El primer Héroe del sol

Capítulo 4

Mientras la sarpa se levantaba de las matas del suelo, José caminaba halando a Vieja, la orejona burra no quería avanzar debido a que de vez en cuando encontraba trébol y se proponía a comerlo, José simplemente regañaba a su animal de carga y luego utilizaba todas sus fuerzas para seguir avanzando. Mientras se adentraba más en la hondonada en donde estaba su casa empezaba a silbar para que su madre saliera a su encuentro si se encontrase cerca.

El pequeño en su cuerpo chiquito y moreno, era la alegría de sus padres, había nacido con los ojos cafés de sus madre y a pesar de que su cabello era negro, a veces parecía que iba a hacerse castaño cuando creciera. Andaba con unos pantalones caqui muy anchos que a veces le hacían tropezarse y un sombrero caído que ya parecía una campana. Tras cruzar un riachuelo, llegó a la casita de bahareque en la que vivía. Amarró la burra a uno de los pilares de la casa y entró saltando.

-Mami, Maypitak kanki? -Preguntó en Kichwa.

-Kaypimi Kani. -Respondió su madre mientras se levantaba de la tulpa.

Después de eso, el niño se lanzó a una larga seción de abrazos y besos hacia su madre hasta que después recordó que la burra tenía leña en el lomo. Fue a descargar la leña y traía marcaycitos y los amotonaba ordenadamente detrás de su casa, Tamia lo observaba detenidamente, a sus 9 años, hacía mucho y al parecer esa era la mejor manera en la que acababa su energía restante. Era en rostro, el vivo reflejo de su padre, aunque no poseía sus ojos azules, su fuerza era relativamente equiparable.

Tamia lucía un poco demacrada por le paso del tiempo, con su edad no debería verse así, sus fuerzas empezaron a mermar tras una extraña fiebre que la llevase a cama y la dejara debil desde entonces. Manuel ante tal situación decidió que no tendrían más hijos, empezó a salir en busca de plantas y a pesar de que regresaba con distintas hierbas y le daba a beber varios menjurjes, poco fue el resultado, la salud de Tamia caía por los suelos día por día, acabándose como si una flor se marchitara. José hacía tdodo el trabajo posible para que la dadora de sus días no tuviera que esforzarse mucho, pero ni así.

En esta ocasión, Manuel acababa de regresar de su viaje de varios meses, traía su bolsa lleba de hierbas medicinales y un poco de extracto de Quinina. Al llegar, sonrió a su hijo y acarició a la burra, pero se vio apresurado a revisar el estado de su esposa. La encontró sentada en el tendál, pero tenía una mirada serena en la cara.

-Ya llegué. -Dijo mientras se desterciaba la bolsa y le besaba la frente.

-Bueno, ¿querís comer?

-No te preocupes, ahorita acuéstate, te voy a dar algo que parece que es bueno. -Exclamó mientras sacaba el extracto en un frasquito.

-¿Me hará bien? -dijo mientras ser recostaba.

-Sí, así será.

Acto seguido le dio el extracto en un pilche, ella procuró beberlo todo y se mantuvo acostada. En ese instante, Manuel la cubrió con una cobija y luego salió para hablar con su hijo. El niño al parecer no comprendía completamente lo que ocurría con su madre, Manuel tomó un azadón y se dirigió hacia la sementera para empezar a sembrar. Un instante después, apareció el niño con un azadón él también para trabajar.

-¿Querrás trabajar?

-Sí, papi.

-Bien, ve tu primero y luego voy viendo como lo haces.

-Ya. -Dijo el niño mietras empezaba a tolar el suelo. -¿Qué tal la búsqueda papi?

-Según hallé, creo que tu mami si se va a curar.

-¿Enserio? Qué lindo.

-Sí, aunque debemos seguir cuidándole, por cierto, te acuerdas de los niños que te hablé en el primer viaje, tal vez los traiga para el próximo si vuelvo a salir.

-Sí, así tendré amigos para jugar.

-Escucha José. -Dijo con un tono de seriedad en el hablar.

-¿Haz notado algo extraño últimamente?

-No, no mucho.

-Mira, si algún día viajas más lejos de las montañas debes cuidar de que algo te pueda dañar.

-¿No será alguien?

-No importa, debes tener cuidado, no toda la gente del mundo es buena.

José no entendió por qué su papá le dijo eso, pero asintió para terminar la labor de manera pronta, al caer la noche, mientras los tres estaban alrededor de la tulpa, José inquirió varias veces sobre los lugares que su padre había visitado. Este le habló de montañas, bosques y lugares inimaginables.

Sin ver alguna mejoría en su mujer, el inmortal decidió volver a partír en un viaje en busca de otro intento de salvar la vida de Tamia, José lo vio partir hacia el oeste, pero sin pensarlo, esa sería la última vez que lo vería.




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