Estas puertas frente a las que se encontraba José eran mucho más que enormes, eran colosales, con gigantescas columnas salomónicas a los lados y con un tridente encima. Rindolfo permanecía en la puerta escoltado por dos atlantes. El mensajero parecía impaciente, puesto que la reunión de su amo no terminaba pronto y él ya quería que esos humanos se fuesen ya. Odiaba a la humanidad por las muchas razones por las que un pez los odiaría.
-Oye, Rindolfo. -Llamó José. -¿Cómo es que no nos ahogamos si somos humanos?
-Tócate el cuello. -Todo el grupo menos Posorja obedecieron.
-¡Nos cortaste el cuello! -Gritó Nicolás un tanto asustado.
-No, malditos mocosos tontos. -Masculló entre sus dientes. -Les puse branquias, respiran como los peces.
-¿Entonces eso hace que podamos caminar y respirar bajo el agua? -Preguntó Dionisia muy sorprendida.
-Así es. Por cierto, a la reunión solo podrá entrar el hijo de Manuel el pelirrojo. -Exclamó firmemente uno de los guardias.
-Rindolfo, ¿ustedes los atlantes tienen apellidos? -Preguntó José muy curioso.
-Claro, aunque no son muy buenos que digamos. -Señaló a los guardias. -Por ejemplo el de la derecha se llama "Baudilio Atún" y el de la derecha "Pablo Arenque".
La serenidad de la compañía del sol se vio rota por las ganas de aguantarse la risa que había empezado a surgirles al escuchar los nombres de los atlantes.
-Y tú, ¿cómo te apellidas Rindolfo? -Preguntó Manuelito con los cachetes inflados.
-Soy... Rindolfo Anchoa.
No hubo poder alguno que pudiera lograr que se riesen con todas las fuerzas que pudieran, Rindolfo se enojó un poco y se puso colorado, incluso se mostró con vergüenza de haber revelado su nombre a un grupo de tres mocosos de 14 años, un duende y una burra. Fue entonces cuando se abrió la puerta y de ella aparecieron unas ninfas marinas con sus túnicas algo desarregladas, sus caras coloraras y el cabello revuelto. Rindolfo solo se limitó ha hacer un mohín y volteó la cara.
-Es tu turno, muchacho. -Dijo mientras se acercaba a la puerta.
-Te esperaremos aquí, no te preocupes. -Exclamó Dionisia aún viendo a las ninfas. -De seguro a ti no te hará lo mismo a que a ellas.
Sin decir más, José siguió al atlante dentro de las enormes puertas las cuales se cerraron tras la entrada de estos. El salón del trono era una habitación enorme, iluminada por la luz de una enorme gema sobre una pileta. no había más que ellos, esa gema y el trono acompañado de varias estatuas de héroes hijos del rey del mar. Tras llegar frente al trono, esperaron unos minutos que a ambos les parecieron eternos, sobretodo porque ambos no se tragaban. -¡Su alteza el rey del mar! ¡El rey Poseidón! -Anunció un heraldo que acababa de aparecer por una puerta. -En ese instante Rindolfo se arrodilló y empujó a José a que por lo menos hiciese una venia. José lo hizo, pero solo por respeto al rey, mas no por que en verdad fuera un súbdito.
-Salve oh rey del mar. -Saludó Rindolfo.
-Bien, que inicie la audiencia sobre el muchacho. -Exclamó mientras se ponía de pie.
-Señor, rey del mar. -Dijo José acercándose. -Vuestra profetiza me ha vaticinado que se me dará una verdad incómoda en el mar. ¿Tiene usted algo que decirme acerca de mi padre o de mi destino?
-Eres directo muchacho, eso me gusta. -Dijo riendo suavemente mientras Rindolfo veía a José de una manera muy nerviosa. -Rindolfo, heraldo. Dejadnos solos, este muchacho y yo tenemos que hablar.
Ambos obedecieron dejando en la sala a José y al rey solos. Ambos no se decían palabra alguna, se mantuvieron viéndose con caras serias, aunque claro que José tenía un poco más de miedo y nervios en su faz, ya que tenía frente a él a un inmortal, tan antiguo como el tiempo y las estaciones, un inmortal que había dotado al mundo con héroes de distintas habilidades.
El rey del mar, era un ser muy alto y con una complexión completamente marcial, las ondas de su cabello permanecían peinadas en una larga trenza que le llegaba hasta las corvas, su túnica al igual que la de Rindolfo cubría sus piernas hasta la rodilla y cortaba diagonalmente en el torso mostrando los pectorales. Desprendía un aura seria, en especial cuando tenía sus ojos fijos en la persona con quien hablaba
El rey Poseidón se rascó su espesa, negra y canosa barba, observó al hijo de su amigo Manuel, en efecto era una de aquellas contadas excepciones de mezcla entre humanos e inmortales, pero por lo mismo era tan peligroso como cualquier ser sublevado. Tomó su tridente en mano y se acercó a José.
-Tú estás destinado a morir. -Dijo mientras lo veía melancólicamente. -Vivirás muchas aventuras y salvarás un país el cual gobernarás, pero tu vida se verá terminada abruptamente por alguien en quien creías confiar.
-¿Cuando? -Preguntó con las pupilas muy encogidas. -Señor rey del mar, ¿eso es lo que Dios le ha dicho sobre mí?
-Así es, aunque no te puedo decir cuando, se que sucederá. -Sonrió un poco. -No debes preocuparte, hasta que ese momento llegue, tu misión será encontrar la fuente de la vida.
-¿La fuente de la vida? -Exclamó saliendo del susto de saber que moriría.
-Tu padre la buscó sin lograr su objetivo, aunque tú tampoco tienes alguien que necesite extender su existencia.
-Señor rey del mar. Hábleme de mi padre por favor, lo conocí y todo, pero siento que hay muchas cosas que no entiendo de él. -Pidió con las pupilas muy profundas ya que estaba asustado por el shock.
-Pues, empecemos por lo básico, tu padre y yo tenemos la misma edad, pero la diferencia es que a él no lo engulleron de pequeño. -Dijo mientras un tic le aparecía en el ojo. -Después si mal no recuerdo fue nombrado guardián del reino de los inmortales. Tras varios siglos, llegó al Olimpo y nos ofreció rendirnos ante el poder eterno de Dios o resistir hasta la muerte. Zeus en su orgullo blasfemó e inclusive retó a Dios, causando que tu padre terminara con él de un solo movimiento, no quedamos muchos; solo una de mis hermanas, varios de mis sobrinos y muchos espíritus.
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Editado: 26.05.2026