Esperando la Exhumación
Los días siguientes transcurrieron con una tensión que se instaló en el penthouse como una presencia física, un peso que ninguno de los tres lograba nombrar completamente en voz alta.
Valentina había logrado acelerar los permisos legales para la exhumación, apoyándose en la urgencia del caso, pero incluso con toda su influencia, el proceso tomaría al menos cuatro días más. Mientras tanto, un equipo de seguridad discreto vigilaba el penthouse las veinticuatro horas, y Sofía había dejado de acercarse a las ventanas sin pensarlo dos veces primero.
—No podemos vivir así indefinidamente —dijo Gabriel, la tercera noche, mientras los tres cenaban de nuevo juntos, esta vez con una tensión que reemplazaba la calidez de la cena anterior—. Si Alessandro Ferrante realmente ha estado observando todo esto durante veinte años, esperar aquí, encerrados, solo le da tiempo para planear su próximo movimiento.
—¿Qué sugieres? —preguntó Adrián.
—Sugiero que hagamos exactamente lo que hicimos con Isabela y con tu padre —dijo Gabriel—. Que lo obliguemos a salir de las sombras antes de que él decida cuándo hacerlo.
Sofía sintió que un escalofrío le recorría la espalda ante la idea.
—¿Cómo se supone que hagamos eso con alguien que ni siquiera sabemos si existe todavía, mucho menos dónde está?
—Empezando por revisar cada propiedad, cada empresa, cada cuenta que alguna vez estuvo asociada con Alessandro Ferrante antes de su supuesta muerte —dijo Gabriel—. Si sigue vivo, tiene que estar viviendo en algún lugar, financiando su vida de alguna forma. Nadie desaparece completamente, ni siquiera alguien tan cuidadoso como él parece haber sido.
Adrián asintió, sacando su laptop de nuevo, con una determinación que parecía ayudarlo a mantener a raya el miedo que Sofía sabía que también sentía.
—Voy a llamar a Valentina —dijo—. Si vamos a hacer esto, necesitamos hacerlo con todo el respaldo legal posible, no como los tres jugando a detectives.
La llamada con Valentina se extendió durante casi una hora, coordinando un plan que involucraba a su equipo técnico revisando registros financieros, propiedades a nombre de compañías fantasma, y cualquier rastro que Alessandro pudiera haber dejado en las últimas dos décadas a pesar de sus esfuerzos por permanecer invisible.
Fue pasada la medianoche cuando Valentina volvió a llamar, esta vez con una urgencia distinta en la voz.
—Encontramos algo —dijo, sin preámbulos—. Una propiedad en Cayo Vizcaíno, registrada a nombre de un fideicomiso ciego hace dieciocho años. La misma zona donde ustedes se escondieron hace semanas.
Sofía sintió que el estómago se le encogía ante la coincidencia.
—¿Crees que ha estado ahí todo este tiempo? —preguntó Adrián.
—Creo —dijo Valentina, con una pausa que se sintió deliberadamente pesada— que tal vez estuvo más cerca de ustedes de lo que cualquiera imaginó, incluso mientras se escondían de Daniel Reyes en esa misma zona.
Editado: 31.08.2026