El príncipe de la mafia

I

"—Solo una mujer loca estaría con un hombre como yo."

"—Por suerte para ti, estoy lo suficientemente loca para volverte loco".

C A P I T U L O I

AMALA BASU

Manhattan.

La manzana podrida de Estados Unidos. Un terreno prohibido donde las familias más poderosas dictan lo que se mueve, lo que respira y lo que vive.

Manhattan siempre fue un campo de batalla. Pero solo dos familias controlan el norte y el sur: los Basu y los Larson.

Mi legado. Un peso maldito del que no puedo huir.

Mi hermano no desapareció.

A mi hermano se lo llevaron.

Y alguien en esta ciudad va a suplicar haber muerto antes de cruzarse conmigo.

Aprieto el teléfono en mi mano mientras avanzo por el aeropuerto. El ruido de las maletas, las voces y los anuncios se mezclan en un murmullo distante que apenas logro percibir. No porque no esté ahí, sino porque ya no importa. Nada importa, excepto una cosa. Vikram.

La lluvia golpea los ventanales con fuerza, como si quisiera atravesarlos y arrastrar consigo todo lo que encuentre. Manhattan siempre ha sido así. Violenta, ruidosa, podrida. Una ciudad que no pide permiso para devorarte. Una ciudad que yo conozco demasiado bien.

Cruzo las puertas de salida y el aire frío me recibe sin compasión. No me detengo. Este lugar no es nuevo para mí, aunque lo haya abandonado durante años. Nunca dejé de pertenecerle y tal vez ese fue siempre el problema.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —pregunta Leo a mi lado, con una cautela que no le conocía.

Su voz suena baja, como si temiera la respuesta.

No lo miro.

—No vine a querer —respondo con calma—. Vine porque es necesario.

El auto negro nos espera afuera, impecable bajo la lluvia. Edmund abre la puerta con la misma formalidad de siempre, aunque sus ojos me analizan un segundo más de lo habitual, como si buscara rastros de la persona que fui antes de irme. No encontrará nada.

Me deslizo en el asiento y dejo que la puerta se cierre.

—Habla —ordeno, cruzando las piernas.

El motor arranca, pero Edmund tarda en responder. No es miedo. Es precaución.

—No hay rastro de Vikram, señorita —dice finalmente—. Pero todo apunta a los Larson.

Algo dentro de mí se acomoda, como una pieza que encaja. Una sonrisa torcida se dibuja en mis labios, las palabras no me sorprenden. Nada de esto lo hace.

—Entiendo.

No hay rabia en mi voz. No hay desesperación. Solo una calma peligrosa que incluso Leo parece notar, porque se mueve incómodo a mi lado.

El teléfono vibra en mi mano. Un mensaje. Lo leo sin emoción.

¿Dónde diablos te metiste? Te encontraré.

Lo bloqueo sin pensarlo dos veces. Un problema menos. No tengo tiempo para distracciones ni para fantasmas del pasado que creen tener algún tipo de importancia.

—¿Algún testigo? —pregunto.

—Nadie quiere hablar.

Dejo escapar un leve suspiro.

—El miedo sigue haciendo su trabajo.

Leo se inclina un poco hacia mí, como si no pudiera contenerse.

—Okey, escúchame... —dice—. Podemos hacer esto fácil. Encontramos a un Larson, el más débil, te le acercas, juegas con él, lo haces caer y—

Giro la cabeza lentamente hasta mirarlo. No necesito decir nada. Mi expresión es suficiente para que se detenga a mitad de la frase.

—Si me acerco a un Larson —digo con tranquilidad— no será para jugar.

Sostengo su mirada un segundo más.

—Será para destruirlo.

El auto se detiene frente a la mansión Basu. La observo a través de la ventana durante unos segundos. Sigue igual. Intacta, imponente, como si el tiempo no hubiera pasado. Como si nunca me hubiera ido.

Bajo del auto y la lluvia me empapa de inmediato, pero no acelero el paso. Cada movimiento es medido. No hay prisa. Nunca la hay cuando sabes exactamente lo que vas a hacer.

La puerta se abre antes de que llegue.

—Bienvenida, señorita Amala —dice una de las empleadas.

Entro sin responder.

El interior está igual que siempre. Demasiado perfecto. Demasiado ordenado. Una fachada impecable que esconde todo lo que realmente importa.

—¿Mi padre? —pregunto.

—En su despacho, esperándola.

Claro que lo está.

Camino hacia las escaleras, sintiendo cómo cada paso resuena más de lo necesario. Hay algo en el ambiente que no encaja. No es tensión. Es algo más contenido, más denso. Como si la casa misma estuviera conteniendo la respiración.

Me detengo por un instante, apenas lo suficiente para reconocer esa sensación.

Problemas.

Sigo avanzando.

—Quédate aquí, Leo —digo sin girarme.

—No me gusta cómo suena eso...

—No tiene que gustarte.

Subo las escaleras con calma, deslizando los dedos por el pasamanos frío. Cada rincón de esta casa guarda recuerdos que no pedí conservar. Algunos borrosos. Otros demasiado claros.

Llego a la puerta de la oficina y me detengo.

La observo.

Mi reflejo me devuelve una versión de mí que muchos creyeron que había desaparecido.

Se equivocaron.

Nunca me fui.

Apoyo la mano en la manija y siento el frío del metal recorrerme la piel. Cierro los ojos un segundo, lo suficiente para ordenar todo lo que está por venir.

Cuando los abro, ya no hay dudas.

Empujo la puerta.

Esto no es un regreso. Es un ajuste de cuentas.

No vine por respuestas, vine por lo que me deben hace mucho tiempo.

En un mundo como Manhattan donde todo es oscuridad, no tienes más opción que adaptarte... porque o te devora o te convierte en ella. Y yo definitivamente no voy a dejarme arrastrar.



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En el texto hay: principe, drama, mafia amor y venganza

Editado: 30.03.2026

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