El principe de las rosas

Arcoirirs

Se acercaba la hora de merendar cuando Artem dijo que era momento de volver y Daiana cruzó rápidamente al otro lado de la vereda. Caminaba entusiasmada cuando una pequeña multitud llamó su atención y al acercarse pudo ver un joven que daba forma a pequeñas estatuillas sin necesidad de usar algo diferente a sus manos. Su piel estaba formada de pequeñas piedrecitas en varias tonalidades de gris, sus ojos eran de un intenso naranja, semejante al de la piedra que resplandecía en su pecho y en lugar de cabellos, pequeñas piedras flotaban alrededor de su cabeza.

—Nunca se cansa de hacer amigos —suspiró Artem.

—¿Quién es? —preguntó Daiana sorprendida.

—El embajador de Garandery —respondió con serenidad—. Diament

Aquellas palabras bastaron para que el joven artista levantara la mirada y su rostro se llenó de sorpresa al ver a Artem sobre los hombros de Daiana.

—¿Majestad? ¿Es usted? —interrogó incrédulo.

—Sí —dijo Artem con un suspiro—. ¿Qué haces?

—Como usted ha mencionado —respondió con una sonrisa extendiéndole una estatuilla a Daiana—, nuevas amistades.

Ella la tomó curiosa y exclamó admirada al percatarse de que eran ellos, justo como estaban en ese momento y emocionada la levantó para mostrársela.

—Los garanderianos son hábiles con la piedra —explicó Artem—. Son los encargados de reparar el castillo cada vez que yo echo algo abajo.

—Hace mucho que no sucede —dijo Diament con agrado—. No sé si hemos hecho un trabajo demasiado bueno o el carácter de su majestad ha mejorado con el tiempo. He escuchado rumores que apuntan a lo segundo.

—Yo considero que es un poco de ambos —reconoció Artem gentil.

—¿Puedo conservarla? —preguntó Daiana emocionada.

—Con la condición de que seamos amigos —dijo Diament deprisa—. El rey jamás me ha aceptado una. No entiendo por qué no quiere mi amistad.

—No empieces a victimizarte, Diament —bufó Artem—. Sabes perfectamente bien por qué me he negado. Sin embargo, puedo permitir que Daiana la conserve, con la condición de que no pretendas llevarla a tu mundo.

—¿Llevarme? —interrogó Daiana confundida.

—En Garandery —explicó Diament orgulloso—, cuando alguien acepta ser tu amigo, debe mudarse a tu casa hasta dar vida a una réplica de piedra, que pueda quedarse en su lugar, y ser parte de la familia.

—Lo primero es secuestro —dijo Daiana con un deje de temor—. Lo segundo no sé cómo llamarlo.

—Yo tengo muchos amigos en casa —dijo Diament confundido—, y también estoy en la casa de muchos de mis amigos, pero el rey no quiere quedarse a crear un garanderiano y ser parte de mi familia.

—¿Cuánto tiempo toma hacer eso? —preguntó Daiana curiosa.

—Pues depende de cada quien —contestó Diament.

—Según sus cálculos, a mí me tomaría sesenta ciclos garanderianos —contestó Artem con pesadez—. Y aunque admito que para un flohyreante no es absolutamente nada, yo no soy enteramente flohyreante por lo que no sabemos en qué forma me afecta a mí.

—Lo que sucede es que es un adicto al trabajo —dijo Diament con un ademán despreocupado.

—Tengo responsabilidades —suspiró Artem.

—Para que vea que no le guardo rencor —sonrió Diament divertido—, aún tengo en mi casa su versión de piedra. Y debo reconocer —dijo con desgano—, aunque me duela admitirlo, que quizás no sea buena idea que lo llene de vida. No imagino un garanderiano con su temperamento.

—Eres muy listo, Diament —sonrió Artem—. Me agrada saberlo. Fue un placer conversar contigo, pero debemos irnos o llegaremos tarde a cenar.

—También fue un placer conversar con usted, majestad —dijo Diament risueño—. Mande un mensajero si nos necesita.

Daiana guardó la estatuilla para no distraerse de sus alrededores y, al llegar al final de la larga encrucijada, bajó a Artem con cuidado y se hincó para quedar a su altura.

—No llegamos al final de la vereda —señaló paciente—. ¿Podemos volver en otra oportunidad?

—Por supuesto —sonrió encantado levantando el brazo para que el guardia le entregara las riendas—. Podríamos recorrerla desde donde nos quedamos si llegamos hasta allá con Bliud.

—Me gusta esa idea —dijo levantándose de un salto.

Con una orden, los soldados se adelantaron y después de que Daiana se aferrara a la cintura de Artem, partieron por una ruta diferente. Mirando correr a los guardias frente a ellos, Daiana se percató de que no eran flohyreantes, sino cermerys, como Mariano, pero cuando iba a mencionarlo, Artem le pidió sujetarse con fuerza. Bliud aceleró el paso subiendo una empinada colina y se detuvo en la cima.

—Aquí lo tienes —dijo Artem risueño—. El sendero Flohyren.

Con cautela, Daiana levantó su cabeza y se le escapó una exclamación al ver una calle de piedras oscuras, con casitas cubiertas de flores a cada lado. Se extendía a lo largo de la ciudad, pues al final podía verse la muralla del palacio y, tanto las casas como las flores, estaban ordenadas como un extenso arcoíris con suaves degradados, y que incluían el blanco iniciando donde ellos estaban y un tono bastante oscuro al final. Pasando del blanco, el rosa suave se oscurecía hasta volverse un rojo que degradaba a naranja y así sucesivamente hasta alcanzar tonos violetas.



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En el texto hay: rosas, secretos, recuerdos

Editado: 31.12.2025

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