El precio del silencio

01; El regreso

La lluvia caía a cántaros, como si Londres no supiera existir de otra forma.

Los turistas corrían torpemente por las aceras, cubriéndose con abrigos baratos y paraguas inútiles, evidenciando que aquella ciudad jamás les perteneció del todo. Londres no era amable con los recién llegados; nunca lo había sido.
Alexandra Bennett, en cambio, caminaba con la calma de quien sabe que el mundo se aparta a su paso.

Hija del reconocido abogado Thomas Bennett, Alexandra había crecido entre despachos de caoba, silencios caros y miradas que aprendían a bajar cuando ella las sostenía demasiado tiempo. Vestía impecable, como siempre: abrigo oscuro, botas limpias, postura recta. Elegancia natural, heredada y perfeccionada.

No necesitaba levantar la voz para imponerse. Su presencia bastaba.

Thomas Bennett ocupaba su lugar habitual detrás del escritorio. Un hombre respetado, temido y admirado. A su lado, como una sombra bien entrenada, estaba Helena Bennett. Alguna vez fue su secretaria; ahora era su esposa. La típica mujer de dinero que llenaba el espacio con sonrisas ensayadas, caridad selectiva y silencios estratégicos.

Alexandra tomó asiento sin pedir permiso.

—Entonces —dijo, cruzando las piernas con lentitud calculada—, ¿tu cliente, el que me acabas de quitar, asesinó a toda su familia… y aun así decidiste que yo no era capaz de llevar el caso de una manera y contrataste a un criminalista cualquiera?

Thomas levantó la mirada con paciencia forzada.

—Alexandra—

—Déjame terminar —lo interrumpió, esbozando una sonrisa ladeada, cruel—. Supongo que en tu brillante análisis concluiste que soy demasiado débil. Que, como soy mujer, no identificar a un monstruo. Qué gran padre eres.

El sarcasmo cayó más pesado que la lluvia contra el cristal.

—Eres perfectamente capaz —respondió Thomas, midiendo cada palabra—. Pero estás exhausta. Desde que te graduaste no has parado. Eres joven. Unas vacaciones te harían bien. Las Vegas, por ejemplo.

Alexandra soltó una breve risa sin humor.

—¿Vacaciones? —repitió—. ¿Eso es lo que haces cuando no quieres decir la verdad?

Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio.

—¿Qué es lo que me ocultas, papá? No soy estúpida. Hay otro caso involucrado. El hombre encontrado en el bosque no es un hecho aislado.

Thomas la observó en silencio. Por un instante, el abogado impecable desapareció y quedó solo el padre.

—Hay más asesinatos —admitió al fin—. Y no voy a permitir que mi hija, mi heredera, se acerque a algo así.

Alexandra se puso de pie lentamente. El movimiento fue elegante, casi teatral. Caminó hasta la gran ventana de cristal que dominaba la ciudad, observando Londres como quien evalúa un tablero de ajedrez.

—Así que eso es lo único que te importa —dijo, sin volverse—. No la verdad. No la justicia. Solo que tu apellido no termine manchado de sangre ajena

Giró la cabeza lo justo para mirarlo por encima del hombro.

—Eres increíble

Alexandra no esperó respuesta.

Tomó su bolso con la misma calma con la que había lanzado el golpe y caminó hacia la puerta. Sus tacones resonaron sobre el suelo pulido del despacho como una cuenta regresiva. No miró atrás. No lo necesitaba.

Thomas suspiró, llevándose una mano al rostro. Durante un segundo, la fachada del abogado intocable se resquebrajó.

—Helena —dijo con frialdad—, puedes retirarte. Tengo asuntos que atender.

Ella abrió la boca, sorprendida.

—Thomas, yo solo—

—Ahora.

El tono no admitía discusión. Helena asintió, recogió sus cosas con torpeza contenida y salió del despacho sin mirar a nadie. La puerta se cerró tras ella con un clic seco, definitivo.

Apenas unos segundos después, la secretaria apareció, visiblemente nerviosa.

—Señor… un hombre lo busca. Dice ser un viejo amigo.

Thomas alzó la vista, molesto.

—¿Quién es? ¿No ve que estoy ocupado?

La secretaria tragó saliva.

—Es el señor Isaac Blackwell. Dice que lo conoce.

El rostro de Thomas palideció.

—Hazlo pasar —ordenó tras un breve silencio.

La puerta se abrió de nuevo.

Isaac Blackwell entró sin prisa, como si aquel despacho aún le perteneciera de alguna forma. Era un hombre de porte impecable, traje oscuro perfectamente ajustado, mirada tranquila… demasiado tranquila. No sonreía, pero tampoco parecía serio. Era algo peor: cómodo.

—Thomas —saludó—. Sigues prefiriendo las ventanas grandes. Supongo que te gusta ver la ciudad desde arriba.

—Pensé que estabas muerto —respondió Thomas, sin rodeos.

Isaac ladeó ligeramente la cabeza.

—Eso dijeron muchos.

Mientras hablaban, la mirada de Isaac se desvió, atraída por el movimiento al otro lado del cristal.

Alexandra salía del edificio.

Caminaba bajo la lluvia como si no existiera, impecable, erguida, elegante. No corría. Nunca lo hacía. Isaac la observó con atención genuina, casi fascinada. No por su belleza que era evidente sino por su forma de ocupar el espacio.

—¿Tu hija? —preguntó con voz baja.

Thomas se tensó de inmediato.

—No la mires.

Isaac alzó una ceja, divertido.

—Tiene carácter. Se nota desde aquí.

—Te lo advierto, Isaac —dijo Thomas, avanzando un paso—. No te acerques a ella. No la involucres en nada de lo que creímos enterrado.

Isaac volvió la vista hacia él, finalmente sonriendo.

—Siempre fuiste protector. Eso no ha cambiado.

—Esto no es una cortesía —replicó Thomas—. Es una línea.

Isaac observó una vez más la figura de Alexandra perdiéndose entre la lluvia londinense.

—Tranquilo —respondió con suavidad—. A veces las personas más interesantes no necesitan ser buscadas. Eventualmente… se cruzan solas.

Thomas sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima.

La lluvia seguía cayendo cuando Alexandra salió a la calle.

Londres la recibió con su habitual hostilidad educada: autos salpicando agua sucia, turistas desorientados, luces reflejadas en el pavimento como heridas abiertas. A ella no le molestaba. Le gustaba así. Una ciudad que no pedía disculpas.




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