El Precio del Silencio

CAPÍTULO 16

Alessandro Ferrante

Adrián sintió que las piernas apenas lo sostenían mientras subía los escalones del porche, encontrándose cara a cara con el hombre cuya muerte había llorado hacía veinte años.

—No sé si llamarte abuelo todavía tiene sentido —dijo, con la voz cargada de una emoción que no lograba nombrar del todo.

—Entiendo que necesites tiempo para decidir eso —dijo Alessandro, con una calma que no ocultaba del todo el peso de la emoción que también él parecía sentir—. Pasen, por favor. Hay mucho que explicar, y prefiero hacerlo dentro, con té, como una familia civilizada, aunque sé que la palabra "familia" suena extraña después de todo lo que han descubierto.

Los guio hacia un salón con vista al jardín trasero, donde una mesa ya estaba dispuesta con una tetera humeante y tazas de porcelana antigua, un gesto de normalidad doméstica que contrastaba de forma casi surreal con la magnitud de lo que estaban a punto de discutir.

—Empecemos por lo más importante —dijo Sofía, sentándose frente a él sin aceptar el té—. ¿Usted ordenó la muerte de mi padre?

Alessandro la miró directamente, sin evadir la pregunta ni un segundo.

—No —dijo—. Esa orden vino de Isabela, sin mi conocimiento previo. Cuando me enteré, ya era demasiado tarde para revertirlo. Y para entonces, revelar que seguía vivo habría significado exponer veinte años de trabajo cuidadoso, además de admitir que había fallado en controlar a mi propia hija.

—Eso no lo hace menos culpable —dijo Sofía, con una frialdad que sorprendió incluso a ella misma.

—No —coincidió Alessandro—. Y no vine a pedirles que me absuelvan de esa culpa. Vine a explicarles por qué hice lo que hice, y a ofrecerles una elección que ninguno de ustedes esperaba tener.

—¿Qué elección? —preguntó Gabriel, hablando por primera vez desde que habían entrado a la casa.

Alessandro se sirvió una taza de té con manos sorprendentemente firmes para su edad, tomándose un momento antes de responder.

—Construí un imperio que, en algún punto, se corrompió más allá de lo que pude controlar —dijo—. Isabela, Robert, incluso las decisiones que Daniel Reyes tomó bajo las órdenes equivocadas, todo eso es resultado de una estructura que yo mismo diseñé hace décadas, pero que ya no reconozco como mía.

—¿Y la elección? —insistió Gabriel.

—Los tres tienen ahora acceso legal a partes significativas de este imperio —dijo Alessandro—. Adrián, como heredero directo de la rama Cross. Gabriel, como hijo biológico de Robert, con derecho legítimo a reclamar su parte. Y Sofía, a través de las compensaciones que la fiscalía ya está negociando por lo que le pasó a tu padre.

Sofía sintió que el estómago se le encogía ante la implicación de sus palabras.

—Puedo desmantelar todo esto por completo —continuó Alessandro—, entregar cada pieza a la justicia sin condiciones, y desaparecer de sus vidas para siempre. O puedo ayudarlos a reconstruir lo que queda de forma legítima, usando los recursos y las conexiones que pasé una vida entera acumulando, para asegurarme de que el legado de esta familia, por fin, sirva para algo bueno.

—¿Por qué haría usted eso? —preguntó Adrián, con una desconfianza que no intentaba ocultar.

Alessandro lo miró con una expresión que, por primera vez en toda la conversación, dejó entrever algo parecido al arrepentimiento genuino.

—Porque me queda poco tiempo, Adrián —dijo, con una honestidad que ninguno de los tres esperaba—. Y no quiero que lo último que quede de mí en este mundo sea la misma clase de sombra que destruyó la vida del padre de Sofía.




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