El Precio de Volver

CAPÍTULO 19

Huir

Corrieron sin mirar atrás, el sonido de sus propios pasos mezclándose con los latidos desbocados de sus corazones. Adrián apretó la mano de Sofía con fuerza mientras cruzaban el jardín del vecino, saltando una cerca baja que ninguno de los dos habría podido saltar en circunstancias normales sin lastimarse.

—El auto está a la vuelta de la esquina —dijo Adrián, sin aliento—. Sigue corriendo.

Llegaron al vehículo justo cuando escucharon el motor del Mercedes negro encenderse a lo lejos. Adrián arrancó antes de que Sofía terminara de cerrar la puerta, tomando calles secundarias que claramente conocía de memoria, alejándose del vecindario en dirección contraria a la que cualquiera esperaría.

—¿Crees que nos siguió? —preguntó Sofía, mirando por el retrovisor con el corazón todavía golpeándole el pecho.

—No lo sé —dijo Adrián, revisando los espejos con una concentración que no dejaba espacio para el pánico—. Pero no vamos a averiguarlo quedándonos quietos.

Condujeron durante casi veinte minutos en silencio, hasta que Adrián finalmente se detuvo en el estacionamiento vacío de un supermercado cerrado, apagando las luces del auto.

—¿Por qué paramos aquí? —preguntó Sofía.

—Porque necesito pensar, y no puedo hacerlo mientras conduzco con miedo a que nos maten —dijo Adrián, con una honestidad cruda que Sofía no esperaba.

Se quedaron sentados en la oscuridad del auto, ambos respirando con dificultad, procesando lo que Daniel había dicho antes del disparo.

—«Robert Cross es solo otro empleado» —repitió Sofía en voz baja—. Adrián, ¿quién puede estar por encima de tu padre en algo como esto?

Adrián se pasó las manos por el cabello, con una expresión que Sofía no le había visto antes: no miedo exactamente, sino el peso de estar reconsiderando toda una vida de suposiciones sobre su propia familia.

—Mi padre siempre actuó como si fuera el dueño de todo —dijo—. Grupo Ferrante Holdings, Meridian Shipping, todo. Pero ahora que lo pienso... el nombre de la empresa nunca fue Cross. Siempre fue Ferrante.

—¿Y eso qué significa?

—Que tal vez mi padre no fundó nada de esto —dijo Adrián, la comprensión llegándole en tiempo real—. Tal vez solo lo administra para alguien más. Alguien con el apellido Ferrante.

Sofía sacó su teléfono y le escribió rápidamente a Valentina, resumiendo todo lo que había pasado: el ataque en la casa, la confesión a medias de Daniel, la sospecha sobre el nombre Ferrante.

La respuesta llegó casi de inmediato, y algo en la brevedad del mensaje hizo que a Sofía se le helara la piel.

Llámame ahora. No es seguro escribirlo.

Adrián marcó el número de su hermana con el altavoz encendido. Valentina contestó al primer timbre, su voz cargada de una urgencia que Sofía no le había escuchado hasta entonces.

—Encontré el registro de fundación de Meridian Shipping —dijo Valentina, sin preámbulos—. Está a nombre de un fideicomiso familiar. El fideicomiso Ferrante.

—Eso ya lo sospechábamos —dijo Adrián—. ¿Quién lo administra?

Valentina se quedó callada un segundo antes de responder, como si incluso a ella le costara pronunciar el nombre en voz alta.

—El fideicomiso lo fundó nuestra abuela —dijo—. Isabela Ferrante Cross. Y según estos documentos, sigue viva.




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