Cada minuto libre se convirtió en un campo de batalla para Mateo. En los breves trayectos en autobús entre sus dos nuevos empleos de medio tiempo —cargando cajas en un almacén por las mañanas y limpiando grasa en un taller mecánico por las tardes—, su mente no descansaba. Con un lápiz gastado y un cuaderno de hojas cuadriculadas que rescató de la secundaria, comenzó a trazar los planos de su proyecto. Iba a construir un purificador de agua automatizado y de bajo costo para comunidades sin acceso a redes de agua potable, utilizando sensores electrónicos de precisión.
Sabía exactamente qué componentes necesitaba, pero al hacer la lista de herramientas, chocó contra una pared invisible. Un soldador de precisión, una cortadora de plasma digital y las placas de programación costaban una fortuna. Además, ¿dónde iba a armar aquello? El pequeño cuarto que compartía con su madre apenas tenía espacio para las camas; el humo del estaño y las chispas habrían sido insoportables y peligrosos.
Desesperado, pero con la determinación templada por el fuego, Mateo tomó una decisión. Regresó a su antigua escuela pública.
El director, el señor Benítez, lo recibió en su oficina. Al escuchar la situación de Mateo, la usura del crédito estatal y el plan de la Feria Tecnológica, el rostro del hombre maduro se ensombreció de impotencia. Se quitó las gafas y se frotó las sienes, visiblemente conmovido.
—Ven conmigo, Mateo —dijo el director, levantándose en silencio.
Caminaron por los pasillos desiertos después de la hora de salida hasta llegar al fondo del plantel, donde se ubicaba el laboratorio de robótica. Era un espacio modesto, pero equipado con maquinaria que Mateo conocía a la perfección. Al lado, el señor Benítez abrió un candado pesado y empujó una puerta metálica: era el depósito de desecho tecnológico de la institución. Frente a los ojos de Mateo se extendía un cementerio de torres de computadoras obsoletas, televisores antiguos de tubo, impresoras descompuestas y motores de ventiladores cubiertos de polvo.
El director miró hacia el pasillo, asegurándose de que nadie los viera, y se volvió hacia Mateo con una expresión llena de pesar.
—Mateo, esto es lo único en lo que te puedo ayudar —susurró el señor Benítez, con la voz cargada de frustración—. El sistema me tiene atado de manos y pies. Si el distrito escolar se entera de que te estoy permitiendo usar las instalaciones sin seguro ni matrícula vigente, me despedirán de inmediato. Estoy arriesgando mi trabajo de veinte años por ti.
Mateo abrió la boca para hablar, pero el director lo detuvo con la mano.
—No digas nada. Sé quién eres y sé lo que vales. No voy a permitir que este país entierre a uno de sus mejores estudiantes solo porque no nació en una cuna de oro. Pero tenemos que ser invisibles. Trabajarás de noche, cuando el guardia de la entrada, que es amigo mío, haga la vista gorda. Vendrás después de tus empleos. Usarás las máquinas y toda la chatarra de este depósito que te sirva. Pero te pido, por favor, que te vayas antes del amanecer. Tienes que dejar todo impecable, limpio, sin un solo rastro de tu proyecto en la escuela. Nadie puede saber que estuviste aquí.
Para Mateo, aquellas palabras no fueron una advertencia, sino un salvavidas. Miró las máquinas, miró los viejos monitores listos para ser desmantelados y luego miró al director. Sintió que las lágrimas le quemaban los ojos, pero las contuvo, reemplazándolas por una gratitud inmensa. Un pequeño rayo de luz acababa de perforar la oscuridad de su tormenta.
—No se va a arrepentir, director —prometió Mateo con un hilo de voz—. Nadie sabrá jamás que estuve aquí. Se lo juro por mi madre.
Esa misma noche, a las once, Mateo regresó por la puerta trasera. El reloj de treinta días avanzaba sin piedad, pero ahora, en medio del silencio del laboratorio y bajo la luz de un flexo, el joven genio comenzó a desarmar la primera computadora vieja. La carrera contra el tiempo había comenzado oficialmente.