El primer Héroe del sol

Capítulo 7

Caía la lluvia a raudales sobre la posada y de entre las tejas se filtraban de vez en cuando algunas goteras que debían repararse; bueno, posada no era, que más bien era un tambo, un sitio de descanso que no se halla en una sola casa, sinó en varias mediaguas ya sean de teja o de paja que circundan a la casa central del posadero.

José cepillaba el pelaje de vieja mientras que Dionisia empezaba a preparar una libreta recién comprada para empezar la narración de la epopeya que ambos vivirían, no le puso ningún título debido a que según ella, eso es lo menos importante de una narrativa, para su propio concepto, una verdadera narrativa brillaba por encima del título. Para ella un libro podría llamarse "El cantar de la caballeresa del sol", pero si no tenía una narrativa correctamentre construída no podría leerlo o comprenderlo bien, pero en si en caso contrario la narrativa es perfecta, da igual que se llame "Un intento de novela".

Pero a fin de cuentas quien le da más importancia al asunto es Dionisia, ya que José al ser campesino y que por su cabeza nunca pasó la idea de la alfabetización, no sabía leer ni escribir. Pero al parecer como dice el dicho, hasta conocer la plata nomás se es analfabeto de los números, su mente era capaz de hacer varios cálculos simples.

-Oye, José. Primero que nada, ¿Cuál será nuestra primera aventura? -Preguntó ella curiosa, mientras guardaba su libreta en su zurrón.

-No lo sé, Poeta. Tal vez cumplir con lo que me dijo la profetisa. -Exclamó mientras acariciaba el costado de la burra con el cepillo.

-¿Te dijo algo una profetisa? -Exclamó mientras se acostaba en la dura cama de paja. -¿Qué te dijo? ¿Algo sobre el destino?

-Me dijo que me encontraría con alguien de letras y con un tal héroe de la piel de oso, y por último algo sobre el mar, no lo recuerdo completamente.

-Qué linda memoria. -Exclamó con sarcasmo. -Bueno, puede que lo primero que dijiste es sobre nuestro encuentro, pero ¿un héroe de piel de oso? Dile a esa profetisa tuya que me venda de esos honguitos alucinógenos que se come.

-¿Alunisógenos?

-Alucinógenos, significa que eso te ta sensaciones extrañas. Nunca comas hongos raros.

-Oye Poeta, ¿Por qué dices conocerme? Y encima mencionaste a mi padre.

Dionisia respiró pesadamente como si estuviera fastidiada de tener que explicarle todo a José, se sentó en la cama y empezó a dar un pequeño resumen de quién era.

-Verás, es muy simple, yo soy una huerfanita, tu papá me recogió y me llevaba consigo en sus aventuras en busca de una cura para tu madre, estábamos cerca de encontrar la fuente de la vida, pero un hombre asesinó a tu padre destruyendo su corazón sacro.

-Vaya, ¿y como has sabido como encontrarme?

-Antes de morir tu padre te describió a la perfeccción, incluso me dijo como llegar a tu casa, pero como te encontré antes de tiempo, y supongo que tu madre ya no está en este mundo, te invité a tener nuestras propias aventuras. -Dijo poniendo una sonrisa al final.

José que acababa de terminar de cepillar a vieja, se sintió un poco triste al saber que su padre si había pensado en él y su madre mientras no estaba, pero no se le quitaba de encima la ira de haber estado solo mientras su madre agonizaba. No dijo más, fue hacia su cama, se quitó el poncho y el sombrero y se recostó usando el poncho como cobija.

-¿Te vas a dormir tan pronto?

-No, solo quiero descansar, pero me pregunto qué comeremos mañana.

-Ya hemos de cazar algo. -Exclamó ella también recostándose en su propia cama.

El silencio llenó el ambiente volviendo la situación un poco incómoda, José estaba en un limbo mental entre si su padre era bueno o malo, sin saber que en el mundo existen parcialidades. Mientras que Dionisia intentaba dormir ya que había andado varios días con un insomnio terrible.

De la nada, un crujir dentro de la habítación hizo que ambos se despertaran, Dionisia se tapó con su cobertor ya que después que José se acostara, ella se había sacado la camisa y no quería se se le viera todo.

-Oye José, ve a ver, ¿no será tu burra?

-¿Por qué no vas tú? Además, Vieja no es trasigona. -Respondió desde su cama.

-¿Eres un pervertido? Me verás todo si me levanto, así que levántate, venga. -Exclamó mientras intentaba encontrar su camisa.

-Está bien.

José con mucha mala gana se quitó el poncho que le servía de cobija y empezó a ir hacia dónde estaban las bolsas, no veía bien, pero mientras se arrodillaba cerca de su equipaje sintió como si algo andara por la pieza, su cara se enfrió y se sintió observado. Pero aún así, tanteó ambas bolsas para asegurarse que no había nada en esa zona. Dionisia quien ya se había puesto su camisa, encendió una vela de cebo algo hedionda y se acercó.

-¿No era tu burra? -Preguntó bostezando.

-No, pero parece que alguien más estuviera aquí. -Dijo oliendo el aire.

-No hables tonterías, nadie ha entrado, porque la puerta está cerrada con candado y por dentro.

-¿Y si es un duende? -Dijo una tercera voz, una algo ronca como la de un hombre.

En ese instante una grito llenó el lugar, Dionisia dejó caer la vela y se abrazó a José como si de un monstruo se tratase.

-No se espanten, soy yo. -Dijo mientras lo que habló encendía una llama en su mano, mostrando frente a ellos a Manuelito, el duende. Cambió su voz al tono con el que siempre hablaba.

-José, esa cosa nos hará daño. -Dijo ella mientras se persignaba.

-Tranquila, no es ese tipo de duende. Este solo es un guardián de la naturaleza. -Exclamó mientras recogía la vela y la encendía con la luz de la mano del duende. -¿Qué haces aquí Manuelito? ¿Me has seguido desde Fakcha Marka?

-Sí, esque Tayta Imbabura supo que abandonaste sus dominios y me envió a cuidarte. -Dijo mientras bajaba la mirada.

-Parece un niño, tiene el rostro y la altura de uno. -Masculló Dionisia tras haberle perdido el miedo.

-Eso es porque de todos los duendes y espíritus del bosque, él solo es un alma inutilizada.




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