El primer vuelo de mis mariposas

Capítulo 2

La primera vez que me di cuenta de que Javi me observaba, fue como si algo dentro de mí se encendiera de golpe. No era solo una mirada cualquiera, sino una que parecía buscar algo en mí, algo que ni yo misma entendía. Y eso me ponía nerviosa. No supe qué hacer, así que desvié la mirada, pero esa sensación de que algo estaba por pasar me persiguió durante todo el día. Al principio, no lo notaba. Era como esa brisa ligera que apenas acaricia, pero luego te das cuenta de que siempre estuvo ahí, moviendo las cosas en silencio, casi sin darte cuenta.

Javi tenía ese aire de chico atormentado que lo hacía irresistible a los ojos de muchas, pero lo que realmente destacaba eran sus grandes ojos azules, enmarcados por unas pestañas negras y densas que los hacían resaltar aún más, dándoles una profundidad cautivadora. Con su más de 1,80 metros de estatura y un cuerpo atlético, era difícil no notar su presencia. Moreno y de piel clara contrastaba con la barba incipiente que siempre llevaba, como una marca personal que añadía a su apariencia segura. Su sonrisa, tímida y reservada, parecía un tesoro que solo compartía con quienes consideraba verdaderamente especiales.

Lo pillé de reojo, como siempre hacía. Sus ojos azul claro no estaban perdidos como de costumbre; no podía evitar mirarme, pero cada vez que hacía contacto visual, enseguida apartaba la mirada, como si intentara desentrañar un misterio que ni él mismo lograba entender del todo. Esa fugaz conexión me hizo sentir un cosquilleo en el estómago.

—¿Te has fijado en Javi? —murmuró Clara con una sonrisita cómplice.

—¿Qué pasa con él? —intenté sonar despreocupada, pero mi voz me traicionó.

—Te mira todo el tiempo —Clara arqueó una ceja, esperando mi reacción.

Me reí nerviosa, sin saber qué responder.

—Seguro que te lo imaginas.

—Te lo digo en serio, Sofía. El chico no te quita los ojos de encima.

Tragué saliva y miré hacia el frente, rezando para que mi rostro no me delatara. No era el tipo de cosas que una admitía tan fácilmente. Y menos a Clara, que tenía el don de convertir cualquier secreto en la noticia del día.

—Estás exagerando. Puede que le suene de algo y quiera averiguarlo —respondí, aunque mi voz sonaba mucho más decidida de lo que realmente me sentía. Quería saber qué pensaba cuando me miraba, si notaba lo nerviosa que me ponía. Pero luego estaba la vergüenza, esa que aparece cuando ni siquiera has cruzado dos palabras con la persona que te interesa, y la posibilidad de hacer el ridículo se siente inmensa. Porque otra cosa no, pero yo tenía cierto don de hacer el ridículo, aunque solía disimularlo muy bien.

El timbre sonó y Javi se levantó de su asiento. Mientras se dirigía hacia la puerta, noté que, en lugar de salir de inmediato, se detuvo un segundo. Se giró y, para mi sorpresa, me dedicó una pequeña sonrisa acompañada de un "hasta mañana". Mi corazón se detuvo por un instante. Yo, con mis 16 años y todo mi saco de inseguridades, sentí como si de pronto un chico mayor me estuviera tomando en serio, y la ilusión me envolvió.

—Esto se está poniendo muy interesante —rió Clara, con esa mirada cómplice que no ayudaba a controlar el calor que subía por mis mejillas.

Al día siguiente, traté de evitarlo. Me aferré a las clases, a las bromas de Clara, a cualquier cosa que no fuera él. Pero, claro, no funcionó. Cada vez que lo veía, no podía evitar preguntarme qué pensaba cuando le pillaba mirándome. ¿Por qué ese chico mayor, que apenas conocía, parecía fijarse en mí? ¿Sería que realmente le gustaba? La ilusión de gustarle a alguien mayor que yo comenzaba a burbujear en mi interior, llenándome de una extraña mezcla de emoción y timidez.

Teniendo en cuenta que en clase había chicas mil veces más guapas y seguras que yo (y que, además, se acercaban a Javi de forma un pelín demasiado descarada para mi gusto), que un chico tan mono como él se hubiera fijado en mí me daba un subidón tremendo. Era como, "¿En serio? ¿Yo?". Me sentía “la elegida”. Y de repente, aunque fuera solo un poquito, me sentía más segura de mí misma.

Andrés no podía perder la oportunidad de soltar alguna tontería, como siempre.

—Sofía, esos apuntes deben ser pura magia. Pareces una científica a punto de descubrir la cura para el aburrimiento.

Todos se rieron, incluso yo, aunque sentí las miradas clavadas en mí, especialmente la de Javi, que permanecía en silencio a su lado.

Esa tarde, al salir del instituto, vi a Javi subido en su moto y, por primera vez, una mezcla de temor y atracción recorrió mi cuerpo. Ya no era solo el chico misterioso de las miradas fugaces, ahora había algo más en él. El sonido del motor, la chaqueta vaquera que llevaba, todo en él parecía gritar peligro, pero también algo irresistible. Me quedé inmóvil, observándolo mientras se colocaba el casco, preguntándome si alguna vez me invitaría a subir con él.

Clara, observando la escena, me dio un codazo suave.

—No sé cómo aguantas, Sofía. A mí me daría un ataque de nervios si un chico mayor me mirara así.

Me reí, pero no pude evitar que un destello de ilusión cruzara mi rostro. La idea de que Javi, un chico de 18 años, pudiera interesarse en mí, me hacía sentir una mezcla de vértigo y emoción.

—No es nada —mentí, aunque las mariposas en mi estómago me decían otra cosa.




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