El Precio de Volver

CAPÍTULO 27

El Hermano

Sofía se dejó caer en el sofá, con las palabras de Valentina todavía resonando en su cabeza como un eco que se negaba a desaparecer.

—Eso no puede ser cierto —dijo, casi sin aire—. Mi padre me lo habría dicho. Mi madre me lo habría dicho.

—Tal vez por eso mismo nunca te lo dijeron —dijo Adrián, sentándose a su lado y tomándole la mano—. Sofía, si tu padre guardaba secretos de contrabando durante quince años, ¿qué te hace pensar que este habría sido diferente?

Sofía sintió que las lágrimas volvían, esta vez mezcladas con una rabia que no sabía hacia quién dirigir: hacia sus padres muertos, hacia el hermano que nunca supo que tenía, o hacia sí misma por no haber sospechado nunca que faltaba una pieza entera de su propia historia.

—Si Gabriel es mi hermano —dijo finalmente, con la voz temblorosa—, y creció sabiendo que fue entregado, que yo me quedé y él no... eso explicaría todo. La contratación planeada. La empresa fachada. Incluso la llamada falsa de hace cinco años.

—¿Crees que él la hizo? —preguntó Adrián.

—Creo que alguien que pasó toda su vida sintiéndose desechado por la misma familia que me crio a mí tendría todas las razones del mundo para querer destruir lo que yo tuve y él no —dijo Sofía, con una claridad dolorosa—. Y todas las razones para hacerlo despacio, con años de planificación, en lugar de una venganza rápida.

El teléfono de Adrián volvió a sonar. Valentina, con la voz más tensa que antes.

—Tengo una dirección confirmada —dijo—. Gabriel Duarte está en la oficina de Brickell ahora mismo. Mis agentes están listos para movilizarse, pero Sofía, necesito preguntarte algo antes de que actuemos.

—Dime —dijo Sofía.

—¿Quieres estar ahí cuando lo confrontemos? —preguntó Valentina—. Legalmente no tengo obligación de permitirlo, pero después de todo lo que has pasado, creo que mereces decidir tú misma si quieres ver su cara cuando esto termine.

Sofía miró a Adrián, que le devolvió la mirada sin presionarla en ninguna dirección, dejándole el espacio completo para decidir sola.

—Sí —dijo finalmente, con una firmeza que la sorprendió incluso a ella misma—. Quiero verlo. Quiero que sepa que a pesar de todo lo que hizo, no logró destruirme.

Cuarenta minutos después, se encontraban afuera del edificio de oficinas en Brickell, con un equipo de agentes federales posicionándose discretamente en las entradas mientras Valentina coordinaba los últimos detalles por radio.

—Cuando entremos —dijo Valentina, mirando directamente a Sofía—, déjame hablar primero. No sabemos cómo va a reaccionar, y necesito que estés a salvo antes que nada.

Sofía asintió, con el corazón latiéndole con una mezcla de miedo y una extraña, inesperada curiosidad por finalmente ver el rostro del hombre que compartía su sangre.

Subieron en el ascensor en silencio, hasta el piso doce, donde una placa discreta anunciaba las oficinas de Vantage Group Consulting. Valentina hizo una señal, y los agentes avanzaron hacia la puerta de vidrio esmerilado.

Cuando la abrieron, la oficina estaba vacía.

Solo un sobre sobre el escritorio principal, con el nombre de Sofía escrito a mano, en una letra que ella no reconocía pero que, de alguna forma inexplicable, le resultaba inquietantemente familiar.




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