Davina Carusso.

Mantenía la mirada perdida en la ventana del coche, donde las gotas de lluvia dibujaban surcos erráticos que despintaban el mundo exterior. En ese silencio sepulcral, mi mente libraba una batalla inútil para asimilar la mudanza. Aquel lunes no era un simple día; nuestra llegada a Melnik se sentía como una sentencia definitiva.
Melnik era un fósil arquitectónico, un reducto búlgaro donde el tiempo se había detenido entre los siglos XVIII y XIX. Sus calles eran un laberinto de casas tradicionales, blancas y severas, que conservaban el espíritu del Renacimiento búlgaro como si la modernidad fuera un padecimiento que no se atrevería a cruzar sus fronteras. Era una ciudad museo, un santuario de piedra y madera cerca de la frontera con Grecia, donde el silencio pesaba más que el aire. Mi madre, buscando refugio en sus raíces, nos había arrastrado a este pueblo fantasma de apenas cuatrocientas almas.
—¿Te gusta lo que ves? — preguntó ella, deteniendo el coche frente a nuestra nueva morada. Su mirada buscaba en mí una aprobación que yo no sabía si podía entregarle.
Solté un suspiro que empañó el cristal y apreté mi cámara fotográfica contra el pecho, como un escudo.
—Parece que estaremos muy solas— murmuré al bajar. El aire era gélido, cargado de un aroma a tierra mojada y secretos antiguos.
—Davina, ya lo hablamos. Necesitaba volver— respondió Camille, refugiándome bajo su paraguas. Su sonrisa era un esfuerzo valiente— Es el precio de ser una escritora con el alma bloqueada. Necesito el silencio de los bosques para volver a oír mis propias palabras.
Entramos a la casa.
El interior era un refugio de calidez moderna que contrastaba con la fachada arcaica. Me moví por la sala, observando el mármol de la cocina y el mirador que se asomaba al abismo verde que rodeaba el pueblo. Porque en Melnik, el bosque no solo estaba cerca; te envolvía. Era una masa sombría, una presencia devoradora que parecía aguardar a que alguien cometiera el error de adentrarse en ella.
Subí las escaleras. Mi habitación estaba teñida de un rosa pastel que se sentía como un eco infantil de Nueva York, un intento exasperado de mi madre por mantener viva una inocencia que la muerte de mi padre nos había arrebatado hace un año. Desde entonces, la inspiración de Camille se había apagado, y nuestra vida se había convertido en una huida constante del vacío que él dejó.
La tarde se diluyó entre cajas y recuerdos.
Cuando la noche cayó, lo hizo con una rapidez artificial, sepultando el pueblo en una oscuridad absoluta. Encontré a mi madre dormida sobre su cama, rendida por el cansancio y el duelo que no dejaba de persistir. Bajé las escaleras en silencio. A través de la gran ventana, el bosque parecía ahora un muro de sombras vivas.
Como buena amante de lo paranormal, sabía que este era el escenario perfecto para un horror clásico, pero vivirlo era una experiencia muy distinta.
Me aventuré a salir al porche. El cielo era un manto de terciopelo negro. No había luces de vecinos, ni ruido de motores; solo el latido sordo de la naturaleza.
<< ¿Dónde nos habíamos metido? ¿Por qué la muerte tenía que ser tan definitiva?>>
Justo cuando la melancolía me asfixiaba, el crujido de la maleza rompió el silencio.
Me tensé por un momento.
—¿Hola? — mi voz sonó pequeña, ridícula frente a la inmensidad de la noche.
Esperaba ver a alguien, quizás un rostro que justificara mi inquietud, pero no hubo nada. Solo el viento.
Entonces, el aire cambió. Sentí una presión en la nuca, esa descarga eléctrica de ser observada por algo que no pertenece al mundo de los mortales. Clavé la vista en el límite del bosque y allí, entre el tejido de las sombras, los vi.
Dos orbes de un amarillo incandescente me observaban con una fijeza depredadora. No era una mirada animal, era algo cargado de una inteligencia antigua y salvaje. Mi corazón golpeó mis costillas como un pájaro enjaulado. Antes de que pudiera procesar el miedo, una oscuridad se desprendió de la noche, un movimiento veloz y letal que se lanzó hacia mí.
Entré a la casa de un portazo, cerrando con llave mientras el aire me faltaba. Apoyé la espalda contra la madera, temblando, escuchando el eco de mi propia sangre retumbando en mis oídos.
Boom. Boom. Boom.
No sabía si eran mis latidos o si algo, al otro lado, estaba solicitando su entrada. Melnik no era aburrido; Melnik era un lugar donde las pesadillas tenían ojos amarillos.