El centro de convenciones de la ciudad parecía un universo paralelo. Bajo los techos altos y las luces blancas y resplandecientes, cientos de jóvenes de universidades privadas se paseaban vistiendo trajes impecables, cargando pantallas de última generación y carpetas de cuero con los logotipos de las grandes empresas que los patrocinaban.
Mateo se sentía un intruso. Llevaba una chaqueta gastada, sus zapatillas parchadas y una vieja mochila donde guardaba los planos impresos en hojas de cuaderno y un pendrive con el código de su purificador de agua automatizado. Su proyecto ya estaba casi listo en el laboratorio de la escuela, pero hoy era el último día para la inscripción formal de los prototipos.
Tras hacer una larga fila, Mateo llegó al módulo de registro de AuraTech Corporación. Detrás del mostrador, un hombre de unos cincuenta años, de traje gris impecable y mirada aguda pero tranquila, revisaba unas planillas. No llevaba la identificación de los recepcionistas; solo un pequeño pin dorado en la solapa. Su nombre era Alejandro Sterling, pero para Mateo, era simplemente otro burócrata o ejecutivo de la empresa.
—Buenas tardes —dijo Alejandro, alzando la vista y dedicándole una sonrisa cortés al ver el aspecto cansado del joven—. ¿Vienes a inscribir un proyecto?
—Sí, señor —respondió Mateo, manteniendo una postura firme a pesar de los nervios—. Es un sistema de purificación automatizado de bajo costo mediante sensores de reciclaje electrónico.
Alejandro enarcó una ceja, genuinamente interesado. El lenguaje técnico del muchacho denotaba un conocimiento profundo.
—Suena bastante avanzado. Déjame ver los planos detallados y la arquitectura del código para asignarte la categoría correspondiente —solicitó el ejecutivo, extendiendo la mano hacia la mochila de Mateo.
Mateo dio un paso atrás de inmediato, abrazando su mochila contra el pecho. Sus ojos se entrecerraron con una desconfianza afilada. En su barrio, si te descuidabas un segundo, te quitaban lo poco que tenías. Y en el mundo de los negocios, sabía que funcionaba igual.
—No se lo tome a mal, señor —dijo Mateo con tono cortante—, pero no le voy a dar los detalles de mi diseño ni el código de programación. Sé cómo funcionan estas ferias. Uno entrega su idea de buena fe en un papel, luego te eliminan por cualquier tecnicismo y a los seis meses la empresa de ustedes patenta el invento con otro nombre. No voy a regalar mi propiedad intelectual.
Alejandro, lejos de ofenderse, se recostó en su silla y observó al joven con una mezcla de sorpresa y diversión. Nadie le hablaba así en sus propias oficinas. El ejecutivo ocultó una sonrisa; ese muchacho tenía garras.
—Es una postura muy defensiva, joven —comentó Alejandro, cruzando los dedos sobre el escritorio—. Para ganar un concurso necesitas que los jueces evalúen tu trabajo. Además, veo que en tu formulario el espacio de "Institución o Empresa Patrocinante" está completamente en blanco. ¿Qué universidad o marca respalda tu investigación? ¿Quién financió tus materiales?
A Mateo se le subió un color amargo a las mejillas. Sintió una punzada de pena y vergüenza al mirar a su alrededor y ver los stands gigantescos de los otros competidores, pero tragó saliva y sostuvo la mirada del hombre con un orgullo inquebrantable.
—Nadie me patrocina —soltó Mateo, con la voz resonando con fuerza—. Trabajo solo. Las empresas que patrocinan a los estudiantes en estos concursos no lo hacen por caridad; les piden ceder los derechos de sus proyectos y les pagan una miseria de dinero, una propina. Se quedan con el 100% del beneficio de un invento que no es suyo, mientras el joven creador se queda estancado. Yo no quiero eso.
Alejandro se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, atrapado por la intensidad del chico.
—¿Y cómo piensas competir contra equipos que tienen presupuestos de miles de dólares y laboratorios privados? —preguntó con voz suave, casi desafiante.
—Con esto —Mateo se tocó la sien con el dedo— y con mi familia. He trabajado en dos empleos de medio tiempo, de sol a sol, cargando cajas y limpiando grasa para comprar cada cable y cada sensor de mi purificador. Mi madre se rompe la espalda doce horas al día en una fábrica para que tengamos un plato de comida mientras yo trasnocho construyendo esto con chatarra.
Mateo se apoyó firmemente sobre el mostrador, clavando sus ojos en el ejecutivo.
—Quiero ganar esta feria por mí mismo. Quiero demostrarle a los jóvenes de mi barrio, a los que el Estado les ofrece deudas de treinta años para poder estudiar, que sí se puede lograr. Que no necesitas venderle tu alma a una corporación ni nacer millonario. Solo necesitas el apoyo de tu familia, el espíritu de superación y las ganas de no rendirte. Así que inscríbame solo con mi nombre, señor. Mi proyecto hablará por mí el día de la competencia.
Alejandro Sterling se quedó en silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Miró el formulario, luego al muchacho esquelético y ojeroso que emanaba una dignidad que el dinero no podía comprar. Sin decir una palabra, tomó el sello oficial de AuraTech Corporación, lo presionó con fuerza sobre la hoja de inscripción de Mateo y firmó al pie.
—Estás inscrito, Mateo —dijo Alejandro, entregándole el comprobante con una mirada indescifrable—. Nos veremos el día de la presentación. Buena suerte.
—Gracias, señor —asintió Mateo. Tomó el papel, se dio la vuelta y caminó con paso firme hacia la salida del centro de convenciones.
Alejandro lo vio alejarse hasta que su silueta se perdió entre la multitud de trajes costosos. En ese momento, un asistente de la corporación se acercó rápidamente al mostrador, visiblemente de confianza y nervioso.
—Señor Sterling, lo están esperando en la sala de juntas para la reunión de directores —dijo el asistente con timidez—. ¿Ocurre algo con ese chico? ¿Hubo algún problema con su registro?
Alejandro se puso de pie, abotonándose el saco gris, sin quitar la vista de la puerta por donde había salido Mateo.