Su figura se recortaba orgullosa contra el cielo violeta en lo alto de la siguiente colina.
Parecía estar mirando en dirección opuesta y el viento les venía de frente. No se les podía presentar mejor oportunidad.
El líder envió al hachero por la derecha mientras él mismo se dirigía a la izquierda y el arquero los cubría a ambos avanzando de frente.
El plan era simple: jalear el ciervo hacia el lancero y que el más joven se asegurara de que no perdieran la pieza. No era la primera vez que lo hacían, y se separaron al unísono, con la soltura que da la práctica.
El de las hachas avanzó intentando esquivar una zona de ramas secas especialmente densa, obligándolo a zigzaguear hacia su objetivo para no hacer ruido. Entrenado desde niño en las viejas costumbres, fue el único que recordó que las horas de transición entre la noche y el día eran las propicias para ver lo que no estaba ahí, o ver lo que sí estaba.
Por ello, aprestó sus armas cuando el contorno de su presa se desfiguró por las sombras de la arboleda que los separaba, creando la ilusión de que el ciervo se ponía de pie y se giraba en su dirección.
Un último rayo de luz lo cegó, haciéndole desviar la vista. Cuando volvió a mirar, el animal había desaparecido.
Se quedó quieto y en cuclillas, escuchando a su alrededor.
Algo se movía hacia él.
Algo rápido y furtivo. Que respiraba y gruñía.
Algo que parecía estar rodeándolo tal y como él estaba haciendo con el ciervo, aunque mejor. Y esta revelación se hizo clara en su mente cuando, al retroceder ante su enemigo invisible, unas mandíbulas se lanzaron buscando su cuello.
Su grito agónico inauguró el anochecer para espanto de sus dos compañeros.
El más cercano era el arquero, que se desvió de su ruta prevista y se lanzó a la carrera hacia los alaridos de su amigo, que tardaron poco en tornarse gorgojeos sanguinolentos capaces incluso de embrujar los sueños de los malditos.
Cuando llegó, un trío de lobos se alzaba sobre el de las hachas. Uno grande con trazos plateados le había abierto la garganta y relamía la sangre, mientras otros dos lobos negros esperaban a dos pasos de distancia.
El arquero, sin dudarlo y con un movimiento fluido, disparó una flecha hacia el líder del peligroso trío.
Ya tenía otro proyectil en la mano cuando el primero alcanzó al lobo en el pecho, haciendo que soltara un quejido y cayera de lado.
El lancero, que también corría en dirección a los gritos, avanzó despidiéndose de su presa, que debía de haber huido ante el escándalo. Pero en vez de eso, el animal parecía haber vuelto sobre sus pasos, acercándose y devolviéndole la mirada con unos ojos tan impasibles que el líder pudo ver su reflejo en las pupilas del animal.
Así de cerca estaba.
Aun así, no podía detenerse, así que siguió corriendo, guiándose en la oscuridad por los gemidos y gruñidos, hasta llegar al cuerpo.
Los lobos se habían ido y su amigo, con gran pesar para ambos, estaba muerto. Los supervivientes tomaron el cuerpo, buscaron donde acampar y se prepararon para pasar la noche.
A la mañana siguiente rastrearon la zona y vieron que las huellas del ciervo estaban cada vez más juntas y que seguía sangrando, lo que significaba que no podía andar demasiado lejos.
Ambos acordaron continuar un trecho y, mientras, cubrir el cuerpo del hachero y del lobo con piedras para recogerlos a la vuelta. Aun así, el arquero dejó claro que si no conseguían la pieza antes del atardecer, debían abandonar y volver al poblado.
El lancero accedió y se dispusieron a seguir el rastro que los llevaría montaña arriba. Al principio, atravesando un bosque, un bosque cuya densidad iba disminuyendo a ojos vista hasta llegar a conformar una serie de zonas con cada vez menos tierra y más suelo rocoso.
Al mediodía descansaron en uno de estos claros y el arquero le recordó lo acordado al lancero, que dijo que sí, que no se preocupara. Que al final de aquel día alcanzarían a su presa, pese a que el arquero insistió en que eso no era lo que habían hablado, siguieron adelante hasta verse al descubierto.
Allí, donde la forma del terreno daba la impresión de que la montaña estaba inclinada hacia ellos, haciendo valer su inconmensurable peso, volvieron a ver el majestuoso ciervo.
Se desplazaba despacio por un saliente de la montaña, un despeñadero a varios metros por encima de sus cabezas.
Seguía sangrando e iba dibujando un rastro de rojo contra la pared, como si intentara medir la circunferencia del macizo a costa de su propia vida.
Ambos guerreros miraron hacia arriba con satisfacción y comentaron la posibilidad de usar el arco, pero el viento cruzado hacía el disparo demasiado arriesgado.
Desde donde estaban, parecía que el ciervo estuviera recorriendo un camino de fácil tránsito sobre el vacío; sin embargo, la senda que lo había llevado allí no estaba a la vista.
Un viento frío acompañado del aullido de los lobos les provocó la madre de todos los escalofríos, mientras el sol terminaba de despuntar detrás del enorme gigante y su último rayo iluminaba lo que parecía ser una cañada que quizás, y solo quizás, les llevaría al saliente tomado por el ciervo.
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Editado: 01.03.2026