El primer Héroe del sol

Capítulo 6

Por los terrosos caminos de la sierra andaba cual Quijote solo que sin su armadura ni su fiel corcel, solo era un chico montado en una burra, andaban lento y trabajaban ocasionalmente, solo para reponer las provisiones necesarias para seguir vagando sin un rumbo fijo. José se sentía como si hubiese sido él a quién se hubiera destinado el castigo del judío errante.

Al pasar frente a una cascada, José vio la oportunidad perfecta para rellenar su calabaza con una buena provisión de agua y dar de beber a Vieja. Al acercarse, sintió la presencia de alguien, no era humano, era casi imperceptible, no era el duende, porque no era pesada, lo pasó por alto y bajó hasta el vado y haló a la burra consigo para que bebiese, aprovechando, se quitó la camisa y empezó a asearse. Mientras se lavaba los brazos, escuchó que Vieja se apartaba, al voltearse, encontró a una chica hermosa de piel parda y cabello negro acariciando la cara del animal.

-Perdón por espantarte, no quise hacerlo, pero tu mascota es tan linda. -Dijo ella sonriendo.

-¿Quién es usted? ¿Cómo es que no le he sentido?

-No te preocupes amiguito, de seguro si sentiste mi presencia, solo que la pasaste por alto. -Dijo mientras se acercaba. -Me llamo Posorja, soy profetiza.

-Misericordia, una bruja. -Dijo él.

-No soy una bruja, que no vuelo. Soy capaz de ver el futuro y lo comunico a las personas por el mandato de Dios.

-¿Enserio? Entonces de seguro quiere decirme algo, ¿no es así? -Dijo él suponiendo en base a lo que mencionó.

-Así es, amigo mío. Tengo algo muy importante que decirte.

-Por cierto, ¿De dónde eres? -Dijo él tuteándola debido a que ella lo hacía.

-Soy una princesa huancavilca, por eso mi ropa tan rara para tí.

-Con razón, y dime ¿qué me depara el destino?

De la nada, ella se acercó más y viéndolo directamente a los ojos, empezó a hablarle.

-De aquí en poco, conocerás a alguien de letras, viajarán entreambos en búsqueda del héroe de la piel de oso y se verán sumergidos frente al fondo del mar en busca de una verdad incómoda.

-Vaya, ¿es eso un trabalenguas?

-No, es una profecía. Dios me envío a decírtela, el destino humano es innegable, José. -Exclamó Posorja mientras tomaba entre sus manos la caracola que colgaba de su cuello. -Por cierto, espero volverte a ver.

Dijo sonriendo antes de soplar la caracola y volverse toda en agua. José quedó perplejo frente a lo que acababa de ver, volvió a lavarse la cara, descubriendo de nuevo que el agua estaba fría, se apresuró en salir, halar a la burra y se volvió a subir. Frente a él había empezado a dibujarse de lejos la ciudad de Quito, sentía que tal vez ahí podría encontrar una vida más llevadera, alejado de duendes, Posorjas y lo que sea que haya en el mundo además de las cosas normales.

Encontró un lugarcito en donde le arrendaban por un buen precio y podía dejar a la burra afuera. Se levantaba muy temprano, iba al bosque en busca de ramas y árboles caídos, armaba marcayes y los ponía encíma de Vieja, después la conducía rumbo a las casas humildes y pequeñas posadas de la ciudad. Al pasar halando a su burra, los capariches que limpiaban la calle le extendían algún saludo y José les respondía alegremente.

Lo único innegable además del destino, en este caso era que los pocos pesos que ganaba no podía pagar nada por encima del alquiler, lo demás que le sobraba le alcanzaba para comprar pequeñas cantidades de comida, en cuanto a la burra, aprovechaba en robar hierba de los costados de los caminos para alimentarse.

Cierto día mientras dejaba la última carga de leña en una posada, recordó lo que le había dicho Posorja, pero al creer que aquel encuentro había sido una alucinación solo se reía de todo el embrollo casi inentendible que ella había dicho, pero en su interior, se albergaba la idea de que tal vez podía ser real. Al salir, en la recepción, recibió tres monedas de la dueña de casa y fue despedido con desdén.

Mientras caminaba rumbo al sitio en donde había dejado a su compañera, contaba las monedas una y otra vez, pensaba en que si se guardaba una o dos, tal vez el dinero crecería poco a poco y el próximo mes podría comprar más cosas. Al acercarse a su burra y acariciar su crin, no notó el que alguien más estaba acariciando al animal.

-¿Es tuyo el animal?

-Sí. -Dijo sin levantar a ver.

-Es muy linda y mansa, ¿Cómo se llama?

-Vieja, le puse así por que ya tenía más de la mitad de la edad de los burros cuando la compré.

-Ya veo.

De golpe, José se espantó y alzó a ver, frente a él se encontró a una chica de su edad, con una tez bronceada y pecosa, sobre todo la zona de la nariz. Unos ojos verdes como el jade se encontraban observándolo fijamente. Su cabeza cubierta de un enrulado cabello rubio que le llegaba hasta la media espalda. Vestía unos pantalones bombachos y una camisa, andaba descalza al igual que José, pero no olía sucía, es más, olía a duraznos, muy dulces y frescos.

-¿Qué quieres con mi burra? No la venderé.

-No es eso. ¿Acaso no puedo acariciarla un rato? -Dijo rezongándo.

-No, además ¿Quién eres?

-Me llamo Dionisia Ortiz, me dicen poeta por que escribo de vez en cuando y aunque no escribo poesía como tal, me gusta ese apodo.

-Poeta, buen apodo, pero ¿por qué vagas? -Exclamó mientras guardaba el dinero.

-He buscado aventuras que vivir, amigo mío. Deja esta vida de mierda y vamos juntos por nuestra propia epopeya.

-¿Estás loca? Somos dos mocosos, ¿cómo hemos de aventurarnos en el mundo? ¿Seremos bandoleros? ¿Marineros?

-Algo mucho mejor, ¿me creerías si te digo que creo conocerte?

-¿Conocerme? Yo no conozco a ninguna rubia.

-¿Enserio José? ¿Acaso tu padre no te ha contado de mi?

José se quedó pensativo, nadie no conocía su nombre, ¿por qué lo conocía ella? En ese instante, puso a darle al pensamiento, recordó que su estilo de vida era mediocre, tal vez lo que él consideraba una alucinación sobre duendes y una profetiza, tal vez no sean solo alucinaciones, pronto se resolvió, limpió la albarda de la burra, se arregló el sombrero y miró a Poeta a la cara.




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