El Precio de Volver

CAPÍTULO 17

La Casa de la Infancia

Sofía no había vuelto a la casa de su padre desde el día del funeral.

El aire acondicionado llevaba dos años apagado, y en cuanto Adrián abrió la puerta, un calor húmedo y estancado los recibió junto con el olor familiar de madera vieja y libros que nadie había vuelto a tocar. Sofía se quedó parada en el umbral un momento, sintiendo que cada objeto en esa sala le devolvía un recuerdo que había pasado dos años tratando de no mirar de frente.

—¿Estás bien? —preguntó Adrián, con una mano suave en su espalda.

—No —admitió Sofía—, pero vamos a hacerlo de todas formas.

El estudio de su padre estaba exactamente como lo recordaba: estanterías repletas hasta el techo, un escritorio de caoba cubierto de polvo, y sobre la pared del fondo, el retrato de su madre que su padre jamás había permitido que nadie descolgara.

Adrián ayudó a mover el cuadro con cuidado, revelando una pequeña caja fuerte empotrada en la pared, del tamaño de una caja de zapatos.

—La combinación es tu cumpleaños —dijo Adrián, repitiendo las palabras de la carta.

Sofía marcó los números con dedos temblorosos: día, mes, año. El mecanismo hizo un clic seco, y la puerta de la caja fuerte se abrió sin resistencia.

Dentro había un disco duro externo, un montón de documentos adicionales, y un pequeño estuche de terciopelo que Sofía no esperaba encontrar.

—¿Qué es eso? —preguntó Adrián, señalando el estuche.

Sofía lo abrió con cuidado. Dentro había un anillo, sencillo pero elegante, con una nota doblada debajo.

Para el día que decidas que estás lista para amar sin miedo otra vez. Este era el anillo de tu madre. Espero que algún día se lo des a alguien que valga la pena todo lo que has sufrido.

Sofía sintió que las lágrimas volvían, esta vez mezcladas con algo parecido a la esperanza en lugar del puro dolor.

—Tu padre sabía —dijo Adrián, con la voz suave— que algún día encontrarías tu camino de regreso a algo bueno.

—O de vuelta a ti —dijo Sofía, mirándolo directamente.

El momento se rompió con el sonido de un auto deteniéndose frente a la casa.

Adrián se acercó a la ventana con cautela, y su expresión se endureció al instante.

—Es un Mercedes negro —dijo—. FH en la placa.

Sofía sintió que el pecho se le congelaba.

—¿Tu padre?

—O alguien que conduce su auto —dijo Adrián, ya guardando el disco duro y los documentos dentro de su chaqueta—. Sofía, tenemos que salir por la puerta de atrás, ahora.

Alcanzaron a llegar al jardín trasero justo cuando escucharon la puerta principal abrirse con la llave que, evidentemente, alguien más también tenía.

—¿Sofía? —llamó una voz masculina desde el interior de la casa, calmada, casi cordial—. Sé que estás aquí. Vamos a hacer esto de la manera fácil.

Sofía reconoció la voz de inmediato, y el reconocimiento le heló la sangre más que cualquier otra revelación de los últimos días.

No era Robert Cross.

Era Daniel Reyes.




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