El Precio Del MaÑana

Capítulo 10: La firma del revés social

La sala de juntas del Ministerio de Economía parecía un tribunal frío, cubierto de mármol y maderas finas, donde se decidía el destino de la nación detrás de puertas cerradas. El Ministro y sus asesores se reclinaban en sus sillones de cuero, con sonrisas de suficiencia, esperando que AuraTech Corporación cediera finalmente bajo la presión de las licitaciones congeladas. En el centro de la mesa, la carpeta con el contrato estatal de expropiación de la patente aguardaba una firma.

Alejandro Sterling entró a la sala con paso firme, rompiendo la atmósfera de autocomplacencia. A su lado, vistiendo el mismo traje holgado pero con una mirada inquebrantable, caminaba Mateo. Su sola presencia descolocó a los funcionarios públicos; no esperaban que el chico de la periferia estuviera presente en una negociación de alta finanzas.

—Señor Sterling, qué gusto verlo —dijo el Ministro, Vociferando con una mano que Alejandro ignoró deliberadamente—. Asumo que traen el documento firmado por el joven Silva para dar inicio al programa gubernamental de agua. Las comunidades marginadas no pueden seguir esperando.

Alejandro se sentó, cruzó las manos sobre la mesa y miró fijamente al Ministro con una sonrisa gélida que congeló el ambiente.

—Las comunidades no esperan por necesidad, Ministro; esperan porque su administración prefiere desviar los presupuestos a empresas fantasma. Así que vamos a saltarnos el discurso político y a hablar de números reales.

Alejandro deslizó una carpeta negra sobre el mármol. Dentro no estaba la rendición de Mateo, sino el contraataque legal de AuraTech.

—Mateo ha firmado un acuerdo de exclusividad con AuraTech Corporación —declaró Alejandro, elevando la voz para que resonara en toda la sala—. Su purificador de agua automatizado ya no es un proyecto huérfano. Es una propiedad tecnológica blindada internacionalmente. Si el Gobierno quiere utilizar este invento en las zonas bajas del país, tendrá que pagar la totalidad de los costos comerciales del proyecto. Ni un centavo de descuento. Con el beneficio y la optimización que nuestra tecnología generará para el Estado, ustedes recibirán y ahorrarán millones de dólares. Pero no se los vamos a dejar fácil.

El Ministro frunció el ceño, poniéndose de pie con evidente indignación.

—¿Nos están extorsionando? ¡Podemos cancelar sus contratos en todo el país mañana mismo!

—Inténtelo —intervino Mateo, dando un paso al frente y apoyando sus manos sobre la mesa, encarando directamente al hombre que semanas atrás le había negado un crédito de estudio—. Cancele los contratos y, antes de que termine el día, la prensa internacional tendrá los registros de las sobrefacturaciones de su Ministerio. Además, si quieren el purificador, AuraTech ha colocado una cláusula innegociable en este contrato de uso.

El asesor del Ministro abrió el documento a toda prisa, leyendo las líneas en voz alta con un hilo de voz tembloroso:

“Como condición obligatoria para la licencia del purificador, el Estado se compromete a donar, de manera inmediata, dos mil becas universitarias completas para estudiantes de bajos recursos de todo el país...”

—Y hay más —lo interrumpió Mateo, con una firmeza que hizo que los funcionarios se volvieran a sentar—. Esas dos mil becas deben incluir todos los gastos pagos de matrícula, mensualidades y transporte. Y no nos referimos a sus tarjetas de subsidio alimentario miserables. El contrato exige una gift card con un monto real, digno y adecuado, ajustado a la inflación, para que cada alumno pueda comer tres veces al día como corresponde. Tres comidas completas, nutritivas, no las migajas que me pretendían dar a mí en la universidad.

El Ministro miraba el papel, luego a Alejandro y finalmente a Mateo. La rabia le desencajaba el rostro, pero la soga que Sterling le había puesto al cuello con las pruebas de corrupción no le dejaba margen de maniobra. Firmar significaba perder el control político del invento, pero negarse significaba la cárcel y el fin de su carrera.

—Esto es inaceptable... están interfiriendo con las políticas del Estado —balbuceó el Ministro, sudando bajo su costoso cuello de camisa.

—Estamos haciendo el trabajo que ustedes juraron hacer y nunca hicieron —sentenció Mateo, sintiendo un calor de justicia recorrerle las venas—. Esas dos mil becas van a salvar a dos mil jóvenes que están hoy en la misma posición en la que yo estuve hace un mes. Mentes brillantes que no van a tener que hipotecar sus vidas por treinta años ni vender su dignidad por una limosna estatal. Tome el bolígrafo, Ministro. El precio del mañana acaba de subir.

Con las manos temblando de pura frustración y bajo la mirada vigilante de los abogados de AuraTech, el Ministro tomó la pluma estilográfica y estampó su firma en el documento.

Cuando salieron de la sede del Ministerio, el aire de la tarde golpeó el rostro de Mateo. Miró hacia el cielo, respirando una libertad que nunca antes había experimentado. Había vencido al gigante. No solo se había salvado él y había rescatado a su madre de la fábrica; ahora, dos mil jóvenes más abrirían las puertas del futuro gracias a una máquina construida con chatarra electrónica y el amor inquebrantable de una familia.




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