El silencio me envolvió como un manto antiguo mientras permanecía en la biblioteca. Había una paz solemne en aquel lugar; el aroma a papel húmedo, el susurro casi imperceptible de las páginas y esa penumbra amable que se filtraba entre los estantes, como estrellas atrapadas en el tiempo. Sentí que este podría ser mi nuevo santuario, un refugio donde esconderme cuando el mundo pesara demasiado.
Todo permanecía inmóvil, suspendido en silencio, hasta que el repiqueteo rítmico de unos zapatos rompió el hechizo. Alcé la mirada con cautela y ahí estaban.
Esos ojos.
Los mismos que me habían arrastrado a su propio abismo durante la clase de literatura. Azules como un mar sin luna, gélidos, divinos. Me descubrí observándolo con una fijeza casi imprudente, embelesada por la quietud de su figura.
<< ¿Qué haces, Davina? Vas a espantarlo. Retira la mirada antes de que note que estás contando sus pestañas>>, me recriminé en silencio.
Estaba sentado sobre una de las mesas vacías, inclinado sobre un libro pero completamente ajeno a lo que le rodeaba. Era una figura solitaria dentro de un paisaje muerto.
—Ohm...— un carraspeo suave me rescató del trance. Levanté la vista de golpe— Hola. No nos hemos presentado. Soy Lot Danchev.
«¿Danchev?». El apellido resonó en mi memoria como un eco de las listas de asistencia.
—Davina Carusso— respondí con una sonrisa tenue, ofreciéndole la mano. Lot se sentó frente a mí con una confianza cordial que me resultó extrañamente reconfortante.
—Lo sé. No sabía tu nombre, pero en Melnik las noticias vuelan; eres la chica nueva— su sonrisa era cálida, casi infantil— Te vi un poco perdida el primer día y pensé que quizás querrías a alguien con quien compartir el exilio.
—Atinaste— admití de inmediato. Sin embargo, mis ojos volvieron a traicionarme, desviándose sin permiso hacia el fondo de la sala.
El chico de los ojos azules no leía. Estaba concentrado en observarme con un desdén helado, una hostilidad silenciosa que no lograba comprender. Como si mi mera presencia fuera una nota opuesta en su melodía de soledad.
Lot siguió el rastro de mi mirada y dejó escapar un suspiro cargado de ironía.
—Debí imaginarlo. Otra recluta para el club Montec— se río entre dientes, como si fuera una broma privada del pueblo— Cada año, el pobre tiene que lidiar con la misma fascinación.
—¿Montec? ¿Ese es su apellido?
—Así es. Su nombre es Belkam— hizo una pausa, como si estuviera invocando a un espectro— El príncipe en desgracia de este colegio. El sueño prohibido de todas las muchachas.
Belkam.
El nombre vibró en el aire como una campana rota. Sonaba a secreto, a algo que no debería pronunciarse en voz alta.
—Déjame adivinar— proseguí con un cinismo que intentaba ocultar mi interés— Capitán del equipo, novio de la porrista reina que se dedica a arruinar vidas. El guion de siempre.
Lot soltó una carcajada genuina.
—No, Davina. Este no es ese tipo de cuento. Belkam Montec no es como nosotros. Es un ermitaño. Aparece, respira y vuelve a esfumarse entre las sombras del bosque. A veces dudo que sea legal ser tan... inexistente.
Un sujeto prohibido. Taciturno. El cliché más peligroso de la literatura gótica.
—¿Y dónde vive? — inquirí, incapaz de frenar mi curiosidad.
—Con su abuela, la señora Potts, la dueña de esta biblioteca— Lot me dedicó una mirada cómplice— Ella es una santa, todos en el pueblo la adoran. Él... bueno, él es el misterio que ella protege.
Regresé mi atención a Belkam. Su belleza no parecía humana; el cabello azabache revuelto con un descuido artístico, la piel de una palidez translúcida y esas facciones perfectamente talladas, pero endurecidas por un cansancio mucho más antiguo que el agotamiento escolar.
Había un aura de fatalidad rodeándolo.
—Tienes un poco de baba ahí, novata.
Una chica rubia apareció frente a mí, cortando mi línea de visión con una sonrisa cargada de ácido y diversión.
—Tardaste— masculló Lot, rodando los ojos.
—Me retuvo la directora ¿Vale? — La chica se dejó caer en la silla, justo a mi lado— Soy Diana Bogdan, la mejor amiga de este personaje— le dio un golpe juguetón a Lot, quien se sonrojó al instante.
—Un gusto, Diana— dije, tratando de recuperar la compostura. A pesar de su entrada brusca, emanaba una energía vibrante.
—¿Y bien? ¿Ya te han dado el tour del terror? ¿Te contaron sobre las leyendas de Melnik y nuestro encantador toque de queda a medianoche? — preguntó con un brillo travieso y oscuro en los ojos.
Fruncí el ceño.
<< ¿Otra vez?>>.
El bosque, los ojos amarillos, el encierro a las doce.
—¿Sigue vigente esa regla? — pregunté, sintiendo que el aire de la biblioteca se volvía, de pronto, un poco más denso.
—En realidad, estábamos hablando de Montec— intervino Lot, su voz bajó de tono, como si el nombre mismo tuviera el poder de invocar tempestades.