Mientras el Imbabura ordenaba ropa para su amigo, una sirvienta entregaba a ambos inmortales una bandeja llena con pan de maíz. Manuel que no había probado dichas delicias hace mucho, tomó el pan y lo sumergió rapidamente en el chocolate; su boca se embarró en chocolate y este se le escurría por la barbilla, pero intentaba limpiar el liquido fluyente con el pan.
-Has estado con hambre. -Exclamó el Tayta Imbabura mientras veía a su amigo comer.
-Sí, no había comido algo tan rico en meses. -Dijo mientras migajas de pan caían al suelo.
-El duende, me dijo que te halló solo y maltrecho, y ahora que te veo lo confirmo.
-El duende se llama como yo.
-¿Como tú? No deberías hacer eso, el espíritu de ese niño no se te desapartará.
-No importa. A fin de cuentas no estaría mal olvidar quien soy.
-¿Acaso ha sucedido algo?
Manuel respiró profundo, y dejando la taza de chocolate en la mesa, alzó la mirada hacia su amigo.
-Al parecer soy el último inmortal.
-¿A qué te refieres? ¿Acaso las personificaciones de las montañas no somos inmortales?
-Lo son, pero por el tiempo que viven, más no por naturaleza divina, esa la perdieron hace mucho.
-Lo sé muy bien, no me lo recuerdes. -Dijo el viejo resoplando. -Entonces, ¿cómo es que eres el último inmortal?
-Bueno, el penúltimo, ¿Recuerdas a mi hermano menor?
-¿A Tifón? -Dijo mientras sorbía el chocolate.
-Sí, se dejó corromper, no se como, ni cuando, pero terminó destruyendo todos los corazones sacros de los habitantes del reino y los mató, escapé después de que mientras luchaba, una fuerte corriente de aire me arrojara lejos. Caí en un enorme desierto y gracias a que mi bolsa contenía un poco de tostado he podido encontrarme con Bernardo, él me dejó en media montaña y luego me encontré con el duende.
-Eso les pasa por ponerle al desgraciado el nombre de un monstruo.
-Ese no es el punto. -Exclamó el inmortal mientras limpiaba la taza con el pan. -Si no lo detengo mi hermano es capaz de...Aunque no creo que hayan repercusiones en el mundo humano.
Dijo esto mientras suspiraba y observaba a la sirvienta que le traía su ropa, era una mujer bonita, de piel cobriza y de ojos cafés, caminaba y sonreía. A lo mucho rozaría los 20 años, era indígena y al parecer era ahijada del Imbabura, al igual que Manuelito. Al llegar, tendiole la ropa nueva.
-Tome, de seguro se ha peleado mucho hoy.
-Gracias. Me la pondré enseguida. -Exclamó mientras recibía la ropa con cierto rubor en la cara.
Al irse, Imbabura empezó a reír, hasta que al fin despertaste el guto de los inmortales.
-¿Cuál? -Dijo mientras se quitaba su túnica.
-El amor o la pasión, cualquiera de los dos.
-No soy como tú o cualquiera de los dioses o cosas similares.
-Sí claro.
-Ese no debería ser el asunto por el momento, ahora debo centrarme en que mi hermano podría ser un peligro para la creación.
-No te preocupes, lo resolveremos, por ahora ve con la chica, se llama Tamia. Lo que sí te digo es que no es para un rato. -Dijo el viejo mientras reía. -Además si algo malo pasa sabremos como vencer a tu hermano, tú eres experto terminando con inmortales.
En ese instante, Manuel terminó de vestirse, a pesar de que su amigo le jugaba bromas, sabía que tenía razón hasta cierto punto. Se levantó, y fue hacia donde se fue la sirvienta. La buscó calmadamente por todos los lugares de la hacienda, no tenía prisa, solo tenía curiosidad acerca de esa mujer, la encontró mientras sacaba agua del pozo. Ella, enseñada a sentir la presencia de seres similares, se volteó con miedo.
-¿Qué es pes eso? ¿Acaso usté es mi sombra?
-No, no soy su sombra. -Exclamó con una sonrisa en su cara.
-Entonces, ¿por qué me anda siguiendo?
-Por nada, solo que usted me pareció peculiar.
-Pecu...¿Qué? -Dijo ella creyendo que estaba hablando en un segundo término.
-Me refiero a que me parece usted interesante. -
-¿Enserio? Usté tan es muy interesante.
-Gracias, ¿le gustaría que le ayude a cargar el agua?
-Si puede no tengo problema.
Acto seguido, Tamia empezó a apresurarse en recoger el agua, después de eso, tapó el pondo y le indicó a Manuel que lo cargase, tarea facil, él hizo un ademán y el viento empezó a revolotear en un pequeño tornado bajo el pondo, haciendo que este avanzara sin problema alguno.
-¿Brujo será? -Dijo mientras veía soprendida la hazaña.
-No, soy inmortal como el Imbabura.
-¿Como tayta?
-Sí, como él.
Toda la tarde conversaron y él intentó ayudarla en algunos quehaceres. Pero tras aquel día, Manuel no se movió de la hacienda, en ambos empezó a extenderse una llama única y distinta, primero amistad, luego afecto y tarde o temprano, amor. Una tarde, mientras él le ayudaba a extraer el agua del pozo, él decidió hablar.
-Tamia, Ñuka munani. -Exclamó en una declaración en Kichwa.
-Ñuka pash. -Respondió ella mientras se emocionaba internamente.
De una manera en que ambis fueron queríendose poco a poco, un día, mientras el sol de verano regresaba a esas tierras, tras dos años de conocerse, Manuel y Tamia escaparon hacia un pueblo cercano para casarse, usando como amuleto de su unión, el sacro corazón del Inmortal.
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Editado: 14.03.2026