El precio del cazador

1. La partida de caza

Habían perseguido a su presa durante tres días, y esta los llevó tan lejos en su huida que volver atrás con las manos vacías ya no era una opción.

La persecución los condujo desde una zona de pequeños lagos congelados hasta una franja elevada de la cordillera principal.

Aquella partida tenía la intención inicial de hacerse con alguna pieza que, aparte de darles de comer, les sirviera de trofeo que mostrar ante las mujeres casaderas.

De esta manera fue que los tres se dirigieron a una zona alejada de la tribu, peligrosa y de difícil acceso, pero famosa por ser uno de los mejores cotos de caza.

Una vez allí, tuvieron que buscar una zona que les permitiera vigilar y acceder a sus presas sin que estas los detectaran demasiado rápido. Y así fue como, cerca de uno de esos abrevaderos naturales, dieron con una formación de árboles tan juntos que sus ramas les permitieron establecer una garita rudimentaria y cómoda, protegida de los elementos.

El más joven de los tres era de los mejores arqueros que la tribu había dado en las últimas generaciones. Alto y esbelto, con el pelo largo y castaño recogido en una cola. Sus ropas de cuero, solo decoradas por un pequeño cuchillo, un útil de caza más que un arma, considerando que su forma invitaba tanto al despiece como a la curtiduría.

El mediano, en cambio, llevaba la ropa decorada profusamente con collares, plumas y pequeños abalorios pertenecientes a sus contrincantes, puesto que era conocido tanto por su pericia con las hachas como por ser un gran jugador.

Más bajo que el arquero, aunque más fornido. Tenía la piel morena muy estropeada para su edad, como si el sol le hubiera incidido más que a los demás, y lucía su pelo negro rapado en una cresta que le llegaba a los hombros.

Por último, el líder era el mayor de los tres, pero no por ello el más veterano; sin embargo, parecía reunir todas las características más apreciadas por los cazadores.

Era alto y musculoso; si bien no por ello era menos ágil, ya que se movía rápida y silenciosamente. Cuando atacaba, su lanza golpeaba de forma seca, sin dejarse llevar ni perder el control. Al cazar, parecía ser un depredador más suelto en la naturaleza, ya estuviera rastreando u oteando a su presa.

En cuanto llegaron y descansaron de su duro viaje, empezaron a inspeccionar la zona para saber qué animales iban allí a beber y, sobre todo, cuáles habían reclamado aquel territorio.

Aquellas montañas estaban pobladas por una gran variedad de animales, aunque pocos depredadores, contando los osos y los lobos como los principales. Además, no habían visto huellas recientes de ninguno de los dos, por lo que se lo tomaron con más tranquilidad.

Durante un par de días cazaron y se regocijaron, obteniendo excelentes y numerosos ejemplares. Incluso el mediano, el de las hachas, había rematado un zorro blanco con el que pensaron que ya podían volver al poblado, dado que ese animal les daría una piel exquisita y todos sabían cuán difícil es avistarlos en la nieve.

Pero al tercer día lo vieron.

Un magnífico ciervo macho de estampa elegante, con una musculatura que bailaba bajo su piel y cuya cornamenta sólo podía calificarse como majestuosa.

Los tres cazadores se quedaron prendados cuando lo vieron, tal era la solemnidad que envolvía al animal. No les hizo falta hablar entre ellos, porque ya estaba decidido: volverían a casa con aquel ciervo.

De entrada no quisieron moverse y así arriesgar la presa, pero eso no era un límite para el arquero, quien sacó una flecha, la colocó en su arma y la tensó despacio, acompasando cada movimiento con su respiración, intentando fundirse con los ruidos que lo rodeaban.

El lancero y el del hacha siguieron sin moverse, a la espera de lo que iba a pasar a continuación. Confiaban en su compañero; sin embargo, cualquier cosa podía ocurrir.

Cabía que el ciervo se asustara por una rama al romperse bajo el peso de la nieve. Quizás los oliera si de pronto el viento cambiaba. E incluso podría simplemente irse al sentirse observado, avisado por su instinto.

Las variables y los factores a tener en cuenta eran muchos, mas eso formaba parte de la caza y sólo le daba mayor valor a la presa conseguida.

El más joven llevó la flecha hasta su mejilla e intentó calcular el viento, la distancia y la caída lo mejor posible, antes de que se le cansara el brazo.

Liberó la flecha y esta surcó los aires hasta clavarse en uno de los flancos del animal.

Los tres guerreros maldijeron y emprendieron la carrera al saber que, con esa herida, el ciervo aún podría moverse lo suficiente como para acabar fuera de su alcance.

Y así fue que empezó la pugna.

Así fue como corrieron en pos de su propia perdición.

Al principio consiguieron mantener un ritmo elevado, motivados por la gran pieza que tenían entre manos. Además, también los espoleaba la excitación, el instinto de la caza, el cual puede ser ladino si no eres consciente de cómo actúa.

El ciervo se mantuvo a la vista, ya que estaba subiendo una pendiente de bajos arbustos, mientras se dirigía a la falda de la montaña más cercana.

Los tres guerreros estaban tan agitados que uno casi podía pensar que olían la sangre más que verla, pero ocurrió lo inesperado: el ciervo no bajaba el ritmo. Y aunque los tres eran jóvenes y aguerridos, su aguante no podía competir con el de la bestia, de modo que, una vez llegados a la cima de la cuesta, les ardían las rodillas y les faltaba el aliento.




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