El primer día de universidad de Mateo no se pareció en nada a lo que había imaginado durante sus noches de insomnio. Al cruzar el campus de la institución de élite donde AuraTech pagaba su matrícula, las miradas pesadas y los cuchicheos de los estudiantes de apellidos compuestos lo hicieron sentir de inmediato la brecha invisible del clasismo. Los estacionamientos estaban llenos de autos deportivos y los pasillos olían a perfumes caros. Para ellos, Mateo era el "chico del milagro", un experimento social de la prensa.
Sin embargo, el verdadero trago amargo no llegó por parte de sus compañeros de clase, sino del mismo sistema que semanas atrás le había dado la espalda.
A media tarde, Mateo recibió una citación urgente en la oficina de Asuntos Estudiantiles. Al entrar, se encontró con dos hombres de traje oscuro y corbata con el escudo nacional: eran delegados del Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social del Gobierno. Frente a ellos, sobre la mesa, había una carpeta con recortes de prensa de su victoria en la feria y copias de los planos de su purificador de agua automatizado.
—Buenas tardes, Mateo. Toma asiento —dijo el funcionario principal, forzando una sonrisa política—. Queremos felicitarte a nombre del Estado. Tu historia es una inspiración nacional. Es por eso que el Gobierno ha decidido otorgarte un beneficio exclusivo para apoyar tu rendimiento académico.
El hombre deslizó sobre el escritorio una pequeña tarjeta plástica con el logo del Gobierno. Era una tarjeta de subsidio alimentario, una especie de gift card.
Mateo la tomó y leyó las condiciones en el reverso. El monto mensual asignado era una burla: apenas alcanzaba para comprar un par de almuerzos económicos a la semana. En una ciudad donde el transporte y los materiales de estudio eran impagables para alguien de su barrio, aquella "ayuda" estatal era una limosna disfrazada de gran gesto solidario.
—¿Esto es todo? —preguntó Mateo, dejando la tarjeta sobre la mesa con una calma que incomodó a los funcionarios—. Cuando necesité un crédito para estudiar, me pidieron una propiedad que no tengo y me quisieron amarrar a una deuda por treinta años. Ahora que gané una beca por mi cuenta, el Estado aparece para regalarme migajas.
El segundo funcionario aclaró su garganta, borrando la sonrisa de su rostro.
—Debes ser más agradecido, jovencito. El presupuesto público es limitado. Además, este beneficio viene con una contraprestación. El Gobierno está muy interesado en tu proyecto de purificación de agua. Queremos implementar tu prototipo a gran escala en las zonas de pobreza extrema y sectores rurales del país. Es una gran oportunidad para ti.
Mateo entornó los ojos. Su mente analítica detectó la trampa de inmediato.
—¿Y cuáles son las condiciones para que el Gobierno use mi invento? —indagó el joven, cruzando los brazos.
El funcionario abrió el portafolios y sacó un documento de transferencia de derechos técnicos.
—El Estado financiará la construcción de las plantas purificadoras en las comunidades de bajos recursos. A cambio, tú cederás la patente del diseño al Ministerio para su libre distribución institucional. Por tu colaboración con la patria, se te otorgará un reconocimiento público en el palacio de gobierno y un bono único de quinientos dólares.
Mateo sintió que la sangre le hervía en las venas. La audacia del sistema lo dejaba sin aliento. Querían arrebatarle un proyecto que le había costado sangre, sudor y el desgaste físico de su madre, un invento 100% suyo construido con chatarra, para colgarse ellos las medallas políticas de "ayudar a los pobres". El Gobierno pretendía obtener millones de dólares en beneficios sociales y votos, mientras a él, el creador, le ofrecían una tarjeta de comida barata y un bono miserable que no cubría ni el costo de las herramientas que había usado.
—Mi proyecto está diseñado para ayudar a la gente de las zonas bajas del país, es verdad. Yo vengo de ahí y sé lo que es no tener agua limpia —dijo Mateo, poniéndose de pie con una firmeza que hizo retroceder a los hombres de traje—. Pero no voy a permitir que el Gobierno se robo mi esfuerzo para hacer campaña política a costa de mi trabajo. Si el Estado quiere llevar agua a esas comunidades, tendrá que contratar a la División de Desarrollo Comunitario de AuraTech y pagar lo que el proyecto vale, asegurando que el beneficio llegue a la gente y no a los bolsillos de sus contratistas.
Mateo tomó su mochila y caminó hacia la salida. Antes de abrir la puerta, se giró y miró la tarjeta plástica que se había quedado sobre la mesa.
—Quédense con su tarjeta. Mi mañana ya no depende de sus migajas.
Salió a los pasillos del campus con el corazón latiendo con fuerza. Había rechazado al Gobierno y sabía que aquello traería consecuencias. El sistema no olvidaba a quienes desafiaban su autoridad, y Mateo acababa de pintar un blanco gigante sobre su espalda. La guerra ya no era solo contra el clasismo de sus compañeros o la competencia de las empresas rivales; ahora, los hilos del poder político también se movían en su contra.