El Precio de Volver

CAPÍTULO 18

Cara a Cara

Adrián tomó a Sofía del brazo y la guio hacia la parte más alejada del jardín, detrás del cobertizo donde su padre solía guardar las herramientas de jardinería.

—Tiene el auto de tu padre —susurró Sofía—. Eso significa que trabajan juntos.

—O que Daniel se lo robó para incriminarlo —dijo Adrián, aunque su propia voz no sonaba convencida de esa posibilidad.

Los pasos de Daniel Reyes se escuchaban ahora en la cocina, deliberadamente lentos, como quien disfruta prolongar el momento de encontrar a su presa.

—Sofía, sé que estás con Adrián —dijo Daniel, su voz llevando ese mismo tono cordial de reunión de oficina que ella había escuchado tantas veces en el trabajo—. Y sé exactamente qué encontraron en esa caja fuerte. Podemos hacer esto de forma civilizada.

Sofía sintió que la mano de Adrián se tensaba alrededor de la suya.

—Necesitamos llegar al auto —susurró él—. Está a media cuadra, donde lo dejamos.

—No vamos a llegar sin que nos vea —dijo Sofía, mirando hacia la reja lateral, la única salida que no pasaba frente a las ventanas de la casa.

Un ruido de vidrio rompiéndose los hizo saltar. Daniel había pateado la puerta trasera del estudio, ahora con mucho menos paciencia en su voz.

—¡Sofía! —gritó—. Tu padre tenía algo que nunca debió guardar. Dame el disco duro y los dos podemos seguir con nuestras vidas como si nada de esto hubiera pasado.

—No le va a creer nadie eso —murmuró Adrián.

Sofía tomó una decisión en una fracción de segundo. Se asomó apenas por el borde del cobertizo, lo suficiente para que Daniel la viera desde la ventana rota del estudio.

—¿Por qué, Daniel? —gritó ella, ganando tiempo, esperando que Adrián entendiera la señal y se moviera hacia la reja lateral mientras la atención de Daniel se concentraba en ella—. ¿Por qué ayudaste a matar a mi padre?

El silencio que siguió duró solo un instante, pero fue suficiente para que Sofía notara el cambio en la respiración de Daniel al otro lado de la ventana rota.

—Yo no maté a tu padre —dijo él, y por primera vez su voz perdió parte de la calma calculada—. Yo solo hago lo que se me ordena, Sofía. Nada más.

—¿Órdenes de quién? —preguntó ella, retrocediendo lentamente hacia donde Adrián ya había logrado abrir la reja sin hacer ruido—. ¿De Robert Cross?

Otro silencio, más largo esta vez.

—Robert Cross no da las órdenes en esto desde hace mucho tiempo —dijo Daniel finalmente, y algo en la manera en que lo dijo hizo que a Sofía se le helara la sangre de una forma completamente nueva—. Robert Cross es solo otro empleado, igual que yo.

Adrián, que había escuchado cada palabra desde la reja, se quedó paralizado por un instante.

—Entonces quién —dijo Sofía, aunque una parte de ella ya empezaba a temer la respuesta—. ¿Quién da las órdenes?

Un disparo resonó en el aire nocturno, no dirigido hacia ellos, sino hacia el cielo, como una advertencia clara de que la conversación había terminado.

—Corran —dijo Adrián, jalando a Sofía hacia la calle—. Ahora.




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