Sola
—No vas a ir sola —dijo Adrián, en cuanto terminó de leer el correo por encima del hombro de Sofía—. Ni siquiera lo consideres.
—Adrián, si voy con protección evidente, o contigo, él va a desaparecer otra vez —dijo Sofía, con una calma que no sentía del todo—. Ya lo hizo una vez. Necesito que confíe lo suficiente en que voy a escucharlo.
—Entonces al menos deja que Valentina lo sepa —dijo Adrián—. Con un equipo discreto, a distancia. No voy a arriesgarte sin ningún tipo de respaldo.
Sofía aceptó, y esa misma tarde llamaron a Valentina para coordinar el encuentro. El correo de Gabriel especificaba un lugar exacto: un pequeño restaurante en Little Havana, público, concurrido, elegido claramente para que Sofía se sintiera segura sin dejar de estar, técnicamente, sola.
—Voy a tener dos agentes de civil dentro del restaurante, y otros dos afuera —dijo Valentina, mientras le colocaba un pequeño micrófono discreto bajo el cuello de la blusa—. Si algo se siente mal, di la palabra que acordamos y entramos de inmediato.
—Entendido —dijo Sofía, con las manos ligeramente temblorosas mientras se ajustaba la blusa.
Adrián la esperaba en el auto, estacionado a media cuadra, con la determinación tallada en cada línea de su rostro.
—Vuelvo en una hora —dijo Sofía, antes de bajar—. Como máximo.
—Voy a estar contando cada minuto —dijo Adrián, tomándole la mano una última vez antes de dejarla ir.
El restaurante olía a café cubano y a comida recién hecha, con un bullicio de conversaciones que, extrañamente, ayudó a que Sofía se sintiera menos expuesta de lo que había imaginado. Lo encontró sentado en una mesa del fondo, de espaldas a la pared, con una taza de café frente a él que no había tocado.
Gabriel Duarte se parecía a ella de una forma que la dejó momentáneamente sin palabras: los mismos ojos oscuros, la misma línea de la mandíbula, aunque su expresión cargaba un cansancio que Sofía nunca había visto reflejado en un espejo.
—Gracias por venir —dijo él, cuando ella se sentó frente a él—. No estaba seguro de que lo harías.
—Tampoco yo —admitió Sofía—. ¿Por qué ahora, Gabriel? ¿Por qué después de tres semanas de silencio?
Gabriel se quedó mirándola un largo momento, como si estuviera memorizando cada detalle de su rostro por primera vez sin la distancia de una investigación o un plan.
—Porque descubrí algo —dijo finalmente— que cambia todo lo que creíamos saber sobre por qué nos separaron al nacer. Y no confío en nadie más para contártelo primero que a ti.
Editado: 31.08.2026