—¿Han escuchado la noticia, chicas? —susurró una, con una sonrisa nerviosa—. Amala Basu está de regreso.
Nadie reaccionó de inmediato.
—Genial... —murmuró otra—. Justo lo que le faltaba a esta ciudad.
—¿No es demasiada coincidencia? —añadió una tercera—. Su hermano desaparece... y ella aparece.
—Amala no cree en coincidencias —dijo alguien al fondo—. Cree en venganzas.
—¡Chicas! —la jefa golpeó el escritorio—. Menos drama y más trabajo.
—Jefa, esto es el trabajo —respondió una, inclinándose hacia adelante—. Los Basu y los Caruso están al límite... y ahora Vikram desaparece. Todos están diciendo lo mismo.
—Dilo.
—Que alguien lo tomó.
—¿Los Caruso?
—¿Quién más se atrevería?
Silencio incómodo.
—Entonces escriban —ordenó la jefa, más baja esta vez—. Quiero esto afuera antes que nadie. Gossipmafia no espera... ataca primero.
—Hay algo más... —dijo otra, dudando—. Sobre Amala.
—Habla.
—No volvió igual.
—¿Cuándo lo ha estado? —soltó alguien con una risa seca.
—No... esto es diferente. ¿Recuerdan lo que pasó antes de que se fuera?
Nadie respondió de inmediato.
—La fiesta en la casa vieja de los Basu... —murmuró una, casi arrepintiéndose de abrir la boca.
—No deberíamos hablar de eso.
—Pues yo sí me acuerdo —dijo otra, bajando la voz—. Demasiado bien.
El silencio se volvió pesado.
—Había un chico... —continuó—. Un invitado de los Caruso. Estaba borracho... empezó a decir cosas sobre su familia. Sobre su hermano.
—Idiota.
—Sí... —la chica tragó saliva—. Pero lo peor fue que la empujó.
—¿La empujó?
—Delante de todos.
Una pausa.
—Amala no dijo nada —añadió otra—. Ni una palabra.
—Eso ya es raro.
—No... lo raro fue lo que vino después.
Nadie respiraba igual.
—Se lo llevó afuera.
—¿Sola?
—Sola.
—¿Y?
La chica dudó.
—Diez minutos después... alguien lo encontró.
—¿Cómo?
—En la piscina.
—Eso no suena tan—
—No estaba ahogándose —la interrumpió—. Ya estaba muerto.
El aire se congeló.
—Pero eso no fue lo peor —susurró otra—. Lo peor fue ella.
—¿Qué hizo?
—Estaba sentada al borde mirándolo.
—¿Y?
—Sonriendo.
Silencio.
Uno largo e incómodo.
—Esa mujer está mal de la cabeza.
—No —corrigió otra, con la voz más baja de todas—. Esa mujer... disfruta como una psicopata.
Nadie volvió a hablar.
Porque todos en esa sala entendieron lo mismo:
Amala Basu no era el problema.
Era lo que pasaba cuando alguien la provocaba.
Porque cuando Amala Basu sonríe, alguien más deja de hacerlo para siempre.