Tres Semanas de Silencio
Tres semanas habían pasado desde que Gabriel Duarte desapareció de la oficina de Vantage Group, y desde entonces, el silencio se había vuelto casi más aterrador que cualquier amenaza directa.
Sofía se había mudado, temporalmente, al penthouse de Adrián. No lo habían hablado formalmente, ni discutido como una decisión permanente, pero después de la carta, después de saber que su propio hermano la había estado vigilando en las sombras durante meses, ninguno de los dos se sintió capaz de proponer que ella volviera a vivir sola.
—¿Alguna noticia de Valentina? —preguntó Sofía, entrando a la cocina donde Adrián ya llevaba media hora frente a su laptop, con una taza de café que se le había enfriado sin tocar.
—Nada nuevo —dijo él, sin levantar la vista—. Gabriel desapareció como si nunca hubiera existido. Cerró Vantage Group, vació las cuentas asociadas, y no ha vuelto a usar ningún número de teléfono rastreable.
—Eso no suena a alguien que va a rendirse —dijo Sofía, sentándose frente a él.
—No —coincidió Adrián—. Suena a alguien que está reorganizando su próximo movimiento.
El juicio contra Isabela y Robert Cross había avanzado con una rapidez que sorprendió a todos, en parte gracias a la cantidad abrumadora de pruebas que Valentina había logrado reunir. Isabela, con la frialdad que la caracterizaba, se había declarado culpable a cambio de una sentencia reducida, cooperando con la fiscalía en los detalles operativos de Meridian Shipping. Robert, por su parte, todavía esperaba juicio, negociando desesperadamente algún tipo de acuerdo que le permitiera ver la luz del día antes de cumplir los setenta.
Adrián había tomado el control temporal de Grupo Ferrante Holdings, junto con un equipo de auditores externos que estaban desmantelando, pieza por pieza, cualquier operación ilegal escondida entre los contratos legítimos.
—La junta directiva quiere una respuesta esta semana —dijo Adrián, cerrando la laptop—. Sobre si voy a quedarme al frente de la empresa de forma permanente, o si prefiero venderla y empezar algo completamente nuevo.
—¿Qué quieres hacer tú? —preguntó Sofía.
Adrián se quedó pensativo un momento, mirando por la ventana hacia el horizonte de Miami que tanto había cambiado su significado en las últimas semanas.
—Quiero reconstruirla —dijo finalmente—. No para probarle nada a mi abuela, ni para cumplir con lo que ella dijo antes de que se la llevaran. Quiero hacerlo porque hay cientos de empleados que dependen de esta empresa, gente que no tuvo nada que ver con lo que hizo mi familia, y no quiero que paguen el precio de algo que no eligieron.
Sofía sonrió, un gesto pequeño pero genuino, el primero en varios días.
—Eso suena exactamente a lo que tu abuelo habría querido —dijo.
El teléfono de Adrián vibró sobre la mesa. Un correo, con un remitente que ninguno de los dos esperaba ver de nuevo tan pronto.
Gabriel Duarte, decía el nombre del remitente, sin ningún disfraz esta vez.
El asunto del correo era corto, directo, y logró que a Sofía se le helara la sangre de inmediato:
Necesito que vengas sola. Hay algo que solo puedo decirte a ti.
Editado: 31.08.2026