Adrián, con una calma forzada que a Sofía le pareció casi más aterradora que si hubiera gritado—. FH. ¿Estás seguro?

—Lo anoté esa misma noche —dijo Marcos, sacando su teléfono con manos temblorosas y mostrándoles una nota antigua, con fecha del día exacto en que había muerto el padre de Sofía—. Nunca borré esto. Una parte de mí siempre supo que algún día iba a necesitarlo.

Sofía miró la pantalla del teléfono de Marcos, la fecha, la hora, la descripción del auto, y sintió que algo dentro de ella terminaba de romperse y, al mismo tiempo, de sanar. Dos años de creer que la muerte de su padre había sido un simple accidente del destino, y ahora tenía una prueba concreta de que alguien se lo había arrebatado a propósito.

—Necesito esto —dijo Adrián, extendiendo la mano—. Marcos, necesito que le mandes esta captura a mi hermana, Valentina Cross. Ella está construyendo un caso, y esto podría ser la pieza que le falta.

Marcos dudó un instante, mirando a Adrián con una desconfianza que Sofía entendía perfectamente.

—¿Por qué debería confiar en el hijo de Robert Cross?

—Porque el hijo de Robert Cross está a punto de entregar a su propio padre a la justicia —dijo Adrián, sin apartar la mirada—. Marcos, entiendo que no tengas ninguna razón para creerme. Pero mírame. Llevo dos días descubriendo que todo lo que sabía sobre mi vida era una mentira construida por mi propio padre. No voy a protegerlo.

Algo en la firmeza de su voz pareció convencer a Marcos, que finalmente asintió y envió la captura de pantalla al número que Sofía le proporcionó.

—Hay algo más —dijo Marcos, antes de que se separaran—. Algo que tu padre me pidió que guardara, Sofía, por si alguna vez esto pasaba.

Sacó de su chaqueta un pequeño sobre sellado, gastado por los años, con el nombre de Sofía escrito en la letra inconfundible de su padre.

—Me dijo que solo te lo diera si algún día alguien empezaba a hacer preguntas sobre Meridian Shipping —dijo Marcos—. Supongo que ese día llegó.

Sofía tomó el sobre con manos que no dejaban de temblar. No lo abrió ahí mismo. No podía. Lo apretó contra el pecho como si fuera lo último que le quedaba de su padre, porque en cierto sentido, lo era.

—Gracias, Marcos —susurró—. Por guardarlo. Por todo.

Marcos asintió, se puso de pie, y antes de irse se detuvo un momento más.

—Ten cuidado con quién confías, Sofía —dijo, mirando brevemente a Adrián—. Los Cross tienen una forma de hacer que la gente desaparezca de la vida de otros sin dejar rastro. Espero, por tu bien, que este sea diferente.

Cuando finalmente se quedaron solos, Sofía sostuvo el sobre bajo la luz tenue del café, con el nombre de su padre grabándose en su memoria una vez más.

—¿Lo vas a abrir? —preguntó Adrián.

—No aquí —dijo Sofía—. Necesito estar en algún lugar donde, sea lo que sea que diga, pueda caerme sin que nadie me vea.

Adrián le tomó la mano.

—Entonces vamos a Cayo Vizcaíno —dijo—. Ahí puedes caerte todo lo que necesites. Yo te sostengo.




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