El primer cruzado

Capítulo 1 - Por un trozo de pan

Tiempo:

Tres mil años antes de la llegada de Narelah

Lugar:

Túnel número veinte, segunda mina, continente de humanos, universo Haleran

Metuctubu se secó la frente y recibió un bidón de piedra que atrapó en el momento justo.

—Por Shailusol, Ssucco —gruñó Metuctubu—, casi me das con el bidón. Te pedí un poco de agua nada más.

—Por favor Metuc —respondió Ssucco—. Seguramente si te la dejaba a un lado ibas a decir que, ¿Por qué no la tiré? —Ssucco terminó de extraer un trozo de piedra azul bastante grande. Metuctubu se acercó, pudo ver las manos de su amigo. Se encontraban completamente rojas con algunas cortaduras de por medio.

—Ssucco, ¿Fuiste a ver a Don Giti? —preguntó Metuctubu.

—Desgraciadamente no compañero. Me fui al túnel cuarenta y seis.

—Por favor ¿Otra vez has vuelto a la casa de las mujeres de azul? —preguntó Metuctubu. Ssucco se encogió de hombros.

—Bueno lo siento es que necesitaba compañía —expresó Ssucco.

—Qué la luna nos lleve, hace más de tres años que estás con mi hermana —respondió Metuctubu.

—Bueno, ella va a la casa de los hombres azules a la cueva número setenta y tres.

—Mucha verdad en eso —contestó Metuctubu, terminó de cargar unas piedras pequeñas que puso en su bolso de cuero, se lo colocó en el hombro. Levantó tres picos de filos diferentes y caminó hacía la salida de aquel hueco. Este tenía espacio para solamente una persona (afortunadamente lo habían designado a uno en el que se podía estar parado) picar piedra por más de catorce horas arrodillado era el mismo infierno y no se conseguía la misma cantidad de piedras azules.

Metuctubu y Ssucco prendieron el par de velas de llamas amarillas y rojizas, las pusieron sobre una barra de piedra se dirigieron al túnel principal. Un número veinte les hizo saber que estaban en aquel túnel. Caminaron por un par de minutos hasta toparse con los meuy, los animales de tenían pelaje verde, cuello de acordeón con tres picos que se extendían en vertical por toda su cara, un par de ojos pequeños y negros. Un cuerpo pequeño y achatado en el que solamente lo podía montar una persona (dos si eran niños) dos alas pequeñas que con las cuales, desgraciadamente, no podía volar.

Tenía un total de veinte patas, tan finas como palos. Diez de cada lado del cuerpo que iban rotando a medida que el meuy avanzaba, como si fueran las agujas de un reloj. En medio de aquellas patas se hallaba una parte del cuerpo del propio animal que era como un hongo cubierto de piel y plumas verdes, el mismo giraba para darle movilidad a las veinte patas. Metuctubu sacó de su bolsillo un poco de pan amojosado, se lo tendió frente a los tres picos de su meuy. Comió con el pico de más arriba, con el del medio eructó y escupió. Metuctubu lo acarició y le llenó un vaso de piedra que se lo colocó en el tercer y último pico de abajo con este, el animal bebió.

—Muy bien hecho Risfo —expresó Metuctubu, tenía cerca de treinta años cabello castaño oscuro casi negro. Ojos azules, claro. Cómo todos los humanos.

Metuctubu hizo un chasquido con su lengua y el alto meuy replegó todas sus piernas el gran círculo de patas se cerró y se quedó más bajo que el propio Metuctubu, este subió a su silla de montar y el meuy volvió a extender sus veinte patas elevando a su amo más alto de lo que podría llegar a ser. Miró hacía un costado y su cuñado Ssucco estaba sobre su meuy, ambos rascaron el cuello acordeón de los animales y estos comenzaron a correr en línea recta, por el suelo del túnel podía verse marcado por dónde debían de caminar las personas y dónde podían correr los meuy.

Metuctubu iba saludando a otras personas que pasaban caminando con sus herramientas. Pudo ver que aquella sección del túnel número veinte ya tenía huecos por el techo de cúpula de la misma. En varios meses le tocaría a él picar por aquellos huecos hacía arriba, tendría que ayudarse con sus piernas para no caerse. Solamente había estado en aquella posición en sus primeros diez años, ahora de más grande rara vez lo llamaban a hacer esos labores tan arriesgados y cansadores. Llegaron a la segunda habitación. Era un gran espacio cavernoso donde convergían diez de los túneles, los meuy de ambos se quedaron quietos cuando volvieron a rascar su cuello de acordeón. Los ataron a un par de postes junto con otros meuy, se bajaron y caminaron hacía uno de los cinco grandes edificios que rodeaban la gran habitación cavernosa. Estaban construidos con la misma piedra, parecía que habían sido tallados desde la concepción de la propia segunda habitación.

Ingresaron en el edificio del frente era una casa de cambio, todo el interior tenía las paredes grises del mismo color que todos los túneles, pero con la diferencia de que estaban tan lisas que hasta se podría patinar. Un total de cinco mesas de piedra los aguardaban en frente custodiados por cinco lagartropodos y una fila de varias personas, niños, mujeres, ancianos, morenos, blancos y hasta personas de piel celeste clara. Metuctubu y Ssucco hicieron fila por varios centímetros de velas (había una en cada mesa marcando el tiempo) gracias a Shailusol fue su turno antes de que la vela se consumiera y perdiera otra hora para saber cuánto dinero le darían por sus tantas velas de trabajo.

Metuctubu puso su bolso descargando todas las piedras azules de aquella jornada sobre la balanza frente al gran lagartropodo. Era una pila bastante abundante de piedras, pero comparado con otras quedaba en una miseria de recolección. La balanza marcó un número con la aguja, evidentemente solo el lagartropodo podía verlo desde su lado del escritorio de piedra.




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