El primer Héroe del sol

Capítulo 2

El suelo boscoso y lleno de vida que ahora pisaban los descalzos pies de Manuel, era parte de una forma de vida especial, el chocó andino, una zona cálido-fría de bosques lluviosos y llenos de vida. Bernardo lo había dejado ahí con la esperanza de que siguiendo los culuncos abandonados, llegase a algún lugar perdido entre las montañas. Los bichos del suelo le corrían por el miedo que los mismos le tienen al humano. El sol que se colaba entre las hojas, mostró frente a él un mundo único, lleno de colores y tonalidades distintas, de sonidos y estruendos de árboles balanceandose con el viento.

Se sentó en una piedra y sacó algo de su bolsa, único recuerdo de su pasada vida, bueno, no el único, también sus memorias y su ropa, pero eso no importaba ya. Abrió el zurrón y metió la mano y entre los pliegues de cuero, apareció un manojo de tostado, al parecer su último alimento, tomó cinco granos y se los metió a la boca. El sabor de la harina de maíz revoloteando dentro de su boca, engaño a su estómago por un rato más.

-Maestro, ¿tienes hambre? -Preguntó una vocecilla.

-¿Acaso no es obvio? ¿Quién habla?

-Yo. -Dijo apareciendo un pequeño ser entre la maleza.

-Lo que me faltaba, un duende. ¿Qué necesitas? -Dijo mientras lo observaba con desdén.

-Maestro, a unos días de aquí hay una montaña con una casita, allí podrás comer.

-¿Enserio? Por cierto, ¿No llevas algo contigo?

-Un poco de habas y mellocos, ¿desea? -Preguntó el duende sacando un pañuelo atado.

-Al fin, dame un poco. -Tomó el pañuelo y comió los frutos de la tierra con gusto.

-Dime, duendecillo. ¿Cómo te llamáis?

-No tengo nombre, no soy un ángel caído, soy un duende por otra razón.

-Ya veo, por tu bondad, te otorgo mi nombre, te llamarás Manuel.

-Gracias, maestro. -Dijo el duende mientras alzaba su sombrero y sonreía ávidamente. -Venga, lo llevaré yo mismo a donde le he dicho, mi padre le acogerá con gusto.

Manuel amarró su pañuelo y se lo entregó al duende, después de eso lo siguió mientras lo observaba. En efecto, no era un angel caído mal llamado duende, ¿Por qué? No era rubio ni tenía rabo ni orejas. En cambio, este "espíritu" no tenía otro origen más que ser un alma inutilizada. Era pequeño, de la estatura de un niño de seis años, con ojos cafés, piel cobriza y cabello negro, usaba ropa negra y un sombrero gigante que cubría su cara, además se comportaba como un niño, ¿Por qué no era un niño? Porqué supo que Manuel era inmortal.

-Dime, pequeño. ¿Por qué has sido condenado a ser un duende?

-Mi mamá no quiso tenerme y se deshizo de mí antes de que naciera. Al no estar bautizado y ser hijo de una relación extramarital, se me ha condenado.

-Pobre, te compadezco, te juro que intentaré ayudarte.

-Gracias, maestro. -Exclamó el duendecillo con una sonrisa en la cara.

-Por cierto, dijiste que tienes un padre, ¿no?

-Sí, el Imbabura, él me acogió y vivo allí, pero se me ha enviado a su encuentro maestro.

-Ya veo, ese viejo te ha enviado, entonces vamos con él primero.

-Está bien.

Caminaron por el bosque durante varios días, cuando al fin llegaron a las faldas del Imbabura, el duendecillo pidió ser cargado ya que tenía mucho cansancio. Manuel accedió y lo cargó hasta que ambos llegaron a una quebrada y se dispusieron a descansar.

-Maestro, espere aquí, iré por mi padre.

-Ve, aquí te espero, Manuelito.

El pequeño descendió hacia la quebrada y desapareció dentro de un ojo de agua. Manuel se mantuvo sentado en el pajonal, hasta que empezó a comparar el clima en el que se encontraba con el clima en el que estuvo, deseaba la calidez de la montaña lluviosa, ahora también estaba en la montaña, pero hacía un frío del demonio.

-Primera vez que veo que te agarra el frío. -Susurró una voz vieja.

-Imbabura, ¿Cómo has estado? No te he visto desde hace 300 años.

-Lo sé, ha pasado mucho, mi buen amigo. -Exclamó el Tayta Imbabura mientras abrazaba a su amigo.

Tras el saludo, el Tayta Imbabura hizo un gesto con sus manos y frente a ellos, se abrieron dos enormes puertas de oro, dentro de las mismas, se vislumbraba una entablonada de la cual en el centro se hallaba una gran hacienda. Manuel que no había sentido ese clima similar a su país desde hace tiempo, se sintió en casa.

-Dime, Manuel. ¿El enano ha ido por tí?

-En efecto, me lo encontré en la montaña cálida.

-Eso aún está lejos. ¿Qué tal tu familia?

-Te lo conversaré cuando lleguemos a tu casa. -Exclamó mientras tomaron el camino hacia la enorme hacienda.

El páramo aún era visible, es más, la hacienda estaba perdida en medio del páramo, estaba llena de animales y criados a montón, el imbabura no dejaba de conversar, el viento y su habla, hacían que sus rubias barbas se movieran, pero su cabello trenzado en una larga trenza rubia, se mantenía casi quieto y le llegaba a la cadera. Después empezaron a caminar callados, como si la representación de la montaña, supiera lo que fuera ha decir su amigo el inmortal.

Al llegar, Manuelito los recibió y una hermosa criada indígena les servía chocolate en una mesita en el patio central de la casa, Manuel, aunque nunca había puesto su vista en mujer, mortal o inmortal que fuera, se quedó absorto al verla y sintió su pecho retumbar como si fuera un tambor.




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