No recordaba el por qué estaba allí, aquél lugar tan árido y seco, su memoria no tenía abasto del tiempo aproximado en el que había abandonado su patria. El gélido viento nocturno del desierto estaba a punto de carcomer sus huesos, no solo eso, su ropa preparada para el calor colaboraba a su congelamiento, Manuel sentía que su fin estaba cerca. Sentía como era carcomido intensamente por el hambre y sed, ni siquiera su baja estatura lo ayudaba, intentó ver a lo lejos en la oscuridad, no podía ver una luz ni nada. -Ya me jodí, ni una cueva no hay. -Pensaba mientras se le acababan las opciones.
Sin percatarse de ello, su estómago lloraba de hambre y sus pies palpitaban de dolor, su cerdoso cabello intentaba cubrir su cara y a veces le dificultaba ver, se lo arreglaba hacia atras, pero tarde o temprano como las estaciones, volvía. Su túnica que llegaba a sus rodillas mostraba rasgos de haber sobrevivido a mucha violencia, quemaduras, cortes y rasgaduras habían vuelto a dicha pieza un trapo antes que una vestimenta. Sin más poder, el cuerpo se dejó vencer por el cansancio, los brazos cayeron, las piernas se doblaron y sus ojos cedieron frente al sueño por cansancio.
Sol, un calido sol le venía a la mente en sus sueños, el mismo sol que es parte de la creación de Dios. Bellas llanuras y montañas se le aparecían, llenas de flores de todo tipo pues en su hogar el suelo es tan fertil que crece de todo y produce de todo, mucha comida, bebida y animales. Mientras semejantes recuerdos pasaban por sus sueños, sus ojos dejaban escapar lastimeras lágrimas. Todos aquellos recuerdos se volvieron nada. Oscuridad, una sensación de caerse al vacío lo hizo volver en sí, ya había pasado toda la noche y el sol estaba en su cenít. Seguía recostado boca abajo, su cuerpo se negaba a volver a funcinar, se resignó a morir en ese lugar, a fin de cuentas hace más de una semana que no había dejado de caminar por ese desierto.
Respiraba pausadamente, sabía que el cuerpo estaba a punto del colapso, su vista se había llenado de sombras y desvaríos. Un caballo se detuvo a su lado. Sí, se detuvo, escuchó su galopar sobre la arena, su relincho y su resoplido sobre su cabeza. Giró su cabeza y no encontró nada a su derecha, luego hizo lo mismo a su izquierda. No logró ver las patas del animal, resignado a que tal vez estaría detrás suyo hizo un esfuerzo y se levantó. Con su cuerpo suplicando sombra, agua y comida se dio la vuelta y no vio el dichoso caballo. -Ya, si me quieres ver muerto, mátame ya. -Gritó en el vacío. Antes de volver a hablar. - ¿Quién eres? ¿Acaso me vienes siguendo? ¿Acaso eres una alucinación? ¿Un espejísmo? ¿Un ángel? ¿Un demonio? ¿Quién diablos eres? -Ninguna respuesta, solo la inmensidad del desierto frente a él.
Se resignó a continuar caminando, se sacó la túnica y se la ható a la cabeza como si de un turbante se tratara, se puso en marcha, a pesar de su resignación de que el destino le auguraba algo malo, también sentía que Dios le tenía preparado un poco de dicha tras tanto tormento. Volvió a escuchar los pasos del caballo, esta vez logró verlo, era un hermoso caballo blanco sobre el cual montaba un jinete vestido todo de negro. Era sin duda alguna Bernardo, la muerte.
El miedo que sintió al verlo le comprimió el pecho creando la sensación de llorar por el mismo. Bernardo se acercó poco a poco, hasta que cuando estuvo cerca a unos diez metros se detuvo, se bajó del caballo y se acercó lentamente. Aunque se crea que la muerte es algo malo, no es más que un ángel de Dios cumpliendo su trabajo. Según la leyenda solo los condenados en vida reciben este trabajo para por lo menos así ir al infierno y que su alma no vagase por el mundo entero.
-Hola. -Saludó San Bernardo, como era conocido la muerte. -Creo que has llegado muy lejos amigo, ¿Qué haces por el mundo de los mortales? ¿Acaso se te ha asignado una misión? -Exclamó mientras su sombrero le cubría los ojos.
-¿Muy lejos he llegado? ¿Acaso sabes que soy inmortal? ¿Cómo lo sabes si ves que mi cuerpo es de carne y hueso?
-Es facil, Dios crea al hombre para morir, pero tú eres de aquellos a quienes no se les dio ese privilegio. Dios les dio el privilegio de guardar del mundo del cual se encariñaron tanto, los marcó y se nota a leguas, podrás tener sed o hambre, incluso cansancio, pero si tú no entregas tu vida o te quitan tu corazón sacro no podrás vivir más. Por eso, tu cuerpo no cambia a pesar de que pases años sin comer, al igual que yo, al igual que un ángel.
-Ya veo. Si ese es el caso te creo, pero dime ¿Qué haces aquí entonces? ¿Acaso no deberías buscar almas para llevarlas al juicio eterno?
-Eres muy preguntón, no es por lo que crees, es más solo vine por mera curiosidad al sentir a un inmortal, no creí que sería el guardían del reino.
Manuel, que así llamábase el inmortal silbó y volvió a hablar.
-Tú también eres curioso Bernardo, "El de las mil caras" ¿No es así como te conocen? Debido a que cada vez que mueres, otro condenado debe tomar tu puesto. -Exclamó con cara seria. -Ya que estás aquí dime dónde puedo encontrar un pueblo. Me muero de hambre. Y a pesar que no puedo morir, debo de comer.
-Súbete al anca del animal, amigo. A unas horas hay una aldea.
-Gracias, Bernardo. -Sin decir nada más, Manuel saltó al anca del caballo después de que Bernardo lo hiciese. -Por cierto, ¿el ser humano ha cambiado mucho tras la creación?
-No mucho, inventan algunas cosillas y se creen a la altura de Dios, creen que porque él no toma represalias pueden decir y hacer lo que se les da la gana. -Dijo empezando a reír un poco. -¿Acaso no ves el cuerpo en el que me alojo actualmente? Este pobre diablo se mete bajo las faldas que no debe y aunque eso pase no se arrepiente en absoluto. Por lo mismo lo obligo a vagar por el mundo hasta que Dios se lo cargue.
-Ya veo, tan arrogantes como siempre. -Los azules ojos del inmortal se mostraban serios y con aires de castigo. -Bernardo, ¿Crees que merezcan su fin?
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Editado: 14.03.2026