El príncipe Belkam : Legados de Sangre ll

CAPÍTULO 2: "La leyenda de Melnik"

Desde el retrovisor del coche de Camille, la ansiedad se enroscaba en mi garganta como una hiedra. Me encontré castigando mis uñas con un frenesí involuntario mientras contemplaba la fachada de la escuela de Melnik, un edificio que parecía observar mi llegada con una dureza obvia. Mamá me interceptó de inmediato, dándome un suave golpe en el brazo para sacarme del trance.

—¡Santo cielo, Davina! A este paso vas a devorarte las manos— refunfuñó, su mano ya buscaba la manija de la puerta.

El pánico me erizó la piel. Sabía lo que pretendía. La escolta materna, el sello de protección que me marcaría como una paria desde el primer segundo.
—No. Mamá, por favor, detente— le supliqué, frenando su movimiento— Si sales ahora, me condenarás al ridículo absoluto antes de que suene la primera campana. Seré la comedia del año.

Camille me miró con esa mezcla de ternura y desconcierto que solo las madres poseen.
—Es Melnik, Davina. Debo asegurarme de que este lugar es digno de ti— suspiró, notando mi resistencia— Está bien. Te dejaré en paz.

Sonreí, sintiendo un alivio momentáneo. Bajé del coche con la mochila al hombro, ignorando las miradas que ya empezaban a gravitar hacia nosotras.

—¡Pasaré por ti más tarde! — gritó ella desde la ventana.
—¡Ni se te ocurra! — repliqué, lanzándole una mirada incendiaria mientras le hacía gestos para que se marchara de una vez.

Tener a Camille Mendiv como madre era todo un reto.

Caminé hacia la entrada, sintiendo el peso de ser "La nueva" recorriéndome la espalda. En la oficina, una recepcionista de piel traslúcida y trenzas infantiles me entregó mi horario tras escudriñar mis papeles con una lentitud exasperante.

—Señorita Carusso… ¿Descendencia italiana? — preguntó, sus lentes gruesos distorsionaban su mirada.
—Sí. Así es, gracias— respondí, tomando la hoja.

Mi padre era el rastro italiano en mi sangre; mamá, la raíz búlgara que nos había devuelto a este rincón del mundo. Nueva York se sentía ahora como un sueño lejano.

Al llegar al aula de Literatura, mi materia predilecta, el aire pareció densificarse.

Al cruzar el umbral, el ventilador del techo agitó mi cabello, y el tiempo se detuvo. Mis ojos chocaron con los de un chico sentado al fondo. Eran de un azul profundo, una mirada que parecía haber sido forjada en el centro de un invierno eterno. Me escrutaron con una intensidad que me dejó sin aliento, desarmando cualquier defensa.

—Bienvenida al pueblo, señorita Carusso— la voz del profesor llegó desde una distancia que no parecía lejos.

Me obligué a apartar la vista del muchacho y girar hacia el docente, sintiendo un calor traicionero encender mis mejillas por el impacto de ese encuentro visual.
—Gracias— musité, buscando refugio en un pupitre solitario de al fondo, lo más cerca posible de ese magnetismo inexplicable.

Él ya no me miraba. Se concentraba en su cuaderno, donde su lápiz de carbón trazaba líneas con una urgencia oscura. Era irreal, una criatura de belleza gótica estancada en un pueblo de sombras. Su piel poseía una palidez nívea, casi fría, que contrastaba con su cabello oscuro como la medianoche.

—Hoy hablaremos sobre las leyendas de Melnik— anunció el profesor, presentándose como Ítalo Lowev. Su voz captó la atención de todos, menos la del chico del lápiz de carbón— Hablaremos de la bruja Blair Vladislav. Muchos temen su nombre, pero este año quiero que miremos de frente a nuestra propia penumbra.

—Por fin— susurró un alumno al frente— Esto se va a poner interesante.

Mientras el profesor comenzaba su relato, yo solo podía pensar en el chico de los ojos de invierno. Si Melnik era un pueblo fantasma, él era, sin duda, su secreto más hermoso.

—Me alegra oírlo, señor Danchev— continuó Ítalo— Se dice que siglos atrás existió una mujer hermosa, de cabellos rojos como la lava, hija de un escritor llamado Kraven, un inventor solitario que siempre fue visto como alguien raro. Blair nunca fue cautivada por ningún hombre… hasta que un forastero llamó su atención. Un joven de belleza sin igual, que la enamoró y manipuló para sus propios fines.

—¿Y cómo se llamaba ese chico? — preguntó una muchacha.

—Era un forastero. Nunca reveló su nombre— respondió Ítalo— Pero su destino llegó cuando Blair descubrió que él no la amaba tanto como prometía. Entonces juró destruirlo y lo condenó a ser una Bestia que acecharía Melnik cada noche. Un ser hecho para asesinar, alimentándose de la sangre de los vivos.

—¿Un Vampiro? — inquirió otro alumno.

—No un vampiro…— corrigió Ítalo— Un monstruo. Su belleza se desvanecería con cada campanada de medianoche. Así resurgiría un animal de cuernos, cola y colmillos afilados. Una criatura encorvada destinada a vagar por los bosques para siempre.

—¿Por eso hay toque de queda en el pueblo? ¡Deberíamos salir a cazarlo! — comentó de mala gana otro chico.

—¿Hay toque de queda? — pregunté, demasiado horrorizada.

Las risas estallaron a mi alrededor.

—¿No venía eso en tu lista de maravillas al elegir Melnik como hogar? — expresó una voz detrás de mí.

Me giré enseguida.

Un chico de ojos negros y cabello rubio como el sol sonreía de forma cáustica.




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