Era aquel árbol de Quishuar, uno de los más grandes que haya visto en la historia, enorme y excesivamente frondoso. Habían corrido rumbo al árbol debido a sus propiedades de protección contra espíritus y peligros en general, José a pesar de haber bebido la poción que Poeta le dio, cojeaba y aún sangraba por la naríz, Manuelito se había recuperado pronto, pero estaba tratando de recuperar su energía comiendo parte de las provisiones; solo Dionisia estaba libre de estar herida, pero se sentía intranquila por los comentarios que el chuzalongo hizo hacia su persona.
José cayó con fuerza contra el tronco, la burra los había seguido al trote, Manuelito se acercó a su "acompañado" e intentó que probara un poco de comida, José jadeaba como si no avanzara más, tenía la ropa magullada y cubierta de sangre, por su estómago pasaba un extraño deseo como de vomitar. Aquella sombra le daba calma solo con sentirla sobre su piel, se sentó correctamente y sacó su pañuelo para empezar a limpiar su cara.
-No viviremos mucho. -Exclamó José aun jadeante.
-No pensé que los monstruos de por aquí fueran tan poderosos. -Replicó poeta empapando su pañuelo en aguardiente y procediendo a limpiar la cara de José.
-Mi machete se rompió y mi hacha la vendí, necesitaremos armas si queremos tener los pellejos aún pegados al cuerpo. -Exclamó él dejando que la rubia le bañara la cara con olor a trago.
-No se preocupen, yo los protegeré hasta que encontremos al piel de oso. -Dijo mientras se sobaba la cabeza.
-Amiguito, tengo relativa experiencia en estas cosas, me sorprende que una cosa del tamaño de un duende... -Regresó a ver a Manuelito. -Sin ofender. Sea capaz de casi matarnos. -Exclamó mientras sin querer ponía el pañuelo con alcohol en los ojos de José.
-¿Qué tipo de montruos enfrentaron? -Preguntó el duendecillo algo curioso.
-Antes que nada, creo que deberías quitarme esta cosa de los ojos. -Chilló José.
-Perdón. -Dijo quitando el pañuelo de los ojos de José. -Pues verás, enfrentamos, sirenas, arpías, atlantes, muertos vivientes. No eran tan complicadas. Muchas de esas cosas caían con destruir su corazón sacro.
-¿Esas cosas también son inmortales? -Soltó José mientras aún se refregaba los ojos.
-Sí, si mal no recuerdo, hay tamaños en los corazones sacros. -Dijo Dionisia sentándose con las piernas cruzadas.
-Manuelito, déjanos ver tu corazón sacro.
-Me da algo de vergüenza. -Dijo bajando la mirada.
-Ya pues, haste sinvergüenza. -Dijo José, haciendo reír a sus compañeros.
Entre las risas, Manuelito insertó su mano dentro del poncho, como si rebuscara algo, después extrajo una tela con bordes de oro y con una cruz en el centro, estaba muy bien doblada y al extenderla medía alrededor de un metro cuadrado. José se sorprendió al ver el detalle del tejido de aquella tela, Poeta se sorprendió por las proporciones, pero no por que estuviera sorprendida de asombrada, sino de decepción.
-Creí que con tu antigüedad serías más poderoso. -Dijo ella tanteando la tela para sentir la calidad.
-¿Por qué dices eso Poeta? Es una tela grande. -Dijo José ignorando la realidad.
-Un corazón sacro así de grande es muy debil y facil de destruir, he llegado a ver algunos que miden hasta diez centímetros.
-¿Tan pequeños? Pero si yo en los ciento cincuenta años que tengo no he logrado reducirlo más que unos cuantos centímetros cuadrados.
-Tal vez te falta práctica.
-Entonces, ¿Cuanto medía el corazón sacro de mi padre?
-Ese era el más pequeño que he visto, creo que era el del tamaño que mencioné.
-¿Yo también tendré uno?
-No, eres una mezcla, debes robar un corazón sacro para tenerlo. -Respondió el duende guardando su corazón sacro.
-¿Entonces tú lo tienes Poeta?
-No, en mi caso, soy completamente humana, así que no tengo un corazón sacro.
Tras sentirse mejor, reanudaron el viaje, a pesar que José era quien estaba más herido, fue quien halaba a la burra, Dionisia se ofreció a ayudar, pero el muchacho declinó amablemente la propuesta ya que no quería que ella hiciese mucho. Ya la había echo gastar su pócima y se sentía culpable por ello. Dionisia se desenvolvió de su chalina y la guardó en su bolsa, un rato después ayudó a José a liberarse de su poncho, ya que había empezado a hacer mucho calor. Rato después extrajo un mapa que traía dentro de la camisa, lo leía y si sus cábulas no le fallaban, pronto llegarían a una zona de alto páramo.
José seguía viendo un tanto borroso y a veces se escapaba a tropezar, tras un rato de discutir con su compañera cedió que ella halase a la burra, mientras tanto, él se abrazaba al cuello del animal. Al empezar a adentrarse en el páramo, a pesar del sol que hacía a esa hora, el frío empezó a molestarlos de nuevo, era por la altura y la relativa cercanía al volcán Cotopaxi. José abrió una parte de su rudimentaria bolsa y extrajo un poco de panela, la pedaceó y la repartió a sus compañeros, esto debido a que el dulce ayuda a que al cuerpo no le agarre el soroche. Al recibir su parte, el duendecillo se apresuró a comérsela ya que le encantaba el dulce; Poeta por su parte absorbía el dulce poco a poco, había acercado el pedazo de panela a sus labios y lo absorbía como si estuviera besando, José simplemente se metió su porción en la boca y había empezado a morder.
-Oye, José. -Exclamó poeta mientras veía pasar un conejo por sus pies. -¿La profetisa no te dio una dirección exacta a dónde ir?
-No, no me dijo nada.
-Entonces, ¿qué hacemos buscando al héroe de la piel de oso sin saber dónde está?
-Si es oso de seguro vive en el páramo, ¿no?
-Puede ser, pero ¿Sabes cuanta superficie del país es páramo? -Dijo medio enojada.
-No lo sé, ajo.
-Pues debiste preguntar, ahora estamos en medio páramo y sin saber a dónde ir.
-Perdón, por no saber a donde ir, yo no pedí ser hijo de un inmortal y que una bruja loca me asignara un trabajo que no quiero. -Dijo alzando la voz.
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Editado: 17.04.2026