El primer Héroe del sol

Capítulo 12

Ah, el mar, la masa salada que permite a los enormes barcos navegar sobre ella, las aguas primordiales de las que Dios hizo surgir la tierra. José admiraba el horizonte infinito frente a la costa que se extendía frente a la ría del guayas, permitió que las aguas le acariciasen los pies suavemente con sus azules ondas saladas, se encontraba alegre y sentía que eso era algo que a su madre le habría encantado ver. Dionisia y Nicolás paseaban a su lado extrañados de en qué momento se les diría la verdad incómoda.

-Hace mucho calor, nunca me gustará la costa. -Insinuó Dionisia mientras se desabotonaba la camisa.

-No se ustedes, pero esto es hermoso. -Dijo José mientras se sacaba la camisa.

-¿Vas a nadar? -Inquirió Nicolás.

-Aquí la pregunta sería si sabe nadar.

-Claro que se, aprendí a nadar en una de las lagunas cerca del imbabura.

-Bueno, si se ahoga yo me quedo con la burra. -Masculló Dionisia mientras sentía el viento entrar en su camisa.

Nicolás simplemente asintió en el instante en que escuchaba eso, se había empezado a quitar las botas para él también entrar en el agua del océano. Dionisia quiso entrar ella también, pero quién cuidaría a la burra en ese caso. Dionisia se sentó y observaba como sus amigos jugaban con el agua, intentó mover su visión a otro lugar, pero al ver que no había un posible ladrón, Dionisia golpeó la alforja en donde estaba Manuelito.

-¿Qué pasa? -Dijo el duende saliendo de su alforja y tomando su tamaño normal.

-Me voy a meter el agua, cuida a Vieja.

Tras decir eso, Dionisia se quitó quitó la camisa revelando sus brazos bronceados de los codos para abajo, caso contrario con su pecho que se mostraba coloreado desde el el borde superior de las vendas envueltas en su pecho hasta su cabeza. Luego, aún con un tanto de vergüenza dejó caer sus pantalones bombachos quedándose solo en pantaletas que cubrían hasta sus rodillas. así quedaron también expuestas sus bicolores canillas con la parte baja broncínea y la parte alta blanca.

El grupo se vio completo dentro del agua cuando la rubia entró de un brinco al agua, Nicolás salió un rato y él también se desvistió para nadar, José intentaba aguantar la respiración debajo del agua, pero ignoraba completamente que el agua del mar es salada, así que le ardían mucho los ojos apenas salía a tomar aire. -Apúrate, Nicolás. -Gritó en el instante en que Nicolás batallaba con quitarse sus pantalones.

-José, creo que la verdad que ibamos a descubir es que en el mar la vida es más sabrosa. -Dijo Dionisia mientras buscaba conchas marinas con sus pies.

-No es mala idea.

-Oigan, ¿ven eso? -Exclamó Nicolás mientras se acercaba apresurado.

No tuvieron tiempo de responder cuando se vieron succionados desapareciendo frente a la mirada atónita de la nada, ya que aquel efecto también se tragó a Manuelito y a la burra. José solo podía ver bruma frente a sus ojos ya que a la velocidad a la que se movían debajo del agua era imposible que lograsen ver algo más que burbujas. Al final cuando se sintió en un ambiente fresco y con un suelo firme, logró ver sobre él una silueta oscura, pero con una presencia potente, pero no pesada.

-¿No se han lastimado? -Preguntó mientras los veía.

-¿Quién eres? -Preguntó Poeta viendo todo dar vueltas.

-Eso no importa, creíamos que no vendrían, mi maestro os ha estado esperando desde hace un buen tiempo.

-¿Tú maestro? -Preguntó José intentando ponerse de pie.

-Nicolás, ¿estás bien? -Dijo Dionisia buscando a Nicolás ya que este se mareaba muy rápido.

-Sí. -Respondió con su voz muy cansada.

-Oye, ¿la burra está bien? -Preguntó José acercándose a Vieja.

-Sí, el duende también. -Dijo quien les hablaba tomando a Manuelito de la oreja y sacudiéndolo.

Cuando al fin pudieron verlo, era un sujeto muy bajito para ser un adulto, despendía un aura de calma, pero de esa calma tensa, sus verdes ojos permanecían serios mientras terminaba de ayudar al duende. Estaba a medio vestir, usando solo una túnica que le cubría de las rodillas hasta la cintura y la mitad del pecho en diagonal, Poeta al verlo dio un respingo que pasó despercibido.

-No me teman, no les lastimaré. -Dijo mientras se recogía el largo cabello en una coleta, revelando sus orejas élficas. -Me llamo Rindolfo... y los llevaré con mi señor.

-Eres un... un espíritu marino. -Exclamó Manuelito asustado cuando despertó.

-Lo soy. Síganme por favor. -Hizo una venia y empezó a caminar. -Por cierto, deberían vestirse, a mi maestro le atraen las rubias como su amiga. -Dijo dándose la vuelta.

Todos colorearon en ese instante y buscaron sus ropas, las encontraron flotando a lado suyo, ¡flotando! Habían caído en cuenta en ese momento que se hallaban debajo del mar y que de una extraña manera podían respirar. Dionisia, aún avergonzada se vistió lo más rápido que pudo y ni así se le pasó el sonrojo de su rostro. José y Nicolás se sentían un tanto enojados debido al tratamiento de semejante ser.

Empezaron a seguirlo, con el miedo de que se ahogarían en cualquier momento, pero no sucedió, solo los acompañaba una sensación de frío que les producía el agua. Dionisia se sentía un tanto asustada, pero Nicolás viendo eso extendió su mano hacia atrás, permitiendo que Dionisia la tomase. José jalaba a Vieja mientras Manuelito se sentaba en los hombros de Poeta.

Poeta veía todo aquel mundo submarino de una manera especulativa y recopilatoria, intentaba memorizar lo que veía, desde los cardúmenes de peces, las anguilas, tiburones e incluso se mostró feliz de poder ver una tortuga. Levantó su mirada al ver las enormes algas verdes que creces bajo la superfice del océano. Rindolfo seguía caminando sin regresar a verlos, a veces parecía que flotaba por alguna maldita razón, José intentó hablar con él, pero era muy frío con ellos, no respondía nada.

-Maldita sea, ¿a dónde nos llevas? -Preguntó Nicolás.




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