El Precio del Silencio

CAPÍTULO 20

La Petición de Alessandro

El centro médico penitenciario tenía un ambiente extrañamente sereno, con jardines cuidados y salas de visita que parecían más un hospital privado que una prisión, un privilegio que la edad y la salud deteriorada de Alessandro le habían concedido bajo estricta supervisión judicial.

Lo encontraron en una silla de ruedas junto a la ventana de su habitación, más delgado de lo que Sofía recordaba de la última visita, pero con la misma mirada afilada que ninguna enfermedad parecía capaz de apagar completamente.

—Gracias por venir tan rápido —dijo, con una voz más débil que antes, pero todavía firme en su propósito.

—Dijiste que era urgente —dijo Adrián, sentándose frente a él, con Sofía y Gabriel a ambos lados—. ¿Qué pasó?

Alessandro se tomó un momento, respirando con cierta dificultad antes de continuar.

—Cuando desmantelamos Meridian Shipping por completo, cuando entregamos cada registro, cada cuenta, cada conexión a la fiscalía, asumí que habíamos llegado al fondo de todo —dijo—. Pero hace una semana, uno de mis antiguos contactos, alguien que todavía me debe lealtad después de todos estos años, me hizo llegar información que cambia lo que creíamos saber.

—¿Qué información? —preguntó Gabriel.

—Meridian Shipping no operaba sola —dijo Alessandro—. Durante años, compartió rutas, contactos, y una parte significativa de sus operaciones con otra organización, una que opera principalmente fuera de Estados Unidos, con base en varios puertos de Sudamérica.

Sofía sintió que un peso familiar se instalaba de nuevo en su pecho, la sensación de que cada capa de esta historia solo revelaba otra capa más profunda debajo.

—¿Por qué no lo mencionaste antes? —preguntó Adrián, con una nota de frustración que no intentó ocultar.

—Porque no estaba seguro de que la información fuera confiable hasta hace apenas unos días —dijo Alessandro—, y porque, sinceramente, esperaba que esta parte de mi pasado pudiera quedarse enterrada sin necesidad de involucrarlos a ustedes tres otra vez.

—¿Y ahora? —preguntó Sofía.

Alessandro los miró, uno por uno, con una expresión que mezclaba resignación y una advertencia genuina.

—Ahora mi contacto me dice que la organización asociada descubrió que Meridian Shipping colapsó por completo, que sus rutas ya no están disponibles, y que alguien dentro de esa red está buscando compensación por las pérdidas financieras que esto les causó.

—¿Compensación de quién? —preguntó Gabriel.

—De ustedes tres —dijo Alessandro, sin rodeos—. Porque, en los registros que compartíamos con ellos, aparecen ahora como los herederos legítimos de todo lo que quedó de Meridian Shipping.

El silencio que siguió se sintió como el momento antes de una tormenta, la certeza compartida de que la paz relativa de los últimos seis meses estaba a punto de romperse de nuevo.

—¿Qué tan peligrosa es esta organización? —preguntó Adrián finalmente.

Alessandro cerró los ojos un momento, como si la respuesta le costara un esfuerzo adicional de honestidad que ya no tenía fuerzas para evitar.

—Lo suficientemente peligrosa —dijo— como para que, si de verdad vienen a buscar lo que consideran suyo, ni siquiera todo lo que aprendimos enfrentando a Isabela, a Robert, o a Daniel Reyes, los prepare completamente para lo que se avecina.




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