El primer Héroe del sol

Capítulo 8

Sonaba por las llanuras un susurro como cuando el viento suave permite que el rocío de la mañana caiga al suelo, los trigillos empezaban a liberar de sus picos el tenue silbidito con el que caían en los trigales para hurtar los granos casi maduros. De las ojas de los árboles se resbalaban las pequeñas gotas de agua que nutren la tierra y permiten que las plantas crezcan, tal como el creador permite que las almas se unan a la carne y así empiece el proceso de la vida tan corta y larga a la vez, tan bella y trágica como un amor único. La quietud de ese susurro fue rompiéndose conforme los huéspedes iban despertando y alistándose para partir rumbo a sus destinos.

Dionisia había empezado a extenderse dentro de la cama, demostrando así, que estaba empezando a despertar, se retorció entre las sábanas mientras suspiraba pesadamente, tanteó el cucho de la cama en busca de su camisa, le entraba el frío por donde sacaba los brazos, y tarde o temprano empezó a sentir frío en el pecho y en el vientre, encontró su camisa y se la puso con cuidado de no descubrirse de las sábanas. Abrió perezosamente los ojos descubriendo que no había diferencia entre si los tuviera cerrados o abiertos. Después de acostumbrarse a la poca luz, ella se levantó y fue hacia las bolsas, mientras se arrodillaba en busca de algo para mentenerse abrigada; dio un brinco al escuchar un ronquido proveniente de un bulto al cual empezó a patear después de estremecerse de susto.

-¡Ay! Oye, Poeta. No me patees. -Dijo José también espantado y alzando la voz.

-¿José? ¿Qué haces en el suelo? -Preguntó ella mientras sentía como la burra se ponía de pie tras ella.

-Le cedí mi cama al doctor García Moreno.

-¿Entonces si durmió aquí? Ya veo, vamos es hora de irnos. -Dijo mientras se envolvía bajo su amplia chalina.

-Está bien, solo déjame ir a por el duende.

José tomó un palo y con él intentó hacer levantar al duende, pero este no se despertaba.

-Ajo, el rocoto no se depierta. -Exclamó José.

-Ya nada, para mayor comodidad dejémoslo aquí.

-Linda sugerencia. -Dijo sarcásticamente.

Decidieron que esperarían a que el doctor despertase, así sería más fácil el hacer que el duende despertara. José abrió suavemente la puerta y sacó a Vieja para que pastase un rato, Dionisia empezó a escombrar entre las bolsas en caso hubiera algo para comer. Para su suerte, encontró varios plátanos en su zurrón y tres tortillas de tiesto en el de José. Cuando él entró, ambos se sentaron en el suelo y comieron dichos alimentos después de agradecer por los mismos.

A las siete de la mañana, se despertó el Doctor García Moreno, púsose sus botas y se mantuvo sentado en la cama por un momento, luego volteó y vio a ambos chicos comiendo aquel simple desayuno. Luego se dio la vuelta y notó que el "niño" aún dormía. El hombre salió un rato y volvió con las alforjas en mano. Luego sacó un cuchilló y se preparó un "Calé de queso" (sandwich). A pesar que ambos no habían notado al doctor cuando salió, Dionisia se dio cuenta cuando este había empezado a armarse su desayuno.

-Buen provecho. -Exclamó el hombre después de haber bendecido la comida.

-Provecho. -Dijo José masticando la tortilla.

Al terminar ambos chicos de comer, hicieron levantar a Manuelito y le dieron su parte de la comida, el duendecillo aun somnoliento cerraba los ojos y amenazaba con morderse los dedos sin querer. Mientras tanto, José había empezado a empacar las pocas cosas que habían utilizado y Poeta había salido para asearse.

-Hasta luego, chicos, suerte en su viaje. -Exclamó el refundador de la patria saliendo de la mediagua con las alforjas en mano.

-Igualmente. Mucha suerte, doctor. -Exclamó José sin regresar a ver.

Varios minutos después, todas las cosas estaban listas, solo faltaba que la rubia apareciese para continuar el viaje, si en verdad querían que su aventura se basara en base a lo que dijo Posorja, debían buscar al dichoso "Héroe de la piel de oso". Cuando al fin Dionisia apareció, pagaron el precio de la noche ahí y tras despedirse del dueño, empezaron a andar. La ruta que seguían era hacia el sur, hacia los páramos altos en donde normalmente viven los osos, si el personaje que buscaban era un ser tipo oso, entonces debía vivir allí. El suelo barroso tentaba con hacerlos resbalar en reiteradas ocasiones. Aunque por parte de José no había mucho problema, siempre había andado pie limpio, sin zapatos ni calzado alguno. Él ignoraba si la rubia andaba descalza desde siempre.

-Oye, José. Creo que las alforjas se van a caer. -Exclamó ella acercándose para arreglar la posición de las alforjas.

-¿Enserio? Arreglémoslas entonces. -Exclamó mientras dejaba de andar y se disponía a ayudar a su compañera. -Oye, estas alforjas no son mías.

-¿Qué? ¿Por qué lo dices? -Preguntó mientras sostenía a la burra.

-Porqué estas alforjas son de cuero y las mías apenas y son de cabuya.

-Esas alforjas se me hacen conocidas. -Dijo el duende acercándose ya que se había adelantado mucho.

-¿Enserio? ¿De dónde? -Preguntó Dionisia mientras que José abría las mismas para ver su contenido.

-Madre mía.

-¿Qué pasa?

-Están repletas de comida y hay un papel. - En ese instante Dionisia encargó la burra a Manuelito y se acercó a ver.

Tomó el papel y empezó a leerlo.

-"Queridos jóvenes. Como he visto que vuestro desayuno ha sido algo austero y creo que su viaje será largo, les dejo mis alforjas con la comida que les pueda durar por lo menos por tres días, no es mucho, pero si la racionan pueden comer aperitivos durante su travesía.

Firma, Dr. D. Gabriel García Moreno."

-Vaya, Dios bendiga a ese hombre. -Dijo José tras escuchar lo que decía en la nota.

-Sí, espero que le vaya bien en su campaña. A ver que hay.

-Queso, varias hogazas de pan redondo, carne seca, frutas, y jamón. -Dijo José mientras terminaba la revisión.




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