Tardaron un tiempo en llegar al saliente que transitara el ciervo. Se hacía noche cerrada y el camino los alejaba de la escasa luz de la luna, así que aprovecharon una concavidad estrecha para guarecerse. Uno descansaría mientras el otro montaba guardia frente al acoso de los aullidos.
La noche fue pasando sin sobresaltos. El arquero vigiló primero y fue relevado por su líder, quien al principio solo encontró silencio y tranquilidad.
La jauría de lobos debía de haber hallado una presa más fácil, ya que no se la escuchaba. Por otro lado, la luz de la luna había seguido su recorrido y ahora le permitía ver el terreno a sus pies con un tono plateado que le confería un aire fantasmal a la nieve sempiterna de aquellos lares.
En verdad debían encontrarse en una zona muy profunda de la cordillera, dado que le costaba horrores hallar puntos de referencia con los que ubicarse.
Observó cómo la densidad de los árboles iba en aumento a medida que se alejaba de sus pies y se abstrajo contemplando la solemnidad de la vista que tenía ante sí.
Desde aquella distancia, y con el horizonte tiñéndose lentamente de lila, era capaz incluso de ver las corrientes del viento que arrastraban en su seno tanto nieve como hojas y agujas de pino, reflejando así las fuerzas que gobernaban aquel paraje.
El lancero andaba perdido en tales pensamientos, casi confiado por una noche sin incidentes cuando un ruido rasposo llamó su atención.
Creyó ver por el rabillo del ojo una sombra moviéndose y se giró hacia allí. Mas no había nada.
Se desplazó con cuidado por el borde del estrecho saliente y miró a su alrededor con detenimiento.
Seguía oyendo el ruido. El viento y las paredes de la montaña hacían que su origen pareciera bailar a su alrededor. No obstante, a través de los altibajos de la corriente, vislumbró una sombra alargada que poco después pudo identificar como un oso pardo.
El animal parecía recorrer un sendero paralelo al suyo, pero varios metros por encima de sus cabezas. El asiento debía ser mucho más irregular e inestable, puesto que, a medida que lo recorría, ristras de pequeñas piedras se deslizaban montaña abajo levantando polvo.
El lancero sintió una alegría rebullir en su pecho ensordecida levemente por su conciencia. En el fondo sabía que estaba pecando de orgulloso, cosa que solo admitiría ante sí mismo y nadie más.
La presencia del oso le ofrecía la oportunidad de resarcirse con su amigo superviviente, con su orgullo herido y también con su avaricia, dado que cazar un oso era en sí toda una proeza.
Pensó que, en el peor de los casos, si hería al oso, no tardarían demasiado en alcanzarlo, mientras que si lo asustaban, incapacitaban o, incluso mejor, lo mataban, se ahorrarían el trecho de subida para recoger el cuerpo.
Así, tomó el arco y el carcaj de su compañero dormido, colocó una flecha en la cuerda y miró hacia arriba buscando su presa.
Acechó con los ojos expectantes, las cejas alzadas y la boca abierta, ensimismado, concentrado en su tarea, pero no tanto como para no tomarle la distancia al borde del sendero.
La figura del oso se dejó ver brevemente tras un risco, por lo que tensó la cuerda y, con dificultad, dibujó el límite del camino con la punta de su flecha.
Los acontecimientos que sobrevinieron entonces se dieron en una sucesión tan contundente que harían eco en su memoria hasta el día de su muerte.
Soltó la flecha, que voló rauda hacia su objetivo, y se clavó profundamente en el hombro del poderoso animal.
El bramido del oso resonó a través de las paredes de la montaña y del bosque, retumbando y multiplicándose de forma irrevocable, poniéndole el vello de punta y despertando a su compañero, que lo miró desde su oquedad con los ojos muy abiertos.
El oso, en su agonía, siguió su naturaleza e intentó plantar cara a un enemigo que no veía, tratando de ponerse a dos patas, pero cayendo pesadamente sobre la roca.
Quiso el destino que el saliente que acabara de golpear con su mole no resistiese su peso, desprendiéndose una enorme sección de aquella parte del camino, que empezó a deslizarse y a rodar hacia ellos.
El lancero notaba perfectamente la mirada de su compañero, aun en su agujero, y el peso de ésta sobre su conciencia.
Ya que ambos sabían que ni lo ayudaría ni se despediría.
Simplemente correría.
Y eso hizo.
Corrió sin mirar atrás, presa del pánico y siguiendo el camino marcado por la sangre del ciervo la tarde anterior.
Al principio, la adrenalina le hizo creer que lo conseguiría, y en ese breve lapso de confianza, su mente lloró una lágrima por su compañero, culpándose por los errores cometidos. Pero el derrumbamiento era extenso y, como si el tiempo se acelerara en su persecución, empezó a tropezar y resbalarse debido a los cantos que se colaban bajo sus pies.
Perdió el control y rodó. Rodó sobre una superficie que se acercaba cada vez más a la vertical mientras el miedo le hacía llorar y rogar.
Nombró a todos los dioses que conocía, ya fuera por su nombre completo o masticados con sangre debido al mordisco que se había dado.
En algún punto llamó incluso a su madre y a todos los espíritus del bosque, del cielo y de la tierra por igual.
Y por último, empezó a prometer y a jurar.
Juró por su vida pasada, presente y futura.
Juró por sus acciones y omisiones. Por los sacrificios personales y materiales.
E incluso llegó a jurar por los hijos e hijas que no había tenido aún.
En ese momento, se hizo la oscuridad.
Años después, se dirigía hacia la tienda de la matrona para ver a su hijo recién nacido. Podía oír su llanto desde hacía rato. La zahorí entraba delante de él, preparándose para ver los augurios de su hijo.
En su tribu, cada guía espiritual, chamán y zahorí, contemplaba los designios de sus congéneres una vez en la vida, siendo la primera normalmente al nacer.
Él no cabía en sí de orgullo. El parto había salido bien, su esposa rebosaba salud y felicidad. Su hijo demostraba la fuerza de sus pulmones, anunciando al mundo la llegada de un nuevo guerrero.
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Editado: 01.03.2026