Frente a Frente con Robert
Robert Cross estaba en su penthouse cuando llegaron, con una copa de whisky sin tocar sobre la mesa y la televisión encendida en un noticiero local que ya mostraba imágenes del arresto de Isabela en Coconut Grove.
—Supongo que ya lo sabes —dijo Robert, sin girarse cuando escuchó la puerta abrirse—. Mi propia madre. Arrestada por conspiración.
—También sé que hay una orden de arresto con tu nombre —dijo Adrián, entrando al salón con Sofía un paso detrás de él—. Papá, esto se terminó.
Robert finalmente se giró, y por primera vez desde que Sofía lo había conocido, no vio en él al hombre calculador y frío de la oficina, sino a alguien que parecía haber envejecido diez años en cuestión de horas.
—¿Sabes lo que es —dijo Robert, con la voz cansada— pasar cuarenta años obedeciendo órdenes de tu propia madre mientras todo el mundo cree que eres tú quien manda?
—No —dijo Adrián—, y tampoco me interesa entenderlo como excusa para lo que le hicieron al padre de Sofía.
—No fue mi decisión —dijo Robert, mirando a Sofía directamente por primera vez—. Quiero que sepas eso, al menos. Yo solo ejecuté la orden de separarlos a ustedes dos. Lo de tu padre... eso vino directamente de mi madre. Yo ni siquiera lo supe hasta después.
—¿Y eso te exime? —preguntó Sofía, con una voz que sorprendió por su propia firmeza—. Usted destruyó cinco años de nuestras vidas con una mentira calculada, señor Cross. No necesito que me explique grados de culpa.
Robert bajó la mirada, y por un instante pareció que iba a decir algo más, pero el sonido de pasos en el pasillo lo interrumpió. Dos agentes federales, con Valentina detrás de ellos, entraron al penthouse sin necesidad de anunciarse.
—Robert Cross —dijo uno de los agentes, con la orden en la mano—, queda usted detenido.
Robert no opuso resistencia. Se dejó esposar con una dignidad silenciosa que a Sofía le resultó casi más perturbadora que si hubiera protestado.
—Adrián —dijo antes de que se lo llevaran—, todo lo que construimos... la empresa, los contratos legítimos, los empleos reales que dependen de esto... eso no tiene por qué desaparecer contigo. Puedes salvarlo. Puedes hacerlo bien.
Adrián no respondió de inmediato. Se quedó mirando a su padre siendo escoltado hacia la puerta, con una expresión que mezclaba años de resentimiento con algo que Sofía reconoció como duelo anticipado: el duelo de perder, en una sola tarde, tanto a su padre como a la idea de familia que había cargado toda su vida.
Cuando finalmente se quedaron solos en el penthouse, Adrián se dejó caer en el sofá, con la cabeza entre las manos.
—Se acabó —dijo, con la voz apagada.
Sofía se sentó a su lado, sin decir nada, dejando que el silencio hiciera el trabajo que ninguna palabra podría hacer en ese momento.
—No se acabó del todo —dijo finalmente ella—. Todavía queda Daniel Reyes.
Adrián levantó la cabeza, y algo en su expresión cambió, recordando de golpe que la amenaza más inmediata seguía libre, en algún lugar de la ciudad, con un disparo de advertencia todavía resonando en sus oídos.
—Tienes razón —dijo—. Y Valentina necesita saber algo que Daniel dijo antes del disparo. Dijo que él solo obedecía órdenes. Si Isabela y mi padre ya están detenidos, ¿de quién estaba hablando?
El teléfono de Sofía vibró en ese instante. Un mensaje de un número desconocido, distinto al de la primera amenaza.
Buen trabajo encontrando a los Cross. Pero se olvidaron de mí. Nos vemos pronto, Sofía.
Editado: 08.08.2026