El precio del silencio

00; Prólogo

Londres era aquella ciudad hermosa que todos insistían en llamar feliz.

Brillante a la distancia, impecable en los titulares, cruel en sus silencios.

Una de las ciudades más famosas y costosas del mundo, donde el lujo convivía con secretos tan antiguos como sus calles empedradas.

Durante años se dijo que la mafia había desaparecido.

Que había sido erradicada.

Que Londres, al fin, se había librado de ella.

Hace dieciocho años, al menos, así lo creyeron.

Los Blackwell habían sido considerados una de las familias más poderosas del Reino Unido: dueños de negocios dentro y fuera del país, aliados invisibles de figuras respetables, un apellido que abría puertas sin necesidad de tocar. Y luego, sin previo aviso, desaparecieron.

Sin cadáveres.

Sin juicios.

Sin explicaciones.

El apellido Blackwell se convirtió en un eco incómodo, en un recuerdo que nadie se atrevía a nombrar demasiado alto. Para la ciudad, era una historia cerrada. Para algunos pocos, apenas un paréntesis.

Actualmente, una joven abogada de veintitrés años comenzaba a escribir su propio legado. Graduada hacía apenas un año, trabajaba en el bufete de abogados de su padre, un despacho respetado, pulcro, construido sobre reputación y silencio. Era su única hija, la heredera natural de todo lo que aquel nombre representaba.

Autoritaria por naturaleza, dominante sin proponérselo, nunca necesitó esforzarse para ser el centro de atención. La atención simplemente llegaba. Siempre lo hacía.

Ella no pedía poder: el poder parecía inclinarse ante ella.

Mientras tanto, Jason Blackwell tenía veinticinco años y cargaba con un apellido que el mundo creía enterrado.

Hijo de Isaac Blackwell el hombre que alguna vez fue llamado líder, Jason había crecido entre sombras y verdades a medias. Era encantador, excesivo, peligrosamente carismático. Un mujeriego declarado, acostumbrado a llenar camas y vaciar promesas. Le gustaba ser visto, escuchado, deseado. Se esforzaba por dominar cada habitación, aunque, en el fondo, tampoco lo necesitaba.

Jason disfrutaba del caos.

Era sádico en su forma de manipular, cruel en su indiferencia, experto en convertir la confusión ajena en entretenimiento propio. Sin embargo, detrás de su sonrisa provocadora, escondía una debilidad que lo definía más que cualquier exceso: la necesidad constante de aprobación.

Ser elegido.

Ser validado.

Ser indispensable.

Londres creía haber dejado atrás a los Blackwell.

Pero los apellidos no mueren.

Solo aprenden a esperar.

Y esta vez, el regreso no sería ruidoso.

Sería elegante.

Silencioso.

Inevitable.




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