El Precio Del Poder

Traicion en casa

Priya sabía que este momento llegaría. Había roto su compromiso con Arjun, había elegido el camino de la verdad junto a Aditi y había huido del control asfixiante de su familia. Pero aún quedaba un lazo por cortar. Su padre.

El mensaje de Vikram Kapoor llegó aquella misma noche. Sin amenazas directas, sin dramatismo innecesario. Solo una línea de texto fría y calculada:

“Hablemos. Mañana. Sola.”

Aditi se opuso de inmediato.

—Es una trampa. Lo sabes.

Priya no lo dudaba. Pero también sabía que si ignoraba la invitación, su padre encontraría otra forma de llegar a ella. Al menos, si aceptaba, tendría el control de la conversación.

—Tengo que hacerlo —dijo con firmeza.

Raghu, que había estado escuchando desde la otra esquina de la habitación, bufó con escepticismo.

—Si vas, que sea en un lugar público. No en su casa ni en su oficina. Haz que él salga de su terreno.

Priya asintió y respondió el mensaje con una sola palabra: “Dónde.”

Vikram contestó de inmediato. “Hotel Imperial. 10 AM.”

—No está dispuesto a que lo vean con una hija traidora en un restaurante cualquiera —comentó Aditi con sarcasmo—. Prefiere la discreción.

—Mejor para mí —respondió Priya.

A la mañana siguiente, cuando Priya entró en el Hotel Imperial, sintió el peso del pasado aplastándola. Había venido aquí cientos de veces para eventos de la élite, rodeada de hombres con trajes caros y mujeres con sonrisas perfectamente ensayadas. Pero esta vez era diferente. Esta vez, era una exiliada.

Encontró a su padre en una suite privada del restaurante, sentado con la espalda recta y una expresión que no delataba enojo ni decepción. Solo frialdad.

—Puntual —comentó cuando ella se sentó frente a él.

Priya lo miró sin responder. Sabía que cada palabra en esa conversación sería una pieza en su juego de poder.

Vikram entrelazó los dedos y la observó como si analizara a una empleada incompetente.

—Voy a preguntarte esto una vez, Priya. ¿Qué crees que estás haciendo?

—Lo que es correcto.

Su padre dejó escapar una breve risa sin humor.

—¿Correcto? —repitió con ironía—. ¿Para quién? ¿Para ti? ¿Para esa periodista de medio pelo que te ha llenado la cabeza de basura? Porque para nuestra familia, esto es una vergüenza.

Priya sintió el viejo instinto de justificar sus acciones, de intentar hacerle entender. Pero no lo haría. Ya no.

—No voy a callarme más —dijo con firmeza—. Sé lo que has hecho, lo que nuestra familia ha encubierto durante años. Y no voy a ser parte de eso.

Vikram la miró con algo parecido a la lástima.

—¿De verdad crees que puedes luchar contra esto? Contra mí. Contra el poder que hemos construido durante generaciones. Todo lo que eres, todo lo que tienes, proviene de este apellido. Y sin él, no eres nada.

Priya sostuvo su mirada.

—Entonces tendré que aprender a ser nada.

Por primera vez, la máscara de control de Vikram se resquebrajó apenas un poco. Su mandíbula se tensó, su respiración se volvió más lenta. Pero cuando habló de nuevo, su voz era tan serena como siempre.

—Escúchame bien, Priya. —Se inclinó hacia ella—. No voy a destruirte hoy. Pero si sigues por este camino, habrá consecuencias. Graves. Piensa bien en tu próximo movimiento. Porque si eliges mal… —Se detuvo por un segundo, como si saboreara la amenaza—. No habrá vuelta atrás.

Se levantó, ajustando su chaqueta con calma. Priya permaneció sentada, sintiendo el eco de sus palabras reverberar en su pecho. No hubo un adiós, ni un último intento de disuadirla. Solo la certeza de que había cruzado una línea de la que no podía regresar.

Cuando salió del hotel, su teléfono vibró. Era un mensaje de Aditi.

“¿Cómo te fue?”

Priya exhaló y escribió su respuesta.

“Está comenzando.”




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