El primer Héroe del sol

Capítulo 10

Tras haber descansado varios días en Latacunga, José y Dionisia habían decidido que la ruta más viable a seguir sería hacia Quevedo, de esa manera se evitarían el problema de bajar hacia Balzapamba, aunque la segunda fuera la más directa hacia Guayaquil. Habían comprado las provisiones necesarias para el viaje e inclusive se agenciaron una alpargatas para ella y José ya que hasta el momento, ambos habían estado andando descalzos, Nicolás guardó su armadura de piel de oso, quedándose solo con la parte que debería corresponder a los pantalones de la misma, quedando así como un sujeto con un peludo zamarro de piel de oso. José se sentía incómodo con Nicolás cerca, era más fuerte que él, había pasado tanto tiempo con su padre al igual que Poeta, pero al parecer, ellos lo recordaban más.

Nicolás cargaba consigo un hacha de mano, José sentía que no debío haber vendido su hacha, así por lo menos se sentiría en igualdad con él. Además que ahora Poeta ya no conversaba con José, se la pasaba cerca de Nicolás, conversando y riendo más a gusto, solo con ver dicha escena, José sentía que se le hervía la cabeza, pero para no causar algun inconveniente al grupo, José simplemente se quedaba callado y observaba como al parecer él no pertenecía a ese mundo de aventuras.

Al caer la noche, estaban ya cerca del río Toachi, juntos buscaron un lugar llano y con suficiente superficie descubierta, ahí abrieron un agujero en el piso y encendieron una pequeña hoguera rodeada por tres rocas que les sirvió para asentar la única olla que llevaban. Allí sin saber qué mismo iban a cocinar, Dionisia hechó varios ingredientes y empezó a hacer sopa de no sé qué, José extrajo un poco de agua de su calabaza y se la ofreció a Manuelito; tras beber casi todos, José se levantó y con la ayuda de una estaca y una piedra, amarró a vieja para que no huyera.

Nicolás por su parte conversaba amistosamente con el duende y Dionisia, hablaba sobre lo dificil que había sido llegar al territorio, sobre como le habían robado casi todas sus pertenencias con un estratagema muy simple y en especial que él había empezado la marcha hacia Quito para encontrar él primero la locación de José.

-Por cierto, ¿Cómo es que conseguiste la piel de oso? No son fáciles de matar. -Dijo José acercándose y emponchándose.

-No lo maté, lo encontré muerto en una barranca, su piel me abrigó bajo el frío y me ayudó a sobrevivir. -Respondió poniéndose la pechera de su "armadura".

-Vaya, ¿no tenías miedo? -Mencionó Dionisia probando la sopa y agregando más sal.

-Oigan, ¿en cuanto llegaremos al mar?

-Creo que en una semana, Manuelito. -José había empezado a alistar su mochila a modo de almohada

-Lo importante ahora es llegar a Quevedo. Así podremos subir a una barca que nos lleve a Guayaquil. -Dijo Dionisia empezando a servir la sopa en platos. -Levántate, José.

-Si te oí. -En ese instante se sentó.

Todos comieron con gran apetito, solo que frente a la conversación que surgía, José no quiso decir nada, creía que su silencio era el más valioso posible, sabía que su ira no era por Nicolás, a pesar que lo habpia vencido, era un buen sujeto y no se encontraba enojado por que ambos se hubiesen dado una paliza. José terminó de comer y se recostó sobre el pasto, empezó a soñar rápidamente, entre sus sueños que al inicio no eran más que oscuridad, empezaron a aparecer formas, colores e incluso se volvió capaz de sentir el clima de sus sueños, no eran cualquier tipo se lugares en los que soñaba, soñaba con enormes llanuras de pasto, cubiertas con árboles frutales y con muchos animales, luego entre una lomita cercana, vio dos figuras.

Al acercarse hacia las figuras descubrió que eran sus padres, le daban la espalda, tal vez por que no lo notaban, se acercó y cuando estaba a punto de saltar hacia ellos para abrazarlos, todo su sueño se volvió humo. Abrió los ojos a no se sabe qué horas de la madrugada, vio para todos lados y solo encontró a Manuelito durmiendo muy cerca de las piedras de la fogata, por parte de Poeta y Nicolás, no los encontraba por ningún lugar, tal vez por la oscuridad que impera a esas horas. No le importó, se puso de pie y se apartó caminando algo a lo tonto, rumbo a un árbol cercano.

Tras terminar lo que tenía que hacer, intentó volver sobre sus pasos, pero una piedra hizo que tropezara y rodase de espaldas, en ese instante se encontró con algo que hasta el momento había ignorado, vio que en la inmensidad del firmamento, las estrellas refulgían cual joyería en el cuello de una novia lista para su boda. Rememoró cuando su madre le contaba que al ver el cielo nunca olvidara cuanto amó Dios al mundo como para crear algo tan hermoso solo para que alguien más lo viera.

Una furtiva lágrima se le escapó por la comisura de los ojos mientras veía que a pesar de la oscuridad que él sentía cercana, el cielo lo iluminaba aunque de una manera algo ténue, cuando se levantó y empezó a acercarse hacia el lugar en donde estaba durmiendo, logró escuchar pasos tras de sí. Al darse la vuelta, encontró a Nicolás con un conejo en mano.

-¿Qué haces despierto? ¿Acaso no podías dormir? -Dijo acercándose.

-En parte, por cierto, ¿te lo vas a comer? -Dijo señalando al conejo.

-Es para todos. Vamos, regresemos. -Dijo entre risas y guiándo a José hacia la fogata.

Al llegar, solo algunos tizones aún rojeaban en la extinguida hoguera, sabiendo José que Nicolás despellejaría al conejo, insertó varias ramas para que el fuego volviera a encenderse. Ya de nuevo con una buena llama, Nicolás puso la olla con agua y ambos esperaron a que hirviese, José extrajo de su bolsa una pequeña calabaza y se la lanzó a Nicolás.

-¿Es puro? -Preguntó agarrándola en el aire.

-Sí, es un preparado que solía hacer mi papá.

-Huele bien. -Dijo antes de dar un buen trago. -Sabe mejor aún. -Tras esto, lanzó el recipiente de nuevo.

-Sí. -También bebió un buen trago y luego guardó la calabaza. -Mi papá solía hacerlo con anís, canela y cáscara de mandarina.




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