El primer Héroe del sol

Capítulo 5

Entre el gentío que estaba en el pueblo, José andaba halando a Vieja, la burra había envejecido más y él había crecido, en este punto, José tenía 14 años y debido a que su padre no había regresado, ahora era "el hombre de la casa", vendía leña que transportaba sobre el lomo de la burra y regresaba a su casa en la tarde para cuidar de su madre que ahora estaba postrada en la cama sin poder moverse. Dentro de su corazón, había crecido un enorme resentimiento frente al hombre que lo había engendrado, si su madre intentaba preguntar por aquél, José le decía que aún no volvía, por que en su pensamiento y en la realidad, así era.

Mientras regresaba a casa, por el camino que se le abría poco a poco, pareció sentir una presencia que lo observaba, pesada, muy pesada como si un viejo espíritu lo persiguiera, regresaba a ver continuamente con el mismo resultado, nada lo seguía. Pero recordando entre las memorias que tenía con su aborrecido padre, recordó que en los bosques y montañas hay espíritus, aún recordaba cuando lo llevó a conocer a su "padrino" el Imbabura, entonces, movido por la curiosidad, se giró y habló.

-¿Manuelito? ¿Me estais siguiendo? -Dijo mientras miraba con dirección a los árboles para cerciorarse de que el duende tal vez lo siguiera.

-Me descubriste. -Exclamó el duendecillo sentado desde una rama.

-No te he visto en años. -Exclamó sonriéndo.

-Lo mismo digo. -Dijo mientras de un brinco caía al lado del chico.

-¿Qué hacís por aquí? Mi papá no está hace mucho si es que lo buscas.

-No busco a tu papá, te busco a ti.

-¿A mi? -Exclamó sorpendido.

-Vamos, te acompañaré a casa, no he visto a tu mamá en años.

El duendecillo montó en la burra y José no tuvo más remedio que continuar conversando con el espíritu, en media conversa, Manuelito le contó sobre su padre.

-José, tu papá está muerto.

-Mejor. -Dijo con ira.

-No digas eso. No deberías estar enojado.

-Nos abandonó hace cuatro años, lo hizo al ver a mi mama enferma.

-José. Tu papá murió hace cuatro años.

-¿Qué? -Preguntó José mientras se detenía en seco. -¿Entonces de qué se murió el infeliz?

-Lo mataron, buscaba la cura para tu madre y en medio de eso se encontró con alguien y...

-Cállate. Lo de mi madre es mal sin remedio, el que haya muerto de esa manera no quita el que se fue.

-Pero... -Iba a protestar.

-¡Largo maldita alimaña enana! -Gritó con todas sus fuerzas. -No quiero escuchar más justificaciones sobre lo que le pasó al infeliz, ¿entendiste?

Todo lo último lo dijo con ira, liberando todo su odio y resentimiento. Manuelito decidió irse, comprendiendo que a pesar de sus razones, José no lo escucharía, tocó su zampoña y se volvió un vaho en el viento. Sin más, José reanudó su caminata hacia su casa, no podía más, odiaba a su padre, ningún argumento lo cambiaría. Mientras lo veían andar sobre la burra, las aves salieron volando de las ramas donde posaban.

Al llegar a casa, entró apresurado en busca de su amada madre, Tamia estaba carcomida mucho más, donde antes había abundancia de carnes, ahora solo habían huesos, sus ojos parecían enormes cuencas y su fin tarde o temprano sería inminente. José le habló en su amado kichwa y le puso un poquito de panela molida para que ella saborease. Intentaba que sus lágrimas no salieran y de vez en cuando volteaba su mirada.

-¿Ya regresó tu papá? -Preguntó ella con pocas fuerzas.

-No, uno de estos días ha de venir. -Dijo mientras intentaba no mirarla.

-Si ha de venir, mamiticu. -Dijo ella mientras acariciaba su cabello.

Después de eso, ella cayó dormida debido a que su cuerpo pasaba por un bajón de fuerzas. José solo la vio y salió calmadamente fuera de la casa en donde al verse sin su madre cerca empezó a llorar.

Aquella noche se acercó una enorme tormenta en la zona en donde José y su madre vivían, él despertó a la mitad de la noche debido a los gritos de su progenitora la cual estaba ardiendo en fiebre, José intentó de todo, le fregó la frente con verbena y limón, pero el remedio no le redujo ni medio grado de fiebre. La convaleciente, nombraba a su esposo con todas sus fuerzas y su respiración se iba haciendo cada vez más pesada.

José ya sin fuerzas ni energías empezó a llorar al ver a su madre, la impotencia lo comía, empezó a maldecir con todas sus fuerzas, maldijo a su padre por morirse y a sí mismo por no lograr apagar la fiebre. Su madre se levantó de la cama y cayó arrodillada a su lado, entre las lágrimas de su hijo, dijo algunas delirantes plabras en kichwa y lo abrazó en un abrazo afebrado, a la vez cálido y frío. De la nada, tenzó su cuerpo y exhaló con fuerza.

José quedó pasmado, acarició a su madre, sus manos habían empezado a helarse, sus lágrimas corrieron con más fuerza y lo mismo con la fuerza de su abrazo, los rayos rasgaban el cielo mientras los gritos del chico hacían que las aves despertaran espantadas a mitad de la noche.

A la mañana siguiente, un profundo agujero se abrió a un canto de la casa, con amor, el hijo depositó el cuerpo de su madre allí, aún entre sollozos, flores de la montaña cayeron a los pies de la mujer que amó al inmortal y a su hijo, unas pocas oraciones mal recitadas la despidieron y poco a poco, la tierra empezó a cubrirla, hasta que tras volverse un buen montoncito, José colocó allí una cruz de palos amarrada con varias enredaderas.

Nadie hubo para aliviarlo en aquel momento, no hubo un padre que lo abrazara o lo reconfortara, no hubo algún vecino o alguien, solo él y la burra. Despechado, José entró a su casa, tomó unas pocas cosas en las alforjas, púsose su sombrero él y una albarda a la burra y con todo el dolor del alma, abandonó el lugar en dónde fue feliz.




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