Tiempo:
Tres mil años antes de Narelah
Lugar:
Túnel número veinte, segunda mina, continente de humanos, universo Haleran
Galbais prácticamente dormía donde trabajaba, al no tener a dónde dormir, los Tres Ancianos le habían dicho que no tenía permitido alquilar una casa como los humanos, dormía con unas mantas que los mismos Ancianos le había proporcionado. Se despertaba y trabajaba, picar piedras durante horas y horas. Algún descanso ocasional, al menos no tenía nadie supervisándolo todo el tiempo pero con el correr de los días de trabajo se había dado cuenta de que cada minuto contaba cuando no tenía ni idea de dónde y en qué momento del día picar, parecía que cada humano tenía su técnica, tal vez heredada de familiar en familiar, tal vez había un régimen que seguir para obtener más piedras, pero Galbais lo único que conseguía se equiparaba a un diez por ciento de un mal día de algún humano (y no muchos tenían un mal día) y eso era transformado en comida para Galbais lo cual ni siquiera lograba llenarlo para poder tener energías para trabajar al otro día, en otras palabras, trabajaba para sobrevivir o, ¿Sobrevivía para trabajar?
Por quinta vez en el día Galbais sintió como sus pulmones se cerraban y se apoyó la palma de su gran mano en pecho y sintió como aquel polvillo recorría en el interior de su cuerpo picando débilmente sus manos a través de su piel verdosa. Su aliento azul no había vuelto a ser normal, todo lo contario ahora se hallaba de un azul más oscuro la nube que exhalaba era mucho más grande, hasta de su nariz chata salía un polvillo azul, cuando estornudaba marcaba todo el hueco de azul como si tuviera pintura de aquel color en su interior.
Se resbaló y la falta de energía lo hizo ceder cayendo de aquel hueco el suelo lo hizo parar estampándose contra él se puso a gatas mientras tosía excesivamente escupiendo azul. Los humanos se alejaban de él sin darle importancia, Galbais cayó al suelo inconsciente.
Metuc ingresó en su turno de aquel día.
Dejó a Risfo en su lugar de estacionamiento, le dio comida y agua y caminó por el túnel número veinte. La noche anterior le había ido bastante bien en las apuestas de las carreras, tanto que probablemente podría comprarse la última herramienta para picar piedras azules, se decía que era de un material exótico de color plateado. Había podido ver aquellas herramientas y aunque no contaba con la suerte de empuñar una, las había visto en movimiento y eran realmente espectaculares, en medio del túnel pudo ver un gran bulto tirado en el suelo, agudizó su vista ¿Qué hacía un meuy en medio del túnel? Pero se dio cuenta de que todas las personas pasaban lejos.
No puede ser, Metuc comenzó a caminar con más entusiasmo cosa de no levantar sospechas en lo más mínimo, llegó hasta donde se encontraba aquel sujeto en el suelo, no cabía una sola duda aquel ser verde y de escamas se trataba de Galbais. Rápidamente se metió por debajo de su brazo e intentó levantarlo, una mujer que pasaba con su hijo lo alzó y gritó corriendo como si Metuc estuviera expuesto a una enfermedad de contacto físico. Evidentemente, Metuc no logró ni siquiera moverlo, por más que lo intentaba apenas levantaba su brazo, lo intentó llamar un par de veces mientras escuchaba por lo bajo como recibía abucheos por parte de los humanos en aquellos minutos ya lo habían mandado tantas veces a la luna que tendría para viajes al astro por el resto de su vida.
Nada daba resultado. Metuc suspiró, sabía que solamente había una opción, descartando por completo alguna ayuda de parte de la gente que caminaba por aquel túnel en ese momento.
Metuc corrió de regreso por el túnel, lo más rápido que podía. En poco menos de un milímetro de vela llegó hasta donde se encontraba Risfo cabalgando en su meuy de regresó a la Segunda habitación.
Llegó hasta detrás del banco de cambios y dejó a Risfo atado fuera del mismo, subió las escaleras lo más rápido que podían sus piernas y con cierto grado de cautela caminó por el risco del frente de las casas, se presentó frente a la casa de Traizken y comenzó a tocar la puerta, su hermana abrió la puerta en el acto, Ssucco se asomó por detrás.
—Hermana, Ssucco —expresó Metuc—, necesito su ayuda. Estuve haciendo algo de dudosa moralidad y necesito que lo sepan para ayudarme.
Metuc pasó y comenzó a explicarles a dónde se iba cada noche, con el paso de sus palabras los ojos azules de su hermana y cuñado se iban abriendo un poquito más.
—… Y ahora se encuentra tirando en medio del túnel veinte —concluyó de contar la historia Metuc.
—Por Shailusol —dijo Ssucco, ni Traizken, ni su esposo habían interrumpido a Metuc, tal vez por respeto a su historia, tal vez por lo impresionados que se hallaban. Probablemente fuese por lo segundo—. No vamos ahora mismo de esta Mina, tengo unos primos en la Tercera Mina, tal vez pueden alojarnos a los tres.
—¡Ssucco! —gritó Traizken, el hombre de la cicatriz en la frente se quedó inmóvil mientras se sentaba junto a Metuc y su novia—. Lo que hizo Metuc no está para nada bien y menos si nos lo ocultó por tanto tiempo siendo algo tan grave como darle de comer a un lagartropodo. ¿Qué creíste que iba a pasar Metuc? —preguntó la mujer mirando a su hermano mayor—, que los Tres Ancianos iban a venir y a felicitarnos por nuestro buen desempeño con el enemigo.
—De verdad lo lamento.
—Si de verdad lo hubieras lamentado —respondió Traizken—, hubieras venido antes. No cuando el asqueroso lagartropodo que probablemente sea hermano o amigo o un pariente muy lejano que ha atormentado a nuestra familia por generaciones, a amigos, y conocidos está a punto de morirse.