El primer Héroe del sol

Capítulo 11

El viento soplaba suavemente como si fuera un silbido, el agua del río balanceaba ligeramente al pequeño vaporcito panzón que los llevaba, el calor al que habían descendido les había obligado a quedarse en ropas ligeras; por lo mismo, Nicolás había guardado su armadura de piel de oso, viéndolo bien, parecía un chico común y corriente, vistiendo una camisa y pantalones. Dionisia por su parte no cambió su forma de vestir, al parecer se había acostumbrado a su estilo de vestir desde hace mucho tiempo. José que nunca había experimentado aquel clima calido-húmedo de la costa, se le hacía maravilloso el paisaje por el que atravesaban.

Manuelito había optado por quedarse dormido dentro de una de las bolsas; gracias al consejo de un hombre que se encontraron a medio camino, compraron una solución para que los moscos y las garrapatas no molestaran a Vieja, la cual estaba calmada en una zona en donde se llevaba a los animales. A la hora del almuerzo, José se sorprendió al encontrar en su plato un grano que nunca antes había visto, era muy parecido en forma al trigo y la cebada, pero por su color no coincidía.

-¿Qué sucede, José? -Preguntó Nicolás mientras se llevaba una cuchara a la boca.

-¿Qué es esta cosa? -Dijo agarrando un grano.

-Se llama arroz. Es un cultivo típico de Asia. -Explicó Dionisia mientras comía un pedazo de pescado frito.

-Arroz... -Murmuró para sí mientras tomaba un poco y se lo llevaba a la boca.

Al sentir el sabor matequilloso de aquella comida quedó cautivado, fue un poco de lo mismo al probar el pescado por primera vez, era una carne muy tierna y sabrosa, pero por su inexperiencia y prisa por comer, escapó a atrancarse con un hueso. Nicolás bebía un poco de limonada al ver a su amigo comer, le parecía extraño ver a alguien comer así, pero entre sus memorias recordó cuando él también probó ese tipo de comida y como había saboreado hasta la última migaja de arroz y pedazo de pescado.

Nicolás esptantó a una mosca que se sopló cerca y continuó comiendo, luego posó su vista en su amiga que tanto le gustaba, ella permanecía concentrada en su comida, de vez en cuando volteaba a ver a las orillas cuando escuchaba el sonido de monos chillando debido a peleas entre la ramazón de los árboles, otras veces por la alusión a que un caimán entraba al agua. Al atardecer empezó a caer la luz del sol sobre el río, los puestos habían sido relevados entre camaradas y los pericos volvían a su nido chillando. Se resolvieron en dirigirse a sus habítaciones, habían comprado dos, una para los chicos y una sola para Dionisia, estaba muy feliz ya que podía hacer lo que desease sin que ninguno de los chicos la molestara.

Tras despedirse, José y Nicolás entraron en la habitación, era un cuarto con una litera de zimbra y una lámpara de kerosén. Nada más, tal vez una basinica, pero ambos prererían salir afuera para hacer lo que sea que tengan que hacer por la borda del barco. José se quedó con la litera de abajo y se recostó enseguida, por el calor que cundía en el ambiente, se decidió a no cubrirse. En poco tiempo Nicolás había empezado a roncar, seguido de el duende que a pesar de haber dormido todo el día, seguía con sueño en el cuerpo.

Entre copiosas vueltas en la cama, la mente de José no dejaba de divagar por ideas múltiples acerca de lo que en verdad conocía del mundo y sobre lo que su padre le había dicho la última vez que lo vio. "Si algún día viajas más lejos de las montañas debes cuidar de que algo te pueda dañar." Al parecer en este punto en el que estaba, todo era capaz de dañarlo y si por él fuese preferiría morir a tener que expiar los pecados que él no cometió, además no tenía completamente claro los pecados de su padre. Muy en sus adentros temía que su padre fuese un ángel caído y por eso estaba condenado a no morir.

Sin poder conciliar y volviendo a hacer lo mismo que aquella noche en donde se amistó más con Nicolás, salió de su habitación y se acercó a la borda del barco, allí bajo la inmensidad de la noche, uno de los primeros elementos de la creación, nombrado así por Dios, la tinieblas cubrían el bosque como si aquel elemento primordial hubiese terminado con el día y afianzara su poder sobre los seres vivos obligando a unos a descansar, mientras que a otros, extrañamente los más mortíferos tenían libertad absoluta a esa hora. Solo unos cuantos luceros en el firmamento demostraban que la oscuridad no podía gobernar completamente el mundo, después con la mirada dirijida hacia el agua, por obvio que parezca, no se veía en absoluto su reflejo, pero se imaginaba como se veía, una cara afilada, pero no delgada, más bien cuadrada a la perfección, un cabello a veces castaño y otras negro, y por si fuera poco, unos ojos cafés como los tiene cualquier humano, recordó como su madre le contó como es que la vida se formaba tras un choque de almas, como le conversaba que poco a poco se crece en el vientre de las madres y estas se dedican a sus hijos con alma, vida y corazón.

-No somos más que polvo de la creación. -Soltó al viento incosciente si alguien tal vez lo oiría.

-Así es, no somos más que resquicios de vaho del aliento del Señor. -Respondió una voz conocida a su lado.

-¿Enserio? Eso es algo que enseñan en el catecismo y nos lo repiten anualmente el miércoles de ceniza. -Dijo volteando hacia la voz. -¿Eres Posorja no es así? ¿Acaso hay algo más que contarme?

-Lo has adivinado, has descubierto quién soy sin siquiera verme. José , tengo algo que contarte y no es parte de tu destino, es algo que deberías saber sobre tu padre.

-¿Qué sucede con él? Creí que la verdad incómoda me la dirían en el mar. -Respondió apoyándose en la baranda.

-Así es, pero hay muchas cosas más que contarte. Solo quiero decirte lo básico, lo verdaderamente complejo e incómodo lo sabrás en el mar. -Dijo mientras extrañamente ella lograba iluminar una llamita en su mano.

-Dime, tengo curiosidad.

-Pues todo inicia desde la creación, Dios creó todo lo visible y lo invisible desde el poder del agua hasta la energía que fluye en todo el universo, fue así que creó a los ángeles inmortales, una raza distinta del género humano, pero estos seres eran únicos, poseían casi el mismo poder del Creador, llegó un momento en el que tras sucumbir a la primera mentira dicha por Lucifer, muchos fueron expulsados, creando así dos grupos muy distintos entre sí. Los demonios y los inmortales.




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